Cuando en 1981 apareció Siete poemas escritos bajo la lluvia, de Juan Carlos Mestre, se iniciaba una trayectoria que, recogida ahora en Asamblea (Poesía reunida 1975-2025), revela una coherencia profunda. Aquel cuaderno, integrado aquí, junto con La visita de Safo (1983), en el apéndice “Poesía primera”, anticipaba señales que se confirmarían en Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986; premio Adonáis de 1985). En este libro adquieren plena solvencia no solo un repertorio temático, sino también una cadencia melódica y un curso rítmico que funcionan como principio organizador de su escritura. Pues aunque Mestre practica el recital en la tradición oral de bardos y goliardos, su poesía, incluso en la lectura silenciosa e íntima, nos convoca a “oír” lo que entra por los ojos, atentos a la respiración del poema. Este desborda los tabiques de los géneros y se construye como experiencia coral, enlazada con la humanidad doliente y la memoria de los predecesores: “Mis antepasados inventaron la Vía Láctea, […] / atravesaron el mar sobre una cruz de palo”.
Cuando en 1981 apareció Siete poemas escritos bajo la lluvia, de Juan Carlos Mestre, se iniciaba una trayectoria que, recogida ahora en Asamblea (Poesía reunida 1975-2025), revela una coherencia profunda. Aquel cuaderno, integrado aquí, junto con La visita de Safo (1983), en el apéndice “Poesía primera”, anticipaba señales que se confirmarían en Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986; premio Adonáis de 1985). En este libro adquieren plena solvencia no solo un repertorio temático, sino también una cadencia melódica y un curso rítmico que funcionan como principio organizador de su escritura. Pues aunque Mestre practica el recital en la tradición oral de bardos y goliardos, su poesía, incluso en la lectura silenciosa e íntima, nos convoca a “oír” lo que entra por los ojos, atentos a la respiración del poema. Este desborda los tabiques de los géneros y se construye como experiencia coral, enlazada con la humanidad doliente y la memoria de los predecesores: “Mis antepasados inventaron la Vía Láctea, […] / atravesaron el mar sobre una cruz de palo”. Seguir leyendo
Cuando en 1981 apareció Siete poemas escritos bajo la lluvia, de Juan Carlos Mestre, se iniciaba una trayectoria que, recogida ahora en Asamblea (Poesía reunida 1975-2025), revela una coherencia profunda. Aquel cuaderno, integrado aquí, junto con La visita de Safo (1983), en el apéndice “Poesía primera”, anticipaba señales que se confirmarían en Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986; premio Adonáis de 1985). En este libro adquieren plena solvencia no solo un repertorio temático, sino también una cadencia melódica y un curso rítmico que funcionan como principio organizador de su escritura. Pues aunque Mestre practica el recital en la tradición oral de bardos y goliardos, su poesía, incluso en la lectura silenciosa e íntima, nos convoca a “oír” lo que entra por los ojos, atentos a la respiración del poema. Este desborda los tabiques de los géneros y se construye como experiencia coral, enlazada con la humanidad doliente y la memoria de los predecesores: “Mis antepasados inventaron la Vía Láctea, […] / atravesaron el mar sobre una cruz de palo”.
Asamblea dispone la poesía de Mestre en una secuencia distinta de la estrictamente editorial. Una nota de Emilio Torné, su editor desde antiguo, desovilla las complejas derivas bibliográficas de una escritura que se ha ido recomponiendo, casi al modo juanramoniano, mediante reediciones y revisiones orientadas, nos dice, no tanto a actualizar los textos como a reintegrarlos en una matriz primigenia, previa a los requerimientos socioliterarios.
A menudo asociamos la excepcionalidad de un autor a la ausencia de precedentes. Al menos en este caso no es así: en su obra resuenan las salmodias de (o al modo de) Cirlot, la expansión versicular de Saint-John Perse, las dislocaciones postistas de Ory, el telurismo órfico de Colinas o la dicción oracular de Gamoneda, quien firma el poema-pórtico que abre el volumen. Tanto si se trata de influencias como de simples afinidades electivas o azarosas, estas no atenúan su voz propia, que alcanza una primera cima en la concentración simbólica de La tumba de Keats (1999) y amplía después sus registros, sin abandonar su núcleo irradiador, en La casa roja (2008) y La bicicleta del panadero (2012).
Dos rasgos definen su excepcionalidad. El primero es una imaginería caleidoscópica que no progresa según una lógica argumentativa, sino que se sitúa idealmente en un estadio que antecediera a la codificación del lenguaje, cuando las “palabras caminaban hacia atrás”, “no existían las causas y todas las cosas estaban, digamos, a medio empezar”. Estos versos —o versículos, o tramos de prosa: tanto da— parecen desandar la senda que condujo al engranaje oracional, como si buscaran una sintaxis anterior a la razón prescriptiva. Ello exige no dejarse llevar, accionando el manubrio de la retórica, sino mantenerse vigilantes —una actitud contraria, sí, al automatismo surrealista—: ser sublimes sin interrupción, como pedía Baudelaire, es entender la genialidad como un estado, pero solo es un proceso.
El segundo rasgo es la conciliación de la mística de la naturaleza con la conciencia histórica. Aunque su verbalismo se antoje suspendido en lo hipnótico, no elude la conflictividad del mundo. De hecho, esta poesía se alza contra los sistemas de dominación y es, correlativamente, una celebración de la piedad con las víctimas: desplazados, proscritos, oficiantes de una pobreza menestral, según corresponde a la poética de la precariedad de Antonio Gamoneda, quien firma el poema-pórtico que abre este volumen. Se inscribe así en una tradición de poesía moralmente implicada, ajena a la consigna y al didactismo, en que la exuberancia simbólica no neutraliza la responsabilidad moral.
El volumen incluye títulos sin existencia editorial autónoma, así como la edición bilingüe, con traducción de Mario Obrero, de 200 gramos de patacas tristes (2019), escrito en el gallego limítrofe de su infancia berciana, y algunos adelantos de un libro en preparación.
La singularidad de Mestre no dimana, en suma, de una orfandad genealógica, sino de su facultad para articular un discurso insurgente cuya belleza y fulgor visionario no ocultan las tribulaciones humanas, sino que las alumbran y les dan forma.

Juan Carlos Mestre
Presentación de Antonio Gamoneda
Introducción de Jordi Doce
Edición de Emilio Torné
Galaxia Gutenberg, 2025
1496 páginas. 39 euros
EL PAÍS










