Maruja Torres: “No tengo el coño para equidistancias en este momento”

Maruja Torres (Barcelona, 83 años) camina con bastón, pero su cabeza va a la velocidad de la luz y su lengua vuela como un avión supersónico. Es miércoles a mediodía y lleva desde temprano yendo y viniendo. Se ha despertado a las siete, ha devorado la prensa en el desayuno, ha hecho sus ejercicios, se ha vestido, se ha maquillado, ha salido a la calle y ya ha dado una entrevista con motivo de la publicación de su nuevo libro, Cuanta más gente me jode, más buenos momentos tengo (Temas de Hoy). En el vestíbulo del hotel donde ha citado a EL PAÍS, se cruza con Soraya Sáenz de Santamaría [ex vicepresidenta del Gobierno conel PP}, que se acerca a saludarla. En unos días quedará con los Reyes, que la han invitado a un acto en Oviedo. Torres lleva toda la vida moviéndose y de eso trata su libro, de sus viajes por el mundo: París en abril del 68, Beirut en el 87, Hollywood en los noventa… Los buenos reporteros saben que el movimiento es vida. Por eso ella sigue. Pide un Negroni, coge aliento y sigue.

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 La reportera publica ‘Cuanta más gente me jode, más buenos momentos tengo’, un atlas de sus viajes por el mundo: del París del 68 al Beirut del 87, pasando por el Hollywood de los noventa. “Tengo una plácida vejez de ira”, afirma a sus 83 años  

Maruja Torres (Barcelona, 83 años) camina con bastón, pero su cabeza va a la velocidad de la luz y su lengua vuela como un avión supersónico. Es miércoles a mediodía y lleva desde temprano yendo y viniendo. Se ha despertado a las siete, ha devorado la prensa en el desayuno, ha hecho sus ejercicios, se ha vestido, se ha maquillado, ha salido a la calle y ya ha dado una entrevista con motivo de la publicación de su nuevo libro, Cuanta más gente me jode, más buenos momentos tengo (Temas de Hoy). En el vestíbulo del hotel donde ha citado a EL PAÍS, se cruza con Soraya Sáenz de Santamaría [ex vicepresidenta del Gobierno conel PP}, que se acerca a saludarla. En unos días quedará con los Reyes, que la han invitado a un acto en Oviedo. Torres lleva toda la vida moviéndose y de eso trata su libro, de sus viajes por el mundo: París en abril del 68, Beirut en el 87, Hollywood en los noventa… Los buenos reporteros saben que el movimiento es vida. Por eso ella sigue. Pide un Negroni, coge aliento y sigue.

Pregunta. ¿La han jodido mucho en su vida?

Respuesta. Me han jodido mucho en lo social y lo internacional, en lo personal, no. Estoy muy bien a nivel personal. Soy feliz porque tengo esa edad en la que no tienes retorcimientos ni deseos brutales. Ahora tengo una plácida vejez de ira. Estoy llena de ira. Me da miedo el futuro, no por mí, sino por los demás. Me da miedo la oleada de derechismo y fascismo.

P. ¿Exactamente qué es lo que más le jode ahora mismo?

R. Hemos pasado de la jodienda de Ceuta a la jodienda de la vivienda, que ya existía antes de la jodienda de Ceuta. Si es por joder, todo. Lo que más me jodería ahora es que fracasara el movimiento que hay en la Puerta del Sol. Hay mucha ilusión y esperanza ahí. Hemos descubierto que hay otra juventud. Qué gusto es ver a gente joven con la cabeza bien estructurada y con un pensamiento político. No todos están en el gimnasio. No todos están mirando el móvil sin fijarse en nada más. No todos están en contra de pagar impuestos. Pero la esperanza también me da miedo. Me da miedo que la esperanza pinche porque ha pinchado muchas veces.

P. Cuando era joven, su gran frustración era no poder viajar. ¿Recuerda su primer viaje?

R. Mis primeros viajecillos fueron en los años sesenta para ver cine en Perpiñán. Ojo, no iba a ver porno. Iba con el noviete que tenía entonces a ver las películas de Eisenstein, Kurosawa y Bertolucci. Incluso nos llevábamos el bocata. Éramos pobres, pero dignos. Mi primer viaje importante fue en abril del 68 a París. Yo veía que levantaban los adoquines y se los tiraban a los guardias. No sabía que era la revolución, creía que era la democracia. Luego, en el 70, fui a Londres y pasé tres días en un festival en la Isla de Wight en el que tocaban The Doors, Chicago, Santana y Jimmy Hendrix. Me pasé los tres días fumada.

P. Su libro comienza con una frase de Cesare Pavese: “Viajar es más brutal que un buen matrimonio”. ¿Cuál ha sido el viaje más brutal de su vida?

R. El regreso a Torrejón en un avión militar con el cuerpo de Juantxu Rodríguez [periodista asesinado en 1989 mientras cubría la invasión estadounidense de Panamá para EL PAÍS]. Él estaba en una caja y yo estaba sentada. Eso me sigue doliendo muchísimo y marcó un antes y un después. Yo no tenía miedo a volar ni a nada y entonces empecé a tenerlo. En ese momento vi la fragilidad de la vida y que este era un trabajo que podía matar. Luego seguí haciendo cosas, pero con más respeto. Ahora este trabajo es más peligroso. Ahora ven los chalecos de prensa y disparan.

P. Eso mismo está ocurriendo en Gaza.

R. Han asesinado a más de 260 periodistas en Gaza. Es un precedente muy malo. No sé por qué no fuimos todos los periodistas en manada al aeropuerto de Tel Aviv a colapsarlo. La única parte buena de toda esta mierda es que se les ha visto la careta y que hay que separar a los israelíes malos de los buenos. Más de 200.000 israelíes ya han huido. Y también hay que separar a los israelíes de los judíos. Habrá un nuevo gobierno en Israel, pero nunca habrá un gobierno israelí favorable a los palestinos. Trasladaron el odio que deberían tenerle a los alemanes y a los europeos, incluidos los españoles, a los palestinos. Nosotros, los europeos, los echamos, nosotros los matamos. ¿Por qué no se vengan de Europa? Deberían bombardear Fráncfort, no Gaza. Europa tiene la responsabilidad de todo, Inglaterra, la que más.

P. Tengo la sensación de que ya no se habla tanto de lo que está ocurriendo allí.

R. Hemos pasado página porque ahora estamos con Irán, porque ahora nos han tocado el bolsillo. Mira que estábamos bien con el estrecho de Ormuz, hasta que los iraníes descubrieron que podían cerrarlo.

P. ¿Qué opina sobre la cancelación de la escritora Ariana Harwicz por sus ideas sobre la guerra?

R. Yo no sé quién es esta escritora. No la he leído en mi vida, pero sí he leído su tuit [“Les angustia terriblemente que no haya genocidio en Gaza. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”, escribió la autora argentina en 2025]. Y he leído la lista de los firmantes que la han defendido. Son todos equidistantes, cariño. Y yo no tengo el coño para equidistancias en este momento. Es un momento en el que hay que empezar a asomar la nariz para que te la rompan. Si no lo hacemos, no sé si pasaremos a la historia, pero pasaremos a la tumba como una mierda. Dicho esto, yo soy una persona que sabe que Helen Mirren es sionista y no voy a dejar de ver una película suya por eso. Soy capaz de distinguir y separar la obra del artista. De lo contrario, no podría apreciar ni un cuadro de Caravaggio.

P. En el libro cuenta que duerme poco. ¿Qué cosas le quitan el sueño?

R. Todo, el conjunto de mi memoria. Muchos momentos de mi vida van y vienen, van y vienen. Entonces tengo que tomarme el Trankimazin por prescripción médica.

P. ¿Y funciona?

R. Cada vez necesito más dosis. Un día voy a terminar como Marilyn, llamando a Kennedy. Igual me contesta. No soy nostálgica, pero considero que he vivido una buena época y por la noche empiezo a recordar. No busco el pasado, se me aparece.

P. ¿Qué cosas la hacen llorar?

R. La bondad. La maldad me irrita y me saca la mala hostia. La bondad me sorprende, me calienta el corazón y me hace llorar de gratitud. Nunca lloré más que en el funeral de Terenci Moix. Estábamos todos los amigos cercanos llorando como una Magdalena. Yo me senté en las rodillas de Núria Espert. En ese momento entró Isabel Preysler con el difunto exministro Boyer y se me agarró. Yo miré a ver si había fotógrafos o su equivalente, Boris Izaguirre. Sabía que Terenci era fan de ella, así que fui buena y le dije: “Gracias por haberle querido”. Se quedó contenta, me soltó y pude volver al regazo de Núria Espert.

P. Hablando de Boyer, fue él quien liberalizó el mercado de los alquileres.

R. Fue un ministro de Economía nefasto. Es lo que tiene la socialdemocracia, que no se atreve con la Iglesia, no se atreve con la banca y no se atreve con los fondos buitres. Los socialdemócratas no se atreven con los grandes poderes porque saben que esos poderes los pueden joder.

P. En el libro confiesa que es una inquilina afortunada porque ha llegado a un acuerdo con su rentista para un alquiler asumible. ¿Ha tenido miedo de terminar como Maricarmen?

R. No, pero nunca se sabe. Tengo unos ahorrillos, pero tampoco sabemos cómo se va a poner la vida. Yo nunca cobré una indemnización porque siempre me he ido de los trabajos haciendo un corte de mangas y me he quedado tan contenta. Tengo seguidores por eso, por mi coherencia o por mi incoherencia.

P. ¿Le ha jodido lo de Zapatero y las joyas?

R. Me ha jodido mucho. Ya no confío en Zapatero, lo siento. Yo soy de la época en la que si te llegaba un regalo a la redacción, tenías que informárselo al redactor jefe y al director adjunto. Te despedían fulminantemente si te quedabas un regalo. Una vez me negué a entrevistar a Marlon Brando. La distribuidora de su película quería pagarme el viaje y dije que no.

P. Cubrió los Oscar en el 93. Dígame un famoso que le haya causado una buena impresión.

R. Elizabeth Taylor. Ese año le daban un premio especial por su lucha contra el sida. Llevaba el doble de esmeraldas que Sara Montiel y un traje amarillo. Un estúpido le preguntó sobre uno de sus exmaridos o sobre una dieta. No lo recuerdo bien. Los ojos violetas de la Taylor se volvieron como guillotinas: en cuanto cerró los párpados, le cortó la cabeza al estúpido. ¡Qué tía!

P. Si tuviera que escribir un último reportaje, ¿a dónde iría?

R. Ya no tengo ganas de contar historias como reportera. Ahora, si me preguntas en qué sitio me gustaría morir, te diría que en Beirut. Iría para suicidarme porque soy partidaria del suicidio. Dejaría una carta y un buen marrón al actual embajador español. Me gustaría que me quemaran allí, aunque la cremación está carísima en todas partes.

P. ¿Y una última entrevista?

R. Ya no quiero entrevistar a nadie. Estoy cansada del mundo. Estoy, afortunadamente, cansada. Me he vuelto una misántropa.

P. En el libro inventa un concepto precioso, el de los “objetos fallidos”: cosas que olvidamos en sitios a los que nos gustaría volver. ¿Dónde podríamos encontrar un “objeto fallido” de Maruja Torres?

R. Debajo de una cama en Beirut. Un auricular de iPhone que se me cayó en mi último viaje y no volví a encontrar. Conservo el otro con la esperanza de que un día escuche algo de Beirut.

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