John Banville: “Mis libros son pecados como acostarte con tu hermana, pero sin obispo que me perdone”

El escritor irlandés, parti cipante en el festival Cosmopoética de Córdoba, publica nueva novela, ‘Nocturno de Venecia’ a la vez que se recupera en España uno de sus libros favoritos, ‘Los infinitos’  

El inicio de esta conversación bien podría servir para arrancar una de sus novelas: una cita, un hotel junto a la estación, un reencuentro en Córdoba. Pero una casualidad lleva a la confusión, uno de los dos se presenta un día antes, el segundo lo hará 24 horas después y todo descarrila. En la ficción habría un crimen y las pistas estarían en ese decalaje. ¿Fue intencionado o casual? Pero esta es la realidad y, por fortuna, lo resolvemos más rápido. John Banville nos atenderá por videollamada. Fin del misterio.

El escritor irlandés (80 años, Wexford, Irlanda), premios Booker y Príncipe de Asturias, creador del seudónimo Benjamin Black para sus novelas negras, participó el miércoles en el festival Cosmopoética, que acabó el sábado en Córdoba, justo cuando Alfaguara recupera Los infinitos, su novela más querida, y tras publicar Nocturno de Venecia, una de esas entregas que confirman que sigue en plena forma. Nos recibe al otro lado de la pantalla con su inseparable copa de vino blanco; con su apabullante sentido del humor y de una vida ya vivida. Y con una sola petición: no hablar de la cancelación de su viaje a Granada hace dos semanas, tras su decisión de anular su intervención en el festival Cultur Alh por la exclusión de la escritora argentina Ariana Harwicz por su postura contraria al boicot cultural contra Israel.

Pregunta. ¡Perdone la confusión!

Respuesta. Un día me presenté a una comida, llamé a la persona porque no venía y dijo: “¡Si hemos quedado la semana que viene!“. Acabé completamente borracho. Y volví la semana siguiente. Así que tranquila.

P. Cuando le entrevisté por primera vez, en Dublín, me dijo que si tuviera que salvar una sola de sus novelas, sería Los infinitos, que justamente se recupera ahora.¿Por qué?

R. Fue lo más cerca que he estado de conseguir lo que me había propuesto. Siempre cometemos errores porque no somos perfectos y no digo que ese libro lo sea, pero es lo más cerca que he estado. También es un libro extraño.

P. ¿Por qué eligió a Hermes como narrador?

R. Ay, no me pregunte lo que no sé. Supongo que es mi dios favorito, es irresponsable, embaucador, un artista, pero no puedo afirmar que sé lo que hacía al escribirlo. Trabajamos en la oscuridad, no sé lo que hago cuando lo estoy haciendo y tal vez sería malo saberlo. Un ensayo maravilloso de Heinrich von Kleist cuenta que en la Antigua Grecia un joven bailarín se vio en el espejo un día que ensayaba y de pronto tomó conciencia de lo que hacía. No volvió a bailar. Lo hacemos en estado onírico, y cuanto mayor me hago, más convencido estoy de que escribir ficción es como una especie de sueño controlado. Y no puedo hacer nada mejor que eso. Cuando era joven creía que la edad traería sabiduría, pero ahora estoy en la confusión. Una confusión feliz.

P. Los infinitos arranca con el amanecer y Nocturno de Venecia, su nueva novela, con el crepúsculo. ¿Es consciente? ¿Es metáfora?

R. ¡No! Cuando hago entrevistas me entero de cosas que no sabía, veis cosas que yo no sabía que estaban ahí. Yo trabajo en un estado de sueño o trance y luego lo olvido. Es interesante porque, en cierto modo, nunca aprendemos a escribir. Puedes aprender a tocar el piano o a pintar, pero no a escribir. Es el medio más engañoso. A menudo pienso que creemos decir lo que queremos decir, pero el lenguaje siempre se interpone y tiene su propia manera de expresar lo que quiere decir. ¿Tiene sentido lo que digo?

P. ¿Cómo le gustaría que describieran su literatura?

R. ¡Como el trabajo de un genio!

P. ¿Y cómo lo describe usted?

R. Como un fracaso. Cuando era niño y crecí como católico, había lo que llamábamos “pecados reservados”, muy graves, cosas como acostarte con tu hermana o asesinar a tus padres o así; había que ir al obispo a que te perdonara. Todos mis libros son como esos pecados reservados, salvo que no hay ese obispo que me pueda perdonar (ríe). Pero en la medida en que siga por aquí, como dijo Philip Larkin, no es que crea que escriba particularmente bien, solo mejor que los demás.

P. ¿Ha dejado a Benjamin Black?

R. No, no puedo dejarlo como nombre, aún estoy escribiendo, estoy terminando uno, el penúltimo. Y he planeado un libro que llamo Q, de Quirke [el personaje protagonista]. Será el último. Asumo que después estaré muerto o gagá. Mis padres estaban muertos cuando yo tenía 35 años; yo no esperaba vivir tanto, pero tuve la suerte de que a mí me alimentaron y criaron bien, y una de las grandes innovaciones es la calefacción. Ahora vivimos demasiado. A mis dos hijos, que están en la cincuentena, les vacilo diciéndoles: “Nunca conseguiréis mi casa” (ríe).

P. Tiene 80 años. ¿Cuáles son sus planes de futuro? ¿Cuántos libros tiene en mente?

R. Tengo que acabar el de Benjamin Black y otro más, pero… La suegra de mi agente murió a los 114 años y aún vivía sola, y si yo vivo hasta entonces, veremos si sale otra docena de libros y si mis hijos consiguen la casa (ríe).

P. ¿Se ha arrepentido de crear a Benjamin Black?

R. Sí, fue estúpido. Esperaba escribir solo uno de esos libros. Está muy vivo entre los españoles y en el mundo hispanohablante tiene mucha más reputación que yo. En España la gente conoce a Benjamin Black; nadie sabe quién soy yo. Era un juego. El arte es un juego, pero un juego sublime. Y Benjamin Black es un juego mundano.

P. ¿Odia a Black?

R. No, no, me gustan esos libros. Lo que odio son los veranos, una estación muerta en la que no pasa nada. Y para matar el verano, me escribo un Benjamin Black. Lo hago muy rápido; no hay nada malo en escribir rápido, lo hago en días. Velocidad y espontaneidad son cualidades adecuadas y deseables para Benjamin Black, pero los otros me llevan dos, tres, cinco años; los escribo despacio con la pluma. Es el espacio que requieren.

P. ¿Por qué España le aprecia tanto?

R. España e Irlanda tienen mucho en común: terribles guerras civiles, la Iglesia católica; vosotros tuvisteis a Franco, nosotros a Éamon de Valera… Yo vine por primera vez en 1962, eran días oscuros. El sol brillaba, la comida y el vino eran maravillosos, pero había policías y, si hacías un movimiento extraño, podías acabar a golpes en una celda. Irlanda también era así.

P. Después ha llegado a otra España. Entabló relación con los Reyes a raíz del Premio Príncipe de Asturias.

R. Me invitaron a Oviedo en algún aniversario y volví a ver al Rey. Es espléndido, buena gente, él y su familia, sus hijas, me caen muy bien. Me encanta eso de España. Me gustó mucho. Y cuando fue a Valencia por la dana y fue atacado por extrema derecha, se portó muy bien, fue muy valiente. Es una pena que en 1960 no decidiéramos coronar un rey de Irlanda; mi madre estaba siempre fascinada por la familia real británica… Todos los países deberían tener un rey, yo daría un paso al frente, pero soy un poco mayor (ríe).

P. Menciona a la extrema derecha, que está disparándose en todo el mundo. ¿Cómo vive este momento?

R. Asusta. Esta era recuerda a los años treinta: desencanto entre los pobres, desfavorecidos, los que no tienen privilegios. Estuve en 2016 en la Universidad de Chicago un par de meses, antes de la elección de Donald Trump y América es incoherente. Yo amo a América, mi mujer es americana y América se recuperará de estos sucesos trágicos, pero la América liberal es muy culpable de lo que está ocurriendo. ¡Yo no sé nada de política y aquí estoy pontificando!

P. Sé que usted es muy proeuropeo. Ahora Europa está entre Putin, Trump y esta extrema derecha. ¿Aún cree que hay futuro para Europa?

R. Tenemos que creer en el futuro de Europa. Fuimos estúpidos después de 1945, cuando convertimos a América en hermano mayor, en protector. Nos teníamos que haber armado, saber que nos iban a dejar caer. Lo que deberíamos hacer ahora es armarnos. Muchas armas, muchos drones para protegernos. Europa no es una unidad como América, cuando vas allí, puedes seguir siendo judío o lituano, pero tienes que hacerte americano en primer lugar. En Europa sigues siendo griego, por ejemplo, y luego europeo. Debería ser al revés. ¡Yo debería ser el rey de Irlanda! Pero ya soy muy viejo. Mi querida mujer fallecida, cuando yo decía que iba a tirar la toalla, me decía: “Si lo dejas, te meterás en política y destruirás el mundo” (ríe).

P. La intolerancia también ha llegado al mundo cultural. Usted canceló su presencia en un festival de Granada tras la desinvitación de Ariana Harwicz y sé que no quiere hablar de ello, pero ¿qué opina de la cancelación?

R. Hace 10 años estaba en un festival en Dublín con un abogado de Inglaterra y una joven de Corea del Norte. Era un encuentro sobre memorias. El abogado tenía abuelos judíos asesinados en Auschwitz. La mujer había huido de Corea. Hablábamos de las redes sociales, de cómo internet ha dado voz a la gente; todos lo veían como positivo y yo dije: Cuidado, a la gente pequeña nunca se le debería dar voz, es un gran error. La mitad de la audiencia estaba en estado de shock y añadí: la gente pequeña mató a tus abuelos. Una de mis frases favoritas de Memorias del subsuelo, de Dostoievski, es aquella en la que el hombre del subsuelo dice: Deberían mantenernos a raya, pero algún día lograremos escapar y entonces hablaremos, hablaremos y hablaremos… pero muy poca gente tiene algo que decir. Vivimos en la era del hombre del subsuelo.

P. Usted recibió una llamada anunciándole el Premio Nobel.

R. Sí, en 2019 estaba tumbado en la camilla del fisioterapeuta, un hombre me llama de Estocolmo, a las 11.20 del día de octubre en que daban el Nobel, y me dice: “Ha ganado el Nobel”. ¡Imagina la excitación! Me dijeron que daban dos: Margaret Atwood y yo. Llamé a mi mujer, a mis amigos; pidieron champán. Y a los 40 minutos me llamó mi hija: “No eres tú”. Llamé de nuevo a mi mujer y amigos, cancelad el champán, y ella me dijo: “Ay, me iba a comprar un coche”. Luego el tipo me volvió a llamar: “Perdón, ha sido una confusión, que pase un buen día”. Fue gracioso. Tuve el Nobel durante 40 minutos. Y mi nombre ya está manchado.

P. Tal vez un día reciba esa llamada de verdad.

R. Tengo el Príncipe de Asturias, que es el mejor. Es suficiente para mí. Conocí al Rey y la Reina, fue maravilloso. Y lo mejor es que el discurso está limitado a tres o cuatro minutos. Pero si me lo quieren dar… no les diré que no (ríe).

Con la colaboración de Susana Urra.

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​El novelista irlandés John Banville, esta semana en el festival  Cosmopoética, en Córdoba.

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John Banville, en Córdoba. 

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