Hace unas semanas, mis amigos me dijeron que se independizaban. De un grupo de diez personas, después de años trabajando, solo dos lo han conseguido. Lo cierto es que tuve que fingir una sonrisa y tratar de ignorar la ansiedad en mi pecho. ¿Me alegro por ellos? Pues claro, solo quiero que sean felices. Pero la noticia fue un recordatorio de que yo no puedo independizarme y de que el resto de los allí presentes tampoco; de que la vivienda dejó de ser un derecho y de que vivo en una sociedad intoxicada por la precariedad que me hace egoísta y me hace sentir infeliz cuando las personas que más quiero en el mundo me dan una buena noticia. ¿A dónde va a llevarnos todo esto?
Hace unas semanas, mis amigos me dijeron que se independizaban. De un grupo de diez personas, después de años trabajando, solo dos lo han conseguido. Lo cierto es que tuve que fingir una sonrisa y tratar de ignorar la ansiedad en mi pecho. ¿Me alegro por ellos? Pues claro, solo quiero que sean felices. Pero la noticia fue un recordatorio de que yo no puedo independizarme y de que el resto de los allí presentes tampoco; de que la vivienda dejó de ser un derecho y de que vivo en una sociedad intoxicada por la precariedad que me hace egoísta y me hace sentir infeliz cuando las personas que más quiero en el mundo me dan una buena noticia. ¿A dónde va a llevarnos todo esto? Seguir leyendo
Opinión de un lector sobre una información publicada por el diario o un hecho noticioso. Dirigidas al director del diario y seleccionadas y editadas por el equipo de opinión
Reflexiones por carta sobre la crisis habitacional, las ayudas a la dependencia, las mujeres en la literatura y los gatos en entornos rurales
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Hace unas semanas, mis amigos me dijeron que se independizaban. De un grupo de diez personas, después de años trabajando, solo dos lo han conseguido. Lo cierto es que tuve que fingir una sonrisa y tratar de ignorar la ansiedad en mi pecho. ¿Me alegro por ellos? Pues claro, solo quiero que sean felices. Pero la noticia fue un recordatorio de que yo no puedo independizarme y de que el resto de los allí presentes tampoco; de que la vivienda dejó de ser un derecho y de que vivo en una sociedad intoxicada por la precariedad que me hace egoísta y me hace sentir infeliz cuando las personas que más quiero en el mundo me dan una buena noticia. ¿A dónde va a llevarnos todo esto?
Carla Pérez del Río. Madrid
La espera
Mi madre y muchos mayores más esperan la resolución del grado de dependencia en Madrid. Como muchos, esperan a que empresas privadas gestionen sus demandas sociales. Ya no hacen falta funcionarios que nos digan “vuelva usted mañana” porque ahora lo gestionan empresas con un código ético basado en la excusa, la dilatación y la negación de su responsabilidad. Su labor parece ser tratar, por todos los medios, de no conceder las ayudas que el Estado tiene obligación de conceder. Yo quiero tener un ático para venderlo y poder acceder a todos los recursos que la Comunidad de Madrid me niega. La ley de Dependencia es un derecho y los plazos deben cumplirlos, no mañana, sino cuando corresponde.
Agustín Fernández. Madrid
Cuerpos narrados
La religión, la medicina, la política, la familia y la literatura masculina dijeron cómo debía ser un cuerpo femenino: bello, dócil, fértil, silencioso. El cuerpo de las mujeres fue interpretado antes incluso de que ellas pudieran narrarlo. Por eso muchas escritoras lo convirtieron en territorio literario. Han Kang lo convierte en un acto extremo de rebelión silenciosa. En la obra de Schweblin el cuerpo aparece amenazado, contaminado, invadido. Es resistencia frente al orden racional impuesto. Muchas escritoras entendieron que el cuerpo piensa desde el cansancio, el deseo, la enfermedad, la menopausia, la maternidad, la vejez. Por eso la escritura femenina se detuvo en lo íntimo. Y allí ocurrió una de las revoluciones más silenciosas de la literatura.
Zadie Castro. Montevideo
Fauna doméstica
Paso unos días en un pueblo de la costa occidental de Asturias y cada mañana observo cómo numerosos gatos domésticos recorren libremente prados, huertas y caminos. No están abandonados. Tienen dueño. Sin embargo, pasan el día cazando pájaros y otros animales silvestres. Lo que veo aquí no es una excepción. Multipliquemos esta situación por miles de pueblos y urbanizaciones de toda España y tendremos una idea del impacto a la biodiversidad. ¿Qué hacen las autoridades para afrontarlo? Y, sobre todo, ¿qué responsabilidad asumen los propietarios que permiten que sus mascotas deambulen sin control por el medio natural? Parece haberse normalizado algo que tiene consecuencias ecológicas evidentes.
Daniel de la Nogal Fernández. Madrid
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