Conor Niland, vida de un tenista ‘mediocre’: “Los que triunfan sacrifican su infancia, pero los que fracasan también”

“Me han dicho que la primera vez que lancé la pelota por encima de la red fue a los 18 meses”, escribe Conor Niland (Birmingham, 45 años) al comienzo del muy apreciable Contra las cuerdas (Editorial Contra), un libro biográfico sobre su experiencia como tenista profesional. Entre 2000 y 2012, cuando se retiró debido a una lesión, Niland fue cabeza de ratón y cola de león al mismo tiempo. Por un lado era el mejor tenista irlandés de su generación, lo que le llevó a líderar cinco años el equipo de la Copa Davis. Por otro, ser el número 1 de Irlanda en tenis no significa gran cosa. En el ranking que puntua a los tenistas de uno para abajo, Niland, en su mejor momento, solo llegó al 129. Y unicamente los 100 primeros ganan lo suficiente como para vivir con holgura.

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 Este irlandés nunca fue un tenista de élite y eso es lo que hace que su biografía, ‘Contra las cuerdas’, sea tan interesante  

“Me han dicho que la primera vez que lancé la pelota por encima de la red fue a los 18 meses”, escribe Conor Niland (Birmingham, 45 años) al comienzo del muy apreciable Contra las cuerdas (Editorial Contra), un libro biográfico sobre su experiencia como tenista profesional. Entre 2000 y 2012, cuando se retiró debido a una lesión, Niland fue cabeza de ratón y cola de león al mismo tiempo. Por un lado era el mejor tenista irlandés de su generación, lo que le llevó a líderar cinco años el equipo de la Copa Davis. Por otro, ser el número 1 de Irlanda en tenis no significa gran cosa. En el ranking que puntua a los tenistas de uno para abajo, Niland, en su mejor momento, solo llegó al 129. Y unicamente los 100 primeros ganan lo suficiente como para vivir con holgura.

La mayor parte de su carrera no discurrió en el circuito ATP, la primera división del tenis, sino entre segunda y tercera (llamadas Challenge y Futures). Y, aunque lo intentó con todas sus fuerzas, apenas pisó los grand slams. Sin embargo, le bastó jugar la primera ronda de Wimbledon —y perder— para convertirse en una celebridad en Irlanda.

En realidad, el asunto de la dura vida de los tenistas que no entran en el Top 100 ya lo trató David Foster Wallace en un ensayo de 1996 de épico título: La profesionalidad artística del tenista Michael Joyce como paradigma de ciertas cuestiones sobre elección, libertad, limitación, placer, lo grotesco y la plenitud humana. Era un texto magnífico, pero Contra las cuerdas desarrolla el tema en primera persona. Es la narración de una carrera prometedora que nunca cumplió las expectativas: “Creo que no hay contradicción entre decir que nunca alcancé mi pleno potencial y, al mismo tiempo, afirmar que lo intenté con todas mis fuerzas”, apunta. Niland pasó su infancia y adolescencia entre campeonatos locales, internados y escuelas de tenis. “En última instancia, toda carrera tenística profesional empieza con una terrible apuesta: los jugadores que triunfan sacrifican su infancia para lograrlo, pero los que fracasan, también”, escribe.

Fue el mejor jugador junior de Irlanda, y una vez le ganó a Roger Federer. Claro que tenían 12 años, era un partido amistoso y confiesa que no supo quién era aquel “chico afable, de pelo oscuro y camiseta azul marino” hasta cuatro años después, cuando el suizo se alzó con Wimbledon junior. Aquello le dio ánimo: “Caramba. Sí que le va bien. Quizá no estoy tan perdido como creía”, asegura que pensó. Pero su destino era otro: ser lo que una de las estrellas de su generación, Venus Williams, llamó cruelmente “turistas”. “Se refería a los jugadores que iban de ciudad en ciudad y de torneo en torneo, dejándose la piel sin ganar nunca ningún trofeo. Cuando Venus hablaba de turistas, se refería a jugadores como yo”, cuenta Niland.

Su problema, asegura, fue que optó siempre por la vía “más sensata”. Dejó pasar oportunidades por miedo a que salieran mal y, en un deporte con una élite que solo incluye 100 jugadores de todo el mundo, sin riesgos no hay premio. Además, fue un pupas. Casi al final de su carrera consiguió una de sus grandes aspiraciones: jugar contra el número uno, Djokovic, en la pista central de un torneo grande, el Open de EE UU. “¿Cuáles son tus sensaciones?”, le preguntó un periodista justo antes del partido. “No muy buenas, Tom —pensé—. Tengo una intoxicación alimentaria y lo único que espero es no vomitar en directo en televisión delante del mejor jugador del mundo”, cuenta Niland. Efectivamente, el serbio le arrasó.

Pero si hay una pregunta que sobrevuela todo el texto es: ¿mereció la pena? La respuesta aparece en el último capítulo: “¿Les recomendaría a mis hijos que se hicieran tenistas? No estoy muy seguro. Pero al mismo tiempo soy incapaz de resistirme cuando veo a Emma corriendo hacia mí arrastrando su pequeña raqueta naranja y blanca y me dice: ‘Papá, ¿jugamos al tenis?”.

 

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