Hace unas semanas se viralizó el extracto de una entrevista con Jonathan Franzen donde el escritor, autor de títulos que han optado a la categoría de la gran novela estadounidense contemporánea como Las correcciones o Libertad, declaraba que era capaz de tolerar hasta un máximo de un cliché por libro antes de abandonar la lectura y pasar a otro tema. Franzen remitía a los clichés en un sentido amplio: hablaba también de personajes estereotipados y situaciones manidas. Pero en lo que se refiere a las expresiones idiomáticas, a los dichos, a los modismos, a las chirigotas, le recomendamos que lea a Santiago Lorenzo para reconsiderar su animadversión.
Hace unas semanas se viralizó el extracto de una entrevista con Jonathan Franzen donde el escritor, autor de títulos que han optado a la categoría de la gran novela estadounidense contemporánea como Las correcciones o Libertad, declaraba que era capaz de tolerar hasta un máximo de un cliché por libro antes de abandonar la lectura y pasar a otro tema. Franzen remitía a los clichés en un sentido amplio: hablaba también de personajes estereotipados y situaciones manidas. Pero en lo que se refiere a las expresiones idiomáticas, a los dichos, a los modismos, a las chirigotas, le recomendamos que lea a Santiago Lorenzo para reconsiderar su animadversión. Seguir leyendo
Hace unas semanas se viralizó el extracto de una entrevista con Jonathan Franzen donde el escritor, autor de títulos que han optado a la categoría de la gran novela estadounidense contemporánea como Las correcciones o Libertad, declaraba que era capaz de tolerar hasta un máximo de un cliché por libro antes de abandonar la lectura y pasar a otro tema. Franzen remitía a los clichés en un sentido amplio: hablaba también de personajes estereotipados y situaciones manidas. Pero en lo que se refiere a las expresiones idiomáticas, a los dichos, a los modismos, a las chirigotas, le recomendamos que lea a Santiago Lorenzo para reconsiderar su animadversión.
Como en anteriores entregas —algunas, como Los asquerosos(2018), fenómenos superventas con más de 200.000 ejemplares despachados, según cuentas de su editorial, Blackie Books—, los personajes de Contenta se mueven un paso al son del refranero y el otro al compás de la cháchara de ascensor: mientras que unos escuchan atentos al locutor para concluir que “una victoria el sábado beneficia” a su equipo, otros declaran jubilosos que “el 25 o el 26 de diciembre” ya se nota, por fin, que los días se hacen más largos. Son ejemplares purasangres de la especie de “la gente corriente”. Ni muy listos ni guapos, puede que a veces algo incautos. Ni excesivamente valientes ni tampoco íntegros hasta lo inquebrantable, aunque nunca del todo malas personas.
Si en las novelas de Lorenzo el grueso de los personajes sirve un tazón de aguachirle (no todos, porque siempre anda por ahí suelto algún energúmeno), la voz narradora del autor aporta todos los condimentos. Con su estilo particularísimo a base de hipérboles, lenguaje erudito, pitorreo e ideas peregrinas, sus historias, jocosas y a la vez veraces, van armando una bola de nieve que rueda aparentemente descontrolada, zigzagueando por derroteros tan insospechados que no salen ni en los mapas, hasta que al final, como en un milagro que esconde en realidad una escaleta trabajada al milímetro, todo converge en una conclusión inesperada y aleccionadora. Irrumpen carcajadas sonoras, pero poca broma con lo que cuenta.
Sus historias dan risa porque resultan tremendamente identificables: ponen en el espejo un país pletórico de idiosincrasias
El estilo, la estructura y, sobre todo, las intenciones de crítica social deslizada entre risas de otras novelas anteriores de Lorenzo se dejan ver de nuevo en Contenta. Por primera vez, el escritor, que en otra vida fue cineasta, se atreve con una protagonista femenina. Se llama Cecilia, lleva un “dispositivo de audiovisión” consistente en unas gafas con sonotones incorporados y reside con su padre en Alcalá de Henares. Poco más contaremos de ella que lo que desvela la contracubierta, un resumen a un océano de distancia de la totalidad de la peripecia que se irá desovillando: con las finanzas en horas bajas pero un poco más arriba en el terreno amoroso, un Ayuntamiento la contrata para grabar un vídeo promocional de un pueblo tan feo que espanta a las moscas.
Ese pueblo, con sus “calles normales con una serie de casas normales”, su “iglesia de un chichinabo chumínico”, sus matorrales y cardos y su río con agua, se levanta, cómo no, en un lugar indeterminado de la Meseta castellana. Allí mismo, a una de esas localidades “a unos cuantos kilómetros del centro geográfico de España, no importa en qué dirección”, se mudó el escritor, oriundo de Portugalete, hace más de una década, y ese escenario pelado y áspero, el equivalente geográfico al pan sin sal de sus personajes, le ha servido para contextualizar Los asquerosos, Tostonazo (2022) y, ahora, este Contenta.
No se entiende como casualidad, sino como reivindicación, que el autor le haya cogido el gusto a narrar las aventuras de los donnadies que pueblan los donde nadies de esa extática planicie llamada la España vaciada. Al fin y al cabo es en los lugares supuestamente insignificantes, con los paisanos del montón, donde se cuece casi todo en esta vida, en la que pocos, casi ninguno, escriben los titulares de una Historia en mayúsculas que, si se mira por dentro, está mayormente redactada en letra pequeña. Las novelas de Lorenzo dan risa antes que nada porque, por detrás de sus incidentes rocambolescos y sus giros alambicados, resultan tremendamente identificables: nos ponen ante el espejo de nuestras propias experiencias, en nuestro país tan pletórico de idiosincrasias, con sus muchas alegrías y alguna que otra miseria.
En ambos extremos, las alegrías y las miserias, acierta el autor en pleno ojo de la diana. Sabe expresar con profundidad, por ejemplo, ese amor romántico que no es grandilocuente ni excesivo, sino fortuita cercanía y cotidianidad llevadera; lo mismo que captura la soledad ontológica de los hombres que se pasan las horas acodados en el bar con tal de no regresar a sus casas. Y lo más notable, que siempre parece ir un poco por delante de algunas realidades sociales. Si en otras ocasiones Lorenzo ha sacado a colación cuestiones como el retorno a lo rural o el auge de la extrema derecha, en esta advierte del destrozo social que provocan los caciques y los mangantes. Además, hay en Contenta un cameo temático que parecería sacado de los periódicos de las últimas semanas: solo diremos que, para Cecilia, todo empieza entre los activistas de la Agrupación de Inquilinos de su ciudad.

Santiago Lorenzo
Blackie Books, 2026
240 páginas. 22,90 euros
EL PAÍS











