Nina Lykke (Trondheim, 61 años) empezó a publicar sus novelas cuando ya mediaba la cuarentena. Creció en la capital noruega, tuvo dos hijas y un trabajo como maquetadora y diseñadora gráfica freelance. Toda una vida al margen de los premios y el reconocimiento de los lectores que más tarde ha alcanzado esta autora, una de las voces más destacadas y caústicas de la literatura nórdica actual.
Nina Lykke (Trondheim, 61 años) empezó a publicar sus novelas cuando ya mediaba la cuarentena. Creció en la capital noruega, tuvo dos hijas y un trabajo como maquetadora y diseñadora gráfica freelance. Toda una vida al margen de los premios y el reconocimiento de los lectores que más tarde ha alcanzado esta autora, una de las voces más destacadas y caústicas de la literatura nórdica actual. Seguir leyendo
Nina Lykke (Trondheim, 61 años) empezó a publicar sus novelas cuando ya mediaba la cuarentena. Creció en la capital noruega, tuvo dos hijas y un trabajo como maquetadora y diseñadora gráfica freelance. Toda una vida al margen de los premios y el reconocimiento de los lectores que más tarde ha alcanzado esta autora, una de las voces más destacadas y caústicas de la literatura nórdica actual.
Desde que sus abuelos compraron una casa en la costa mediterránea en los setenta, Lykke ha viajado con frecuencia a España, pero visita por primera vez Madrid con motivo de la Feria del Libro. Afable y directa, la exitosa autora, alta y rubia, vestida de negro, no es provocadora, sino franca.
El éxito de su tercer libro, No y mil veces no (Gatopardo), le permitió en 2017 volcarse de lleno en la escritura de historias cargadas de un humor corrosivo, no exento de ternura. En los libros de Lykke los personajes beben bastante, atraviesan crisis y miran con cierto desdén a la sociedad de la que forman parte. Lykke no se anda por la ramas, ni teme decir algo que pueda resultar incómodo dentro o fuera de la página.
Cuenta que vive en la capital noruega junto al fiordo y allí se baña durante todo el año, aunque el agua esté a cuatro grados. “Cuando sales de casa y está nevando te preguntas si de verdad te vas a bañar, pero lo haces en contra de todo, y eso te hace sentir loco y fuerte”, explica en un café de Lavapiés. Algo de esa osadía controlada se respira en sus libros. Si en No hemos venido a divertirnos retrató las indignidades e hipocresías del mundillo literario a través de un escritor que tuvo éxito dos décadas atrás y es invitado a un festival literario; en Estado del malestar diseccionó con ironía las angustias que consumen a la clase acomodada de las sociedades nórdicas. Con su última novela ¿Dónde están los adultos? Lykke se adentra en el complejo mundo de las relaciones entre madres e hijos, y la brecha generacional que coloca a la protagonista a gran distancia de su implacable y difícil madre y también de su hijo querido, quien corta unilateralmente toda relación con ella.
Pregunta. ¿Cuál ha sido la ventaja de empezar a publicar a los 45 años?
Respuesta. Pues que estaba lista, por decirlo rápido. A menos que tengas un talento extraordinario, los mejores trabajos están escritos por adultos maduros que tienen más experiencia. Y es bueno haber tenido una profesión al margen de la escritura, porque así aprecias lo maravilloso que es poder dedicarte solo a esto.
P. ¿Cómo llegó a la escritura?
R. A través de la lectura. De niña era una lectora voraz, especialmente de cuentos de hadas y relatos tradicionales. Leí todos los libros de casa de mis padres. A los seis ya sabía que quería escribir, pero luego me sentí intimidada, pensaba que los autores eran como dioses.
P. ¿Hay algún rastro de esos cuentos de hadas en sus libros?
R. Quizá. Todo lo que he leído de alguna manera está en mis libros. En esas historias están el bien y el mal, las tentaciones, los retos que tiene que superar el héroe. Reconozco muchas de estas cosas.
P. ¿Cuál fue el punto de partida de su última novela?
R. Un fenómeno del que me percaté hace una década. Vi que, en aras de la igualdad, los hijos, al menos en Noruega, están al mando de una forma descabellada. La autoridad está muy denostada, y se ve como algo muy negativo. A los niños, en las familias y escuelas, se les da mucho más poder del que pueden asumir. No están equipados para decidir sobre todas las cosas.
P. ¿Cómo se llegó a esto?
R. Todo parte de un impulso bienintencionado y positivo que es dar poder a quienes no lo tienen y no imponer las decisiones a los demás. Pero en la sociedad noruega se ha llevado al absurdo. Los alumnos mandan sobre los profesores, pueden mostrarse violentos sin que se les pueda responder.
P. ¿Hay victimismo?
R. Confluyen muchas cosas. Está esa idea de que nadie tiene que sufrir y que si padeces es por culpa de otra persona. El sentido de la responsabilidad está pasado de moda: si le pides a alguien que asuma su responsabilidad por la situación en la que se encuentra siempre puede contar y contarse que todo es resultado de una mala infancia o de que padecieron algún tipo de discriminación. El fin último, tener una sociedad igualitaria sin opresión, es bueno pero te encuentras con esto. Empecé a fijarme a mi alrededor y a observar cómo la gente habla a sus hijos. La pregunta “¿dónde están los adultos?» me martilleaba la cabeza.
P. El título de su novela.
R. Todos mis títulos salen de esas frases que me vuelven una y otra vez. Cuando estaba menopáusica y enfadada con todo el mundo la frase que tenía en mente cada vez que me pedían algo era no, y mil veces no.
P. ¿Qué han dicho sus hijas del nuevo libro?
R. Que les gusta mucho pero puede que estén preocupadas por la herencia, aunque realmente no lo creo.
P. La narradora de ¿Dónde están los adultos?, como otros personajes protagonistas de sus libros, está bastante deprimida.
R. No me gusta usar esa palabra. Es un diagnóstico muy serio. Hoy llamamos depresión a muchas cosas, pero es algo que te impide levantarte de la cama, comer o estar con gente. Mis personajes no están ahí, lo que están es furiosos.
P. ¿Furiosos?
R. Pueden sentir una gran tristeza como la narradora de esta última novela. Ella ha perdido a su madre y esto entra dentro de lo natural, pero que su hijo no la quiera ni ver y no le dé ninguna explicación, no. Me han hablado de muchos casos así y eso fue lo que me empujó a escribir el libro. Las madres, porque normalmente son ellas, sienten que han hecho las cosas lo mejor que han podido, no han desarrollado ninguna animadversión hacia sus hijos, han ido a las reuniones escolares y cumplido con las actividades normales, pero cuando entran en la veintena ellos deciden romper todo contacto porque no les comprenden.
“Fue extraño sentir que soy parte de una generación que ha llegado a la edad en que los hijos rompen el contacto con los padres”
P. ¿Cómo explica esto?
R. Tenemos expectativas muy, muy altas, al menos en Noruega, y esos jóvenes esperan tener una especie de alma gemela en sus progenitores, ser completamente entendidos. Pero hay una brecha, y tratar de llegar a esa conexión total es algo un poco destructivo porque nunca estarás satisfecho. Fue extraño sentir que soy parte de una generación que ha llegado a la edad en que los hijos rompen el contacto con los padres. Y no hablo de incesto, violencia o alcoholismo. Me intrigaba esa ruptura en familias en las que no ha habido situaciones críticas. Curiosamente, por lo que he visto, los hijos de alcohólicos tienden a no romper, porque siguen tratando de ayudar.
P. La única forma que la protagonista tiene de sentirse plena es en el rol de madre y abuela, la pareja es algo secundario. La independencia no parece importante, ¿quiso presentar un contrapeso a los ideales feministas?
R. Sí, pero el feminismo siempre ha tenido en cuenta que son las mujeres quienes dan a luz. Es algo de lo que no podemos escapar. Cuando te conviertes en madre tu vida cambia al 100%. La naturaleza exige que las mujeres sean madres de una manera muy distinta a como son los padres. Es una diferencia muy profunda y, por supuesto, tratamos de remediarlo y hacerlo más justo. Cada generación tiene que encontrar su forma de vivir con esto. Es fácil ser feminista y exigir paridad cuando una pareja no tiene hijos. Luego es otra historia.
P. En ¿Dónde están los adultos? la narradora siempre está lista para sacrificarse.
R. A las madres las damos por descontado. Y su capacidad para resistir y estar ahí es uno de los milagros que hay en el mundo.
P. En el libro también hay una sesión de terapia de una mujer con su hijo treintañero con quien mantiene una relación de dependencia patológica. ¿El punto de partida de la novela eran los hijos y acabó siendo un retrato del comportamiento de distintas madres?
R. El afán por cuidar y criar se puede pervertir. Esa mujer tiene ese hijo adulto que no trabaja y vive con ella y a quien no puede echar. Quizá fuera distinto si hubiera un padre. Pensamos que todo el mundo debe tener hijos pero no.
P. De hecho la madre de esa mujer insistió en que se forjara una carrera y no tuviera prisa en formar familia.
“Lo más probable es que no tengas ningún hijo si tienes una profesión que te exige mucho”
R. Esto es lo que pasa de una generación a otra. Desde los años setenta las mujeres en Noruega, que antes eran amas de casa o trabajaban en sus granjas, vieron que podían ser doctoras o abogadas y querían eso, y como para muchas era tarde, pues querían que sus hijas lo lograran. ¿Y tener niños? En eso no pensaron. Es difícil tener una carrera sólida y potente y además tres hijos, porque necesitas tener niñeras y pertenecer a una determinada clase. Lo más probable es que no tengas ninguno si tienes una profesión que te exige mucho.
P. ¿Sus libros van a contracorriente?
R. Sí, crecí con un padre comunista y una madre feminista. Conozco esas posturas. La tasa de natalidad cae en toda Europa y en otros lugares también y se dicen cosas como que se puede esperar hasta los 35 para empezar a pensar en tener hijos. No es así. Puedes hablar de feminismo o de lo que quieras, pero el cuerpo es el cuerpo. Somos más fértiles cuando tenemos menos madurez. Si esperas las cosas no son tan fáciles. Parezco una persona muy conservadora cuando digo esto, pero es un hecho y no podemos esquivarlo.
P. Hay otras experiencias y posturas.
R. Sí, pero las cosas se complican cuando las mujeres tratan de tener hijos y son más mayores. Entonces se necesitan más recursos económicos.
P. La tensión entre clases subyace en su novela.
R. Soy sensible a esto y por eso cala en mis historias. Crecí con padres que pertenecían a los grupos radicales, al movimiento comunista que se expandía por Escandinavia en los setenta. En ese círculo había poca gente de clase trabajadora, había más clase alta con casas grandes y niñeras. Lo gracioso es los que venían de orígenes más humildes se convirtieron en la aristocracia de ese movimiento. Quizá por esto tengo una percepción un poco distorsionada.
P. En No hemos venido a divertirnos parodia los círculos literarios. ¿Hubo quien se sintió reconocido?
R. Mezclé muchas historias pero todo lo que escribí ha ocurrido aunque no a mí directamente. Pero, por ejemplo, estuve en esa charla titulada “Cómo escribir una novela” en la que no hablan de eso en absoluto. Me pareció extraño que nadie protestara por pagar por una conversación que al final no abordó ese tema. Nadie quería convertirse en una persona non grata, no ser lo suficientemente abierto intelectualmente al cambio, porque eso te convierte en un burgués de derechas.
P. Ese no tener miedo a ser una persona non grata parece ser un hilo en sus libros.
R. Puede ser. Estoy muy a favor de ser civilizado, me gusta realmente la civilización. Y hay tantas cosas extrañas que nos contamos a nosotros mismos y a los demás.
P. ¿Por ejemplo?
R. Cosas como decirle a tu hijo “solo quiero que seas feliz”. Eso es tener unas expectativas muy altas. Es mejor decirle “quiero que seas médico como yo”.
P. ¿Cómo es la vida dedicada a la escritura en Noruega donde hay tantas ayudas?
R. Es probable que tengamos tantos escritores a tiempo completo por esas ayudas. Una de las cosas que encuentro divertidas es que al haber trabajado como diseñadora gráfica iba a fiestas y reuniones literarias como parte de los equipos de márketing. Cuando me convertí en escritora todo cambió y de eso quise hablar en No hemos venido a divertirnos. Escuché y viví muchas cosas, como que un crítico muy duro haga una reseña muy buena del esposo de la mejor amiga de su mujer. Es curioso ver cómo funcionan los engranajes.













