Quieren irrumpir en casa de Maricarmen aplicando la fuerza bruta y desposeerla del lugar donde reside desde 1956 y donde desea morir
Según el diccionario de la RAE, el verbo violar tiene cuatro acepciones. La primera, infringir o quebrar una ley. La segunda, tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad. La tercera, profanar un lugar sagrado. La cuarta, ajar o deslucir algo. Las cuatro acepciones se pueden aplicar al caso de Maricarmen Abascal, en cuyo cuerpo —y su extensión, que es la casa que habita desde hace setenta años— quieren irrumpir mañana aplicando la fuerza bruta, amparados en la inhumanidad de una ley imperfecta y de la sinrazón, hasta conseguir enajenar a esta anciana, desposeerla y desproveerla del lugar donde reside desde 1956 y donde desea morir. Ella se refiere a este suceso anunciado no como una violación, sino como un bombardeo. Maricarmen, que nació a unas calles de su barrio bajo las bombas del Madrid de 1938, vuelve a sentir el mismo pánico.
Mil meses lleva pagando esta octogenaria el alquiler de su casa. Siendo exactos, mil sesenta y dos. Sin interrupción, pues nunca se emancipó y, fallecidos sus padres y su único hermano, se quedó cuidando de la casa, su única descendencia. De su padre se despidió en el dormitorio grande del piso, recuerda, después de un infarto fulminante. Afirma que tenía “la cara blanca como buen cántabro”. Me indica el lugar del salón donde lo velaron. De su madre se despidió en la cama de su propio cuarto. Trae a la memoria aquella última noche junto a ella: “Me pidió dormir conmigo; nunca antes lo había hecho. Al amanecer, yacía a mi lado sin vida. Y ahora la envidio, porque a mí también me gustaría morir aquí, y me parece que no me van a dejar”.
Vengo a visitarla antes de una amenaza de desahucio. Me cuenta con orgullo, pero no sin pena, que de todos los vecinos de los años cincuenta tan solo ha sobrevivido ella, y el suelo hidráulico de uno de los cuartos. Me tumbo en él y se me enfría el rostro. A Maricarmen le hace gracia la ocurrencia. “¿Por qué te crees que nunca lo quité? ¡Porque esto es un sexto y este suelo enfría!“.

Nos sentamos en la sala de estar, le tomo las manos y, con los ojos cerrados, veo su vida pasar frente a mí, una vida que siempre contempló desde su apartamento. Ocho décadas distintas. Así, frente a una pequeña televisión en blanco y negro, donde ahora tiene el aparato de la teleasistencia, vio al humano llegar a la Luna, celebró el anuncio de la muerte de Franco y escuchó el mensaje del Rey tras el intento de golpe de Estado de 1981. También vivió de cerca el asesinato a manos de ETA de un general en la vecina calle Menéndez Pelayo, así como después de la explosión a la altura de la calle Téllez de uno de los trenes de los atentados del 11 de marzo de 2004. Y recuerda echar todo el peso de su cuerpo hacia atrás para levantar las persianas alicantinas de tiras de madera después de Filomena, escarchadas a diez grados bajo cero.
—No me asusté cuando murió Franco ni con lo de Tejero. ¡Al contrario! Celebré la democracia. Tampoco me dio miedo la tormenta ni el apagón. Encendí esa radio que tienes a tu izquierda, que me traje de Londres en los sesenta, y me acosté temprano. Aquí siempre me he sentido a salvo. Mi casa lo ha sido todo para mí. No existo sin ella.
—Pero dices que quieres que echen tus cenizas en el Cantábrico.
—Porque es un mar que está vivo, que habla, que rompe… Y quiero descansar allí.
—Si te ofrecieran una casa junto a ese mar en lugar de este piso, ¿te irías?
—No. Quiero morir aquí y descansar allí —concluye con firmeza.
Sin embargo, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, que tienen mayor capacidad de actuación directa que el propio Ministerio de Vivienda, no le ha ofrecido a esta señora de casi 88 años y un 50% de discapacidad ninguna casa junto al mar, sino una plaza en una residencia en Alcalá de Henares que tendría que costearse con su pensión. Me consta que el Gobierno tampoco ha logrado impedir que el fondo que compró el edificio no le cuatriplique el alquiler de la noche a la mañana. Me dicen que no está en sus manos y señalan a la Comunidad. Si Maricarmen acepta la residencia, le quedarán menos de doscientos euros al mes. Pero ella hace gala de una vitalidad y una autonomía envidiables, y no quiere mudarse a una celda en una ciudad que desconoce.
Le cojo las manos y viajo con ella al pasado. El piso es el mismo, pero su aspecto cambia. Las paredes pasan de ser beis a estar forradas de un papel cálido y discreto, y entonces se pelan y son cubiertas por un gotelé salmón. El piso ha mudado de piel tantas veces como ella. “Llevo años queriendo pintar las paredes de verde oliva, pero no lo hice porque presentía que no iba a ser yo quien disfrutara de ellas”. Su peinado tampoco fue siempre el mismo: pelo largo moreno, moño italiano, media melena pelirroja, mechas rubias, pelo cano y corto… También mutaron los muebles: primero de inspiración clásica y recargados, después art déco; nórdicos en los años setenta, funcionales a finales de siglo… Le pido que elija un solo mueble, pero le es imposible. Todos son importantes.

Me levanto y recorro las distintas estancias. Esbozo las cosas que más me llaman la atención y descubro, en efecto, que la casa y sus objetos son ella misma, que todo está atado a unos recuerdos muy concretos: las sábanas con puntillas que su madre le cosió para el ajuar, las matrioskas que se trajo de Moscú, el tapiz de Caracas, el carboncillo de la plaza de los Pintores de París, el dibujo con unos versos de Neruda de su viaje a Chile, las damajuanas llenas de agua que tiene en los cuartos para evitar la humedad, el mismo juego de azucareras de alpaca que heredó de su abuela paterna…
—Esta pintura me la trajo mi amiga de Ibiza. Ahora tiene alzhéimer. Y este cuadro es de un amigo de Santander que ya falleció. Y este de aquí es de mi amigo David, que murió de sida. Era americano. Lo recuerdo en la cocina negándose a comer el arroz negro que había preparado mi madre. ¡Pensaba que lo había cocinado con tinta de escribir!
—¿Y este tablero de parchís? ¿Por qué lo guardas en el armario junto a las fotos familiares?
—Porque la última partida la eché con mi madre.
Pegada al tablero, una fotografía quiere revelarse: su madre y ella posan de luto y serias. Se la tomaron después del fallecimiento de su padre. En el reverso de la foto leo el nombre del establecimiento. Lo recuerda perfectamente: uno de la calle Narváez. Maricarmen recuerda un callejero que ya no existe. Ella misma lo reconoce. “El bulevar de mi calle ha cambiado tanto… Me da miedo. Ahora todo el mundo camina mirando a las pantallas. Están deshumanizados. Por eso estoy tan a gusto en mi casa, porque aquí no pasó el tiempo y nada me afecta».
Sigo invadiendo la intimidad de su refugio y recorro la cocina, cuyo refrigerador muestra imanes con teléfonos sin prefijo que, de sonar, lo harán en el cementerio. Entro en los baños. Me extraña que no haya cambiado la bañera por un plato de ducha. “¡Todavía puedo meterme en ella!“, responde orgullosa. “¡Con ayuda! Eso sí“. Le pregunto si en estos setenta y un años se dio alguna vez un baño por placer. Me responde que claro, que muchas veces. Pero ella sola, pues únicamente estuvo casada cinco años, no tuvo hijos y su madre falleció hace más de dos décadas. Lo mismo me responde cuando le pregunto si subió a la azotea en alguna ocasión. Según me cuenta, allí se echó alguna vez unas cervecillas ella sola, con Moratalaz, Delicias, Atocha y Usera de fondo. Con la compañía de su ciudad, Madrid, que, por edad y usufructo, le pertenece más que a todos nosotros.
Detengo brevemente la entrevista. Uno de los miembros del Sindicato de Inquilinas, la nueva familia de Maricarmen que tanto apoyo le está brindando, se tiene que marchar. Le pregunta antes de irse si necesita que le haga alguna compra. Me emociono ante el lazo íntimo entre ellos. No está sola. Maricarmen se ha convertido en abuela de muchos y en el símbolo de toda una lucha.
Nos quedamos solos y le sigo preguntando acerca del inmueble.
—¡No me has traído tu novela! —Tiene casi noventa años y lee cada noche—. Antes solía ir cada año a la Feria del Libro con mis vecinos: Maribel, Encarnación, Francisco… Pero todos murieron. Mis amigos ya no están. Solo me queda esta casa.
—Maricarmen, el año que viene te recojo y te llevo yo a la feria.
—¡Pero el año que bien ya no viviré aquí!
—Sí que lo harás —O eso espero.
Mi última pregunta concierne a Dios. Le pregunto si es creyente. Me confiesa que no es religiosa, que los de abajo somos todos iguales, pero que sí que cree en el de arriba. Y que cada noche, antes de dormir, le da las buenas noches, por este orden: a Dios, a sus padres, al papa Francisco y a la familia que ha perdido. Me río ante la ocurrencia de que anteponga al Papa a su hermano. Le pregunto si seguirá haciéndolo si la echan del piso, y me dice que solo hablará con Dios, que está en todas partes, porque sus padres, fuera de su casa, hace tiempo que dejaron de existir.
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Según el diccionario de la RAE, el verbo violar tiene cuatro acepciones. La primera, infringir o quebrar una ley. La segunda, tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad. La tercera, profanar un lugar sagrado. La cuarta, ajar o deslucir algo. Las cuatro acepciones se pueden aplicar al caso de Maricarmen Abascal, en cuyo cuerpo —y su extensión, que es la casa que habita desde hace setenta años— quieren irrumpir mañana aplicando la fuerza bruta, amparados en la inhumanidad de una ley imperfecta y de la sinrazón, hasta conseguir enajenar a esta anciana, desposeerla y desproveerla del lugar donde reside desde 1956 y donde desea morir. Ella se refiere a este suceso anunciado no como una violación, sino como un bombardeo. Maricarmen, que nació a unas calles de su barrio bajo las bombas del Madrid de 1938, vuelve a sentir el mismo pánico.












