Veo un documental en el que una mujer se queja amargamente de que al llegar a España a principios de los setenta, emigrada de México, observó que todo el mundo vestía de azul marino. “¡Azul marino, azul marino por todas partes! ¿No hay otro color? ¿Qué le pasa a esta gente que solo visten de azul marino?”. A solas en mi sala de estar temo que, cinco décadas más tarde, esté hablando de mí. En mi armario hay cosas azul marino, grises, negras, si acaso verde oliva, alguna camisa de cuadros. El mundo de las tendencias lo llamó normcore, yo lo entendía como la simple voluntad de caminar silenciosamente por el mundo, de desaparecer, de fundirse con el paisaje, de no llamar la atención por todos los problemas que eso trae. Incluso he encontrado siempre un poco vulgar la voluntad firme y estudiada de resultar llamativo, colorista y escandaloso en la vestimenta, como si fuese una falta propia de quien no tiene demasiado mundo interior o personalidad y debe solucionarlo poniéndose gorros de colores flúor. Ese soy yo desde hace 43 años y lo sigo siendo hoy, lunes 27 de julio, así que no dejo de preguntarme por qué mañana, al salir de trabajar, tengo una cita en mi peluquería habitual para teñirme el pelo de rubio platino.
Veo un documental en el que una mujer se queja amargamente de que al llegar a España a principios de los setenta, emigrada de México, observó que todo el mundo vestía de azul marino. “¡Azul marino, azul marino por todas partes! ¿No hay otro color? ¿Qué le pasa a esta gente que solo visten de azul marino?”. A solas en mi sala de estar temo que, cinco décadas más tarde, esté hablando de mí. En mi armario hay cosas azul marino, grises, negras, si acaso verde oliva, alguna camisa de cuadros. El mundo de las tendencias lo llamó normcore, yo lo entendía como la simple voluntad de caminar silenciosamente por el mundo, de desaparecer, de fundirse con el paisaje, de no llamar la atención por todos los problemas que eso trae. Incluso he encontrado siempre un poco vulgar la voluntad firme y estudiada de resultar llamativo, colorista y escandaloso en la vestimenta, como si fuese una falta propia de quien no tiene demasiado mundo interior o personalidad y debe solucionarlo poniéndose gorros de colores flúor. Ese soy yo desde hace 43 años y lo sigo siendo hoy, lunes 27 de julio, así que no dejo de preguntarme por qué mañana, al salir de trabajar, tengo una cita en mi peluquería habitual para teñirme el pelo de rubio platino. Seguir leyendo
Veo un documental en el que una mujer se queja amargamente de que al llegar a España a principios de los setenta, emigrada de México, observó que todo el mundo vestía de azul marino. “¡Azul marino, azul marino por todas partes! ¿No hay otro color? ¿Qué le pasa a esta gente que solo visten de azul marino?”. A solas en mi sala de estar temo que, cinco décadas más tarde, esté hablando de mí. En mi armario hay cosas azul marino, grises, negras, si acaso verde oliva, alguna camisa de cuadros. El mundo de las tendencias lo llamó normcore, yo lo entendía como la simple voluntad de caminar silenciosamente por el mundo, de desaparecer, de fundirse con el paisaje, de no llamar la atención por todos los problemas que eso trae. Incluso he encontrado siempre un poco vulgar la voluntad firme y estudiada de resultar llamativo, colorista y escandaloso en la vestimenta, como si fuese una falta propia de quien no tiene demasiado mundo interior o personalidad y debe solucionarlo poniéndose gorros de colores flúor. Ese soy yo desde hace 43 años y lo sigo siendo hoy, lunes 27 de julio, así que no dejo de preguntarme por qué mañana, al salir de trabajar, tengo una cita en mi peluquería habitual para teñirme el pelo de rubio platino.
EL PAÍS











