La artista sevillana, viuda de Pansequito, acumula reconocimientos y muestra su autoridad con un nuevo trabajo discográfico, el primero en 25 años
Aurora Vargas se sienta en el porche y deja que su mirada recorra el jardín. La luz de la mañana se escurre entre las ramas de los limoneros hasta golpear el fondo de la piscina. “Dejé de usarla cuando él se fue”, cuenta la cantaora sevillana en referencia a su marido Pansequito, un reconocido flamenco que falleció en 2023 de manera repentina como consecuencia de un tumor cerebral. “Ya solo salgo a barrer las hojitas, no tengo ganas de más”, lamenta la artista gitana, que acumula reconocimientos y muestra su autoridad con un nuevo trabajo discográfico, el primero en 25 años. Tras dos álbumes de estudio, se ofrece en directo, improvisando y con toda su crudeza. Eleva el cante que asimiló en la fragua de su abuelo Manuel y estalla como pocos por bulerías.
Registrar un recital de Vargas supone todo un reto técnico. La artista prescinde por momentos del micrófono, se entrega a pulmón y ofrece pinceladas de baile que enloquecen al público. “Dios me ha dado temperamento, pero me sigue asustando el escenario”, confiesa sin rubor. “En los últimos momentos del camerino lo paso fatal. Benditos nervios, el día que no los tenga creo que mi trabajo no tendrá sentido. Luego voy disfrutando poquito a poco conforme termino un cante y luego otro”, concede a sus 70 años la artista, quien dice “entrar en trance” durante sus actuaciones. La tormenta que se va formando en su pecho solo necesita una señal de Diego del Morao para terminar de desencadenarse. Hijo y nieto de tocaores, admirado por la afición más joven, la acompaña en cuatro de los cinco cantes grabados en el Círculo Flamenco de Madrid.

El fotógrafo Emilio Morenatti, ganador de dos Premios Pulitzer, capturó a Vargas en uno de esos momentos de gran intensidad estética tan frecuentes en sus actuaciones. La instantánea protagoniza el cartel de la Bienal de Flamenco de Sevilla, quizá el acontecimiento más relevante del sector, que celebra una nueva edición entre el próximo9 de septiembre y el 3 de octubre. “No pensé que yo pudiera ser tan importante. Nunca me quedo a gusto cuando canto, creo que puedo hacerlo mejor”, asegura ella con una humildad que emociona, la misma que reivindicaban los cantaores antiguos. Vargas está programada el 25 de septiembre en el Teatro Lope de Vega de la capital andaluza tras los homenajes en Málaga, Córdoba o Almería. Antes, a los pies del Generalife de Granada, canta hasta el 15 de agosto a la bailaora Manuela Carrasco, que invoca al más flamenco de los poetas: Federico García Lorca.
La cantaora subió por primera vez a un escenario con solo 15 años y embarazada de su hija mayor, cuando recorría la geografía andaluza de feria en feria para “buscar la vida”. Su padre trabajaba como encargado de un bar del barrio sevillano del Arenal frecuentado por artistas y toreros, donde no era extraño escuchar a los más grandes templar la voz. En la gravedad de las seguiriyas que su madre solía entonar en la cocina podían intuirse los metales de la fragua familiar. “Lo hacía muy bien sin ser profesional”, rememora Vargas. “Me daba mucha vergüenza cantar delante de ella. Era mi mayor crítica, nunca en plan despectivo, solo daba su opinión con la verdad por delante”, recuerda la artista, que cuenta con cuatro nietos y ocho bisnietos. Ninguno le ha salido músico. “Siempre he querido que estudien. Esto es duro, se pasan muchas fatigas”.

Vargas no ha dejado de trabajar. Aquella colegiala que se arremangaba la falda para la foto de la primera comunión en un temprano arranque flamenco tuvo poco tiempo de juegos. Tras las ferias llegaron los tablaos en Madrid, los festivales de verano, las fiestas de señoritos en Marbella y las giras en el extranjero que se alargaban durante meses. “El charquito lo he cruzado cuatro veces y a Japón he viajado tres. Te sientes orgullosa de llevar pan a tu casa, pero también se echa mucho de menos a los niños, que se quedaban con la familia. No ha sido fácil compaginar la vida artística con ser madre. Luego uno va escogiendo más los trabajos que hace. Yo soy gitana de mi casa y vivo para los míos”, detalla. Vargas reside en un chalé situado en la conurbación de Sevilla. Bajo su ventana crecen los frutales y se alzan las palmeras.
En el interior, cuelgan del vestidor los trajes que ella misma diseña y confecciona para sus bolos con ayuda de un modisto. Prima el blanco, pero los hay rojos y también negros. Un retrato de Pansequito preside el salón mientras las fotografías antiguas se dispersan sobre la mesa del comedor. “A mí me ha tocado la china, la enfermedad se lo llevó en 39 días. Fue muy cruel, tan lleno de vida como estaba”, lamenta en relación con su marido, un gigante del cante, autor de sus propias letras y amigo de Camarón. “Cuando murió, se me quitaron hasta las ganas de cantar. Era la alegría de esta casa, se hacía notar desde que se levantaba. No daba un paso sin mí ni yo sin él. Tuve que pedirle a mi hijo que dejara de aparcar el coche en la puerta de casa, donde solía hacerlo su padre. Tenía la sensación de que era él quien iba a bajar, con su pelo blanco, siempre tan elegante”, prosigue.

El matrimonio seleccionaba muy bien sus apariciones. Juntos hicieron radio, salieron en televisión y, cuando actuaban, terminaban armando el taco. “De Panseco siempre se podía aprender, pero yo he sido muy rebelde. Él me animaba a que cantara a mi manera y eso es lo que yo he intentado toda la vida”, rememora Vargas. Su participación en Flamenco (1995), donde el cineasta Carlos Saura pone el foco en distintos estilos y generaciones del arte jondo, terminó de darla a conocer fuera de los cuartos de cabales. La Paquera, Enrique Morente, Chocolate, Fernanda y Bernarda de Utrera o Farruco fijan a lo largo de la película el canon contemporáneo del género. “Tenían una personalidad que no se podía aguantar. El flamenco es minoritario, pero dentro de eso, hay quien sabe llegar a las mayorías”, opina Vargas, quien se queja de que muchos artistas jóvenes estén hoy cortados por un mismo patrón.
Tras aquella experiencia, entró al estudio en dos ocasiones para grabar Acero frío (1997) y Orso Romí (2001), dos álbumes con arreglos pop que la emparentaron con el nuevo flamenco. “Los escucho ahora y pienso que estaba muy prendía”, describe entre risas. “Lo veo bien porque me acercó a la gente joven, pero a lo mejor no es para mí. Me siento más cómoda con los cantes tradicionales, los de mi abuelo y mi madre. Me parecen tan difíciles que los que intentamos cantarlos podemos hacer cualquier otra música”, plantea la artista, para quien el futuro de lo jondo se presenta incierto. “Los antiguos nos lo han dejado muy difícil, todavía tiene que nacer el que sea capaz de superarlos. Panseco ya no está, que para mí era el más original”, sostiene con pesar. Quedan la rotundidad de su obra y este jardín en el que la tarde se desmorona ya con un juego de luces caprichosas.
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Aurora Vargas se sienta en el porche y deja que su mirada recorra el jardín. La luz de la mañana se escurre entre las ramas de los limoneros hasta golpear el fondo de la piscina. “Dejé de usarla cuando él se fue”, cuenta la cantaora sevillana en referencia a su marido Pansequito, un reconocido flamenco que falleció en 2023 de manera repentina como consecuencia de un tumor cerebral. “Ya solo salgo a barrer las hojitas, no tengo ganas de más”, lamenta la artista gitana, que acumula reconocimientos y muestra su autoridad con un nuevo trabajo discográfico, el primero en 25 años. Tras dos álbumes de estudio, se ofrece en directo, improvisando y con toda su crudeza. Eleva el cante que asimiló en la fragua de su abuelo Manuel y estalla como pocos por bulerías.












