El director del documental ‘No Other Land’ participa en un encuentro por la cultura en Madrid y explica cómo ha aumentado la violencia israelí en Cisjordania tras obtener la estatuilla de Hollywood 
Miércoles a primera hora de la mañana en un hotel madrileño. El cineasta palestino Basel Adra, ganador del Oscar por el documental No Other Land, cumplió el lunes 30 años esperando horas de colas en puestos fronterizos y atravesando controles (“Es inhumano, es otra herramienta contra los palestinos”, describe) para poder participar en la Conferencia Ministerial, coorganizada por los ministerios de Cultura de España y Palestina, que se inauguró en el Museo del Prado ayer por la tarde, y en la que más de 30 delegaciones internacionales firmarán una declaración para la reconstrucción de la cultura palestina. Gracias a su estatuilla y al recorrido de su película, Adra es uno de los rostros más visibles de los artistas dentro y fuera de su país, porque además sigue viviendo donde nació, en Al Tuwani, pedanía de Masafer Yata, una inhóspita zona del sur de Cisjordania retratada en su filme. “Me reconocen en todos los puestos israelíes, eso me da miedo”, confirma. Serio —aunque sonreirá cuando se hable de fútbol y de su hija de año y medio— y acompañado de su esposa, Adra se sienta a charlar. Solo realiza una petición: que la mesa elegida sea en la zona más silenciosa porque habla bajo y en tono grave.

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Miércoles a primera hora de la mañana en un hotel madrileño. El cineasta palestino Basel Adra, ganador del Oscar por el documental No Other Land, cumplió el lunes 30 años esperando horas de colas en puestos fronterizos y atravesando controles (“Es inhumano, es otra herramienta contra los palestinos”, describe) para poder participar en la Conferencia Ministerial, coorganizada por los ministerios de Cultura de España y Palestina, que se inauguró en el Museo del Prado ayer por la tarde, y en la que más de 30 delegaciones internacionales firmarán una declaración para la reconstrucción de la cultura palestina. Gracias a su estatuilla y al recorrido de su película, Adra es uno de los rostros más visibles de los artistas dentro y fuera de su país, porque además sigue viviendo donde nació, en Al Tuwani, pedanía de Masafer Yata, una inhóspita zona del sur de Cisjordania retratada en su filme. “Me reconocen en todos los puestos israelíes, eso me da miedo”, confirma. Serio —aunque sonreirá cuando se hable de fútbol y de su hija de año y medio— y acompañado de su esposa, Adra se sienta a charlar. Solo realiza una petición: que la mesa elegida sea en la zona más silenciosa porque habla bajo y en tono grave.













