El conjunto checo, que acaba de recibir su sexto premio Gramophone, se muestra más a gusto en ‘La muerte y la doncella’ que en el último cuarteto de Beethoven dentro del ciclo ‘Beethoven y Schubert: sombras cruzadas’
A comienzos de 1826, el Cuarteto Schuppanzigh, que por entonces estrenaba los últimos cuartetos de Ludwig van Beethoven, abordó en privado el Cuarteto en re menor de Franz Schubert, hoy conocido como La muerte y la doncella. Los músicos comenzaron a tocar, pero, tras varios errores, se detuvieron a mitad del primer movimiento. Ignaz Schuppanzigh, el primer violín, sentenció que la obra resultaba intocable y que aquello no era música para cuarteto. Así lo recordó en sus memorias de 1881 el compositor Franz Lachner, testigo de la escena. El cuarteto no volvería a sonar en público ni se publicaría hasta después de la muerte de Schubert.
Dos siglos y unos meses después, el Cuarteto Pavel Haas ha convertido esa misma obra en el clímax de un programa que incluía también el último cuarteto de Beethoven. Ocurrió el miércoles en la Fundación Juan March, dentro del cuarto concierto del ciclo Beethoven y Schubert: sombras cruzadas, que confronta a ambos compositores a lo largo de cinco veladas dedicadas al lied, el trío con piano, el piano solo y el cuarteto de cuerda.
Otra anécdota atribuida a Lachner cuenta que, por esas mismas fechas, visitó a Schubert, quien le invitó a un café. Sacó de un armario un viejo molinillo, su posesión más preciada, y, mientras molía los granos, gritó: “¡Ya lo tengo, ya lo tengo, cacharro oxidado!”. Arrojó el molinillo a un rincón y anotó unos temas que, según el relato, correspondían a este cuarteto: “¿Lo oyes? Es este ra-ra-ra”. La historia, sin embargo, tiene un problema insalvable: el cuarteto estaba terminado desde marzo de 1824.

Ese Schubert del molinillo, ingenuo e intuitivo, es el que desmonta el musicólogo Juan José Carreras en sus excelentes notas al programa de un ciclo que, a falta de pruebas concluyentes de que Beethoven y Schubert llegaran a conocerse, plantea un diálogo entre sus trayectorias paralelas en la Viena de la década de 1820, “como los raíles de un tren”. Su ensayo introductorio, A su lado, no a la sombra, recuerda que la schubertmanía desatada en el centenario de su muerte, en 1928, convirtió en “enano de jardín” al más intelectual de los músicos activos en Viena.
Ese Schubert del molinillo, ingenuo e intuitivo, es el que desmonta el musicólogo Juan José Carreras en sus excelentes notas al programa del ciclo. Su ensayo introductorio, A su lado, no a la sombra, imagina un encuentro entre Beethoven y Schubert, dos trayectorias paralelas en la Viena de la década de 1820, “como los raíles de un tren”, pues no hay pruebas concluyentes de que ambos llegaran a conocerse. Carreras recuerda también que la schubertmanía desatada en el centenario de su muerte, en 1928, convirtió en “enano de jardín” al más intelectual de los músicos activos en Viena. Schubert habló en 1824 de abrirse “el camino a la gran sinfonía” con cuartetos como La muerte y la doncella, y ese camino, como sugiere Carreras a partir de Hans-Joachim Hinrichsen, pasaba también por el público y los intérpretes profesionales de los primeros conciertos comerciales de cámara. Justamente lo que Schuppanzigh le negó.
El Cuarteto Pavel Haas es hoy uno de los principales especialistas en esta obra de Schubert. La grabó en 2012 para Supraphon y obtuvo en 2014 el premio de la revista Gramophone a la mejor grabación de música de cámara. Acaba de repetir galardón con su último disco, dedicado a Bohuslav Martinů. Y hace cuatro años la revista BBC Music Magazine lo incluyó entre los diez mejores cuartetos de cuerda de todos los tiempos.

El conjunto nació en 2002 de la mano de la violinista Veronika Jarůšková y el violista Pavel Nikl, aunque su verdadero núcleo es el matrimonio formado por Jarůšková y el violonchelista Peter Jarůšek, alma sonora del cuarteto. Ambos se conocieron a los once años en un programa de televisión checo dedicado a jóvenes talentos; volvieron a encontrarse a los dieciséis, en el conservatorio, y desde entonces, hace ya treinta y tres años, no se han separado.
Son también los dos pilares de una formación que ha sobrevivido a cuatro cambios de segundo violín y cinco de viola. En su última actuación en la March, en 2017, el conjunto compareció con otro violista y dejó la impresión de atravesar una etapa de incertidumbre. Hoy ha conseguido remontarla gracias al excelente segundo violín de Marek Zwiebel y, especialmente, al violista eslovaco Šimon Truszka, incorporado en 2023 tras un año de audiciones.
El concierto se abrió con el Quartettsatz en do menor, D 703, el movimiento aislado de 1820 con el que Schubert dejó atrás los cuartetos domésticos de su juventud. Fue una buena primera toma de contacto. Jarůšková mostró seguridad desde el trémolo inicial y una notable cantabilidad en el segundo tema, en la bemol mayor, mientras Jarůšek establecía, antes del desarrollo, un contraste tímbrico extremo con el primer violín y confirmaba que sigue siendo el cimiento musical del grupo. Zwiebel y Truszka aportaron cohesión en los sucesivos escenarios expresivos de una obra tan enigmática como espectacular. Quedaron de manifiesto la densidad sonora del cuarteto y su excelente control de las dinámicas, aunque lo mejor estaba por llegar.
No llegó todavía con el Cuarteto en fa mayor, op. 135, la última gran obra que Beethoven completó, en octubre de 1826, y que hoy se contempla como el posible comienzo de una nueva colección. El Pavel Haas lo interpretó muy bien, con un empaste admirable y contrastes brillantes, pero al allegretto inicial le faltaron la naturalidad de una conversación transparente y el humor haydniano de sus acciaccaturas.
En el vivace funcionaron las síncopas obsesivas, aunque Jarůšková domesticó el salvajismo del trío y faltó vértigo para alcanzar la danza grotesca. El lento assai, ese “dulce canto de paz” que Beethoven anotó en sus bocetos y que constituye el centro expresivo de la obra, sonó perfectamente empastado, pero no llegó a elevarse. La limitación resultó especialmente evidente en la sombría sección en do sostenido menor, que quedó entrecortada, sin verdadera vida interior.
Lo mejor llegó en el movimiento final, articulado en torno a la pregunta “¿Debe ser así?” y la respuesta “¡Así debe ser!”, donde empezó a aflorar el humor que exige esta música. El cuarteto mostró una clara voluntad de perfilar sonoramente cada una de las secciones, con un manejo admirable de los contrastes. Los gestos musicales adquirieron especial relieve en la coda, aunque la formación prescindió de repetir la segunda parte, que Beethoven deja a piacere.

Todo cambió tras el descanso. La divisa inicial de La muerte y la doncella, ese unísono fortissimo de inconfundible acento beethoveniano, resultó imponente. El cuarteto recuperó la misma ferocidad en el ataque, casi sin vibrato, que ya exhibía en su grabación de 2012 y que los años no han atenuado. Aquí sí hubo tensión, contrastes y cantabilidad, en una lectura muy natural que prescindió de la repetición de la exposición del primer movimiento. Las variaciones del andante con moto sobre su lied con texto de Matthias Claudius, en el que la muerte se presenta como redención, adquirieron carácter narrativo. La segunda, con el tema en el violonchelo, fue uno de los mejores momentos de la noche: Jarůšek le imprimió una cantabilidad admirable, enriquecida por sutiles sombreados dinámicos. En la cuarta, en sol mayor, Truszka tuvo su momento de lucimiento con el tema en la viola, mientras que la coda con sordina encontró un verdadero remanso de quietud.
El scherzo discurrió al filo, con tensión sostenida, contrastes y ataques de poderosa intensidad, más amenazante que danzable. En el trío, el violín de Jarůšková cantó con elegancia. Pero la tarantela final fue lo mejor del concierto: una claridad polifónica impresionante a velocidad extrema, sin pérdida de la intensidad acumulada, y una aceleración imponente en el prestissimo que desembocó en los dos acordes finales y la algarabía del público. No hubo propinas, y fue lo más sensato: después de semejante abismo, no cabía nada más.
FUNDACIÓN JUAN MARCH. CICLO DE MIÉRCOLES: BEETHOVEN Y SCHUBERT: SOMBRAS CRUZADAS (IV)
Obras de Schubert y Beethoven.
Cuarteto Pavel Haas: Veronika Jarůšková y Marek Zwiebel, violines; Šimon Truszka, viola; Peter Jarůšek, violonchelo.
Fundación Juan March, Madrid, 4 de noviembre. Emitido en directo por Radio Clásica.
Feed MRSS-S Noticias
A comienzos de 1826, el Cuarteto Schuppanzigh, que por entonces estrenaba los últimos cuartetos de Ludwig van Beethoven, abordó en privado el Cuarteto en re menor de Franz Schubert, hoy conocido como La muerte y la doncella. Los músicos comenzaron a tocar, pero, tras varios errores, se detuvieron a mitad del primer movimiento. Ignaz Schuppanzigh, el primer violín, sentenció que la obra resultaba intocable y que aquello no era música para cuarteto. Así lo recordó en sus memorias de 1881 el compositor Franz Lachner, testigo de la escena. El cuarteto no volvería a sonar en público ni se publicaría hasta después de la muerte de Schubert.
FUNDACIÓN JUAN MARCH. CICLO DE MIÉRCOLES: BEETHOVEN Y SCHUBERT: SOMBRAS CRUZADAS (IV)
Obras de Schubert y Beethoven.
Cuarteto Pavel Haas: Veronika Jarůšková y Marek Zwiebel, violines; Šimon Truszka, viola; Peter Jarůšek, violonchelo.
Fundación Juan March, Madrid, 4 de noviembre. Emitido en directo por Radio Clásica.











