Billy Childish, la atormentada biografía de un icono del punk británico: “El arte profesional mata el arte”

El músico visita Benidorm para actuar en el festival Funtastic, coincidiendo con la publicación en español de un libro que recoge su agitada vida  

Lleva el tatuaje de una horca en el brazo izquierdo, pinta cuadros de cadalsos, le puso el nombre de Hangman (el ahorcado) a su editorial y sello discográfico, y tiene canciones tituladas I’m Gonna Die Some Day (Algún día moriré) o You’re Gonna Die (Vas a morir). Pero no hay nada tétrico en él. De hecho, se ríe de todo, contra todos. Cantante, guitarrista, compositor, escritor y poeta, en su obra la tragedia y la comedia van de la mano. Y así lo expresa en miles de cuadros, en centenares de poemas y en sus más de mil canciones de estilo punk-rock, garage, rhythm’n’blues, beat o folk, recogidas en un centenar de discos grabados a lo largo de casi medio siglo con grupos como The Pop Rivets, The Milkshakes, Thee Mighty Caesars, Thee Headcoats, Thee Headcoatees, The Buf Medways, The Musicians of the British Empire y otros. Es Steve Hamper (Chatham, 66 años), conocido también como William Ivy Loveday, Guy Hamper y, sobre todo, como Billy Childish. Es un artista de esos entregados a su quehacer, que rechaza la comercialización: “El fútbol profesional mata el fútbol, el arte profesional mata el arte”, sostiene en una entrevista con EL PAÍS por correo electrónico. Una rareza en estos tiempos.

Childish será cabeza de cartel con Thee Headcoats en el festival Funtastic, que se celebra en Benidorm del 9 al 11 de octubre. También es el protagonista de Para calmar mi atormentada mente, una biografía semiautorizada (accedió a facilitar todo el material necesario, cartas, fotos y vídeos, con la condición de no tener que leer el libro), escrita por Ted Kessler y publicada en el Reino Unido en 2024, recientemente traducida al español (Liburuak).

El británico, que en canciones como You Make Me Die canta “tu ambición y tu éxito son lo que detesto”, empieza a recibir cada vez más atención. Pero no le preocupa, y solo siente rechazo cuando las galerías o los sellos discográficos tienen expectativas sobre lo que hace o debería hacer. “Nunca he firmado un contrato, ni siquiera cuando tenía 16 años como aprendiz de cantero, así que soy libre”, confiesa.

Debe de ser verdad. La biografía retrata a Childish como un hombre ajeno a los dictados del mercado, un artista que de joven fue novio de la creadora británica Tracey Emin, actualmente millonaria, un tipo que hace lo que quiere sin perder un segundo en pensar en la repercusión o el dinero. “De él he aprendido su compromiso con la verdad, por muy dolorosa que sea para él o para los demás. No estoy seguro de que haya nadie más que haga eso con tan poco ego”, afirma Kessler, que trabajó para la revista musical NME (y que hace mucho tiempo tenía en su contestador automático una canción de Thee Headcoats titulada We Hate the Fuckin’ NME).

Estajanovista y ludita a la vez, con un estilo artesanal fieramente imperfecto y humano, Childish es lo más parecido a la némesis de la IA. Él lo explica sin miramientos: “Mi trabajo pertenece a lo bajo, cerca del suelo, al instinto y a lo elemental. Creo en la música casera, el arte casero y la cocina casera”. Con sus bandas busca proyectar “fuerza y humanidad”, dice, y bebe de influencias como Link Wray, The Kinks, Bo Diddley, The Troggs, Son House, The Downliners, The Sonics o The Who. Y, aunque últimamente su fuente de inspiración es Bob Dylan, como músico, pintor o escritor no ha cambiado desde sus inicios en la década de los setenta. “Sigo amando las mismas cosas: Kurt Schwitters, Edvard Munch, Vincent van Gogh, Delacroix, Hans Fallada, John Fante, etc.”, afirma.

A tumba abierta, en su obra siempre ha utilizado sus experiencias personales como material de trabajo, sea la diversión más idiota, el deseo, la rabia, la locura, el tedio o la violencia más cruda. Un ejemplo: en 1992, para la portada del sencillo de una canción instrumental titulada Paedophile, usó la foto real de un “amigo” de sus padres llamado Norman, que abusó de él cuando tenía nueve años.

Punk en los astilleros

Hamper-Childish creció en Chatham, uno de los más importantes astilleros del decadente Imperio británico. Allí trabajó de adolescente unos meses, un caso de alienación tal que le llevó a pintar 600 dibujos con el título común de Los barracones del infierno. Duró poco, porque tras escuchar God Save the Queen, de Sex Pistols, decidió golpearse una mano con un mazo para no volver al astillero y dedicar su tiempo a hacer solo lo que le inspirara, aunque tuviera que alimentarse a base de pan de molde y té.

“Lleva el DIY (Do It Yourself, hazlo tú mismo) como filosofía de trabajo y vida. En estos tiempos de corporaciones capitalistas monstruosas que engullen cualquier atisbo de arte o inteligencia en todas sus formas, y digo engullen conscientemente, porque si antes lo comían, lo de ahora va más allá, que alguien se mantenga a su rollo y al margen no es solo admirable, sino digno de estudio”, explica Paloma Borbone, al frente del festival Funtastic junto con Varo Coalla.

Childish ya lo advirtió en su libro En carne viva. Poemas 1984-88, publicado por la editorial barcelonesa Stultifera Navis en 1989: a la gente no le gusta que hagas lo que quieras, y “hará lo que sea para hundirte”. Aquel mismo año, Christian Martí-Menzel, al frente de aquella editorial, trajo a Childish para presentar el libro, exponer algunos cuadros y tocar con su banda Thee Headcoats junto a Bruce Brand por varias ciudades españolas. “Fue una misión suicida. Era todo un personaje, con una capacidad para vivirlo todo al 100 %. Era un artista como los de antes, en el sentido de ser un artesano, con un convencimiento increíble en todo lo que hacía”, recuerda ahora Martí-Menzel, escritor y traductor.

No lo tuvo fácil. De pequeño sufrió acoso escolar, su madre era alcohólica y su padre era “un sociópata narcisista complejo”, según descripción de su hijo. Era un hombre violento que solía chocar su cabeza con la de su hermano mayor, hasta que en una discusión el joven Childish acabó pegándole un puñetazo a su progenitor tras sentir una ola de “odio perfecto, finalmente pulido durante años de silencio y docilidad, que me estallaba por dentro como una enfermedad que se arrastra, maligna”, relata en su libro My Fault (autopublicado en Hangman en 1991, sin edición en castellano).

La hipocresía de la cultura inglesa, que te hace sufrir en casa, en el colegio o en el trabajo, pero que te obliga a funcionar socialmente como si nada, le llevó a tomar la decisión radical de no mentir, lo que le ha dado más de un quebradero de cabeza. Le ocurrió con Jack White, líder de The White Stripes, que admiraba su trabajo y que hace unos años quiso promocionarlo sin que Childish se lo pidiera. Al ser interrogado sobre su opinión sobre la banda de White, el de Chatham confesó que no le gustaba su sonido y que con su banda él siempre trata “de acortar los dos metros que nos separan del público; ellos, en cambio, intentan ampliar esa distancia”.

Kessler lo tiene claro: de camino a los setenta años, Childish sigue siendo un motor de combustión que enseña a no tener miedo y a pasar a la acción. “No importa si no sabes escribir, pintar, tocar un instrumento o cantar… simplemente escribe un libro, pinta un cuadro, graba un disco, da un concierto. Hazlo. Y luego, hazlo otra vez. Hazlo por ti mismo y, si nadie te ayuda a publicar, sacar al mercado o mostrar tu trabajo, sigue adelante”, explica.

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Lleva el tatuaje de una horca en el brazo izquierdo, pinta cuadros de cadalsos, le puso el nombre de Hangman (el ahorcado) a su editorial y sello discográfico, y tiene canciones tituladas I’m Gonna Die Some Day (Algún día moriré) o You’re Gonna Die (Vas a morir). Pero no hay nada tétrico en él. De hecho, se ríe de todo, contra todos. Cantante, guitarrista, compositor, escritor y poeta, en su obra la tragedia y la comedia van de la mano. Y así lo expresa en miles de cuadros, en centenares de poemas y en sus más de mil canciones de estilo punk-rock, garage, rhythm’n’blues, beat o folk, recogidas en un centenar de discos grabados a lo largo de casi medio siglo con grupos como The Pop Rivets, The Milkshakes, Thee Mighty Caesars, Thee Headcoats, Thee Headcoatees, The Buf Medways, The Musicians of the British Empire y otros. Es Steve Hamper (Chatham, 66 años), conocido también como William Ivy Loveday, Guy Hamper y, sobre todo, como Billy Childish. Es un artista de esos entregados a su quehacer, que rechaza la comercialización: “El fútbol profesional mata el fútbol, el arte profesional mata el arte”, sostiene en una entrevista con EL PAÍS por correo electrónico. Una rareza en estos tiempos.

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