“Sólo cuando nos oprime la última hora sentimos que se va lo que no comprendimos que pasaba”, escribió Séneca. La vida, pensaba el filósofo cordobés, no es corta: antes bien, somos nosotros quienes la derrochamos y abreviamos. De allí que vivir sea una tarea que hemos de aprender toda la vida. Pero más importante aún, dirá el estoico, es “aprender a morir toda la vida”. Bajo esta misma convicción, filosofar no sería sino un aprender a morir, dirá Montaigne amparado en el Fedón de Platón.
La muerte (tanto propia como ajena) es también nacimiento, siempre y cuando la aceptemos y abracemos. Pero para ello, debemos ser consciente de que habremos de sufrir
“Sólo cuando nos oprime la última hora sentimos que se va lo que no comprendimos que pasaba”, escribió Séneca. La vida, pensaba el filósofo cordobés, no es corta: antes bien, somos nosotros quienes la derrochamos y abreviamos. De allí que vivir sea una tarea que hemos de aprender toda la vida. Pero más importante aún, dirá el estoico, es “aprender a morir toda la vida”. Bajo esta misma convicción, filosofar no sería sino un aprender a morir, dirá Montaigne amparado en el Fedón de Platón.
Aprender a morir es también dejar ir mientras existimos. Frente a la pregunta ¿qué es vivir?, Nietzsche nos dirá: “vivir significa apartar de sí continuamente algo que quiere morir; vivir quiere decir: ser cruel e implacable con todo lo que se vuelve débil y viejo en nosotros”. Aprender a morir es asumir que habremos de sufrir muchas veces, pero guardando el valor de quien no teme el descenso para renacer. Aprender a morir: estar dispuesto a arder en el propio fuego.
Dos obras rusas nos orientan en este camino. La noche del 28 de marzo de 1897, se estrenó la Primera Sinfonía de Serguéi Rajmáninov en el Salón de la Nobleza de San Petersburgo. El compositor, con 24 años, confiaba en que su obra sería un éxito. Sin embargo, por distintos motivos, el concierto fue un fracaso. Célebre fue la devastadora crítica de César Cui, quien la catalogó como “una sinfonía de los siete pecados capitales”. 48 años tendrían que pasar hasta que, el 17 de octubre de 1945, la obra fuese reinterpretada en Moscú y revalorada como una pieza valiosa del romanticismo tardío ruso.
Fruto del fracaso, Rajmáninov cayó en una severa depresión. Durante casi tres años, fue incapaz de componer algo. Hacia 1900, por mediación de su familia, el compositor comenzó terapia de hipnosis y sugestión positiva con el Dr. Nikolai Dahl. Tras casi un año de trabajo, el método rindió fruto: fue entonces cuando, arrancado de su petrificado silencio y de la profundidad del dolor, emergió el Concierto para piano Nº2 en do menor, composición con la que el artista resucitó y emergió de sus abismos.
A través de sus movimientos, el Concierto N°2 es una obra que refleja la caída, el silencio y el retorno. No por nada está dedicado al doctor Dahl. Sin embargo, lejos de ser retrato de su enfermedad, expresa la superación de ella. Su escritura, el antídoto alquímico que le permitió transmutar la putrefacción en luz y esperanza. El resurgimiento a la voz propia que no niega el sufrimiento, sino que los transfigura en creación artística. No es consuelo, sino la evidencia de que la profundidad del silencio, cuando se atraviesa del todo como desierto, es capaz de producir el acorde de algo irrefutable y hermosamente vivo.
Por otra parte, pocas obras eslavas abordan la cuestión sobre si se ha vivido bien o sólo se ha aparentado vivir con la claridad con que Tolstoi lo hace enLa muerte de Iván Ilich. Así como el Concierto de Rajmáninov, aquí gravita la pregunta sobre la autenticidad de la vida y la crisis del yo.Iván Ilich pasa toda su vida construyendo certeza y comodidad. Su paso es la búsqueda de una existencia correcta, ordenada, socialmente válida. Juez, una familia “apropiada” y muebles acordes a la moda. Al caer enfermo, el telón cae, y toda la estructura sobre la que había erigido esa vida se difumina en la falsedad de lo ilosurio. Su agonía trasciende lo fisiológico: su grito es el terror que reconoce no haber vivido. “¿Y si toda mi vida ha sido un error?» se pregunta en su lecho. A las puertas de la muerte lo sitúa Tolstoi: solo allí, despojado de todo rol y expectativa, de todo qué dirán, Iván enfrenta la misma realidad que nos advierte Séneca: “Nada hay menos propio del hombre ocupado que el vivir”.
El quiebre del compositor ruso es análogo. Después de la catástrofe de su Primera Sinfonía, Rajmáninov cayó en la cuenta de que todo lo que había erigido podía derrumbarse con la fragilidad con la que ardió Troya: bastó una noche. Su silencio es el retrato del vaciamiento del yo artístico y la muerte de la identidad esculpida sobre uno mismo.
La diferencia, empero, es que Iván muere hacia la tristeza de su verdad. Ya es demasiado tarde para comenzar a vivir. Rajmáninov, por su parte, optó por arder y renacer en la creación del arte. En el clímax de su agonía, Iván es arrastrado hacia un saco negro y estrecho. Combate la presión durante días, hasta que, llegado un punto, escribe Tólstoi, “de pronto le quedó claro que lo que le había atormentado y no le había dado paz era todo una ficción, una mentira, y que había algo completamente distinto, verdadero”. Sólo entonces Iván puede dulcemente rendirse y soltar. El saco se abre e Iván Ilich abraza la luz: puede morir sin miedo. La muerte (tanto propia como ajena) es también nacimiento, siempre y cuando la aceptemos y abracemos. Pero para ello, debemos ser consciente de que habremos de sufrir.
Ese mismo saco negro fueron los casi tres años que Sergéi debió atravesar para brotar como nenúfar de su pantano: “La música de alguien que ha visto el abismo y ha decidido, sin negarlo, seguir tocando”, escribió Joseph Horowitz. He ahí nuestra necesidad y nuestra mayor proeza: bailar sobre nuestros abismos. Pues sólo así aprenderemos a morir, sabiendo que la muerte es eterno volver a nacer.
A Tomás.











