Con su nueva Constellation Orchestra, el director británico de 83 años cerró en Zaragoza su gira española con un brillante Arriaga y un refinado Mozart, pero sin la chispa teatral que reclama Haydn
A veces, un documento obliga a escuchar con otros oídos una obra que parecía definitivamente explicada. La Sinfonía núm. 49 en fa menor, de Haydn, escrita en 1768 y asociada durante más de dos siglos al nombre apócrifo de La passione, ha sido leída como una de las cimas severas y dramáticas de su producción vinculada al Sturm und Drang. Pero esa gravedad, casi litúrgica, empezó a resquebrajarse en 1990, cuando un estudio musicológico relacionó la composición con una inesperada fuente teatral: una copia de la partitura conservada en el archivo de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena aparecía titulada Il quacquero di bel’humore (El cuáquero de buen humor).
El título remitía a La jeune indienne (La joven india), la pieza en un acto y en verso que Nicolas Chamfort estrenó en 1764 y que gozó de gran popularidad en la Viena de aquellos años. Ambientada en la Charleston colonial, es una comedia sentimental de inequívoca sensibilidad ilustrada, que idealiza la pureza moral de los pueblos llamados “salvajes” frente a la hipocresía europea. Su héroe, el joven inglés Belton, debe la vida a Betti, una muchacha india que lo rescató en América, y el desenlace consagra el matrimonio interétnico de ambos. Quien hace posible esa unión es el cuáquero Mowbrai, un personaje a la vez solemne y bonachón: el “cuáquero de buen humor” del título, afable y de una virtud sin aristas.
La asociación no resulta inocente en el caso de John Eliot Gardiner. Tras el violento episodio que protagonizó frente a un cantante en 2023, que lo obligó a retirarse de los escenarios y a romper con los tres conjuntos historicistas que había creado —el Coro Monteverdi, los English Baroque Soloists y la Orchestre Révolutionnaire et Romantique—, el veterano director británico de 83 años parece reconvertido en una suerte de cuáquero musical: cordial, equilibrado y dueño de una filosofía práctica de vida. “Soy otra persona”, confesó a EL PAÍS en junio del año pasado, con motivo de su presentación en España con su nuevo conjunto, The Constellation Choir & Orchestra, tras reconocer que se había sometido a terapia cognitiva con expertos en salud mental.
En noviembre visitó Valencia para dirigir sinfonías de Dvořák y Sibelius al frente de la excelente Orquestra de la Comunitat Valenciana, el primer conjunto sinfónico español con el que ha colaborado. Ahora ha regresado exclusivamente con The Constellation Orchestra, su nueva formación, para una pequeña gira española que clausuró los ciclos de Ibermúsica, en Madrid, y BCN Clàssics, en Barcelona, los días 27 y 28, y culminó ayer en el Auditorio de Zaragoza. En los atriles, otro programa poco frecuente en sus conciertos de antaño: sendas incursiones en el clasicismo vienés de Haydn y Mozart, precedidas por el umbral hispano de Arriaga.

La conmemoración del bicentenario de la muerte del malogrado compositor bilbaíno Juan Crisóstomo de Arriaga, fallecido el 17 de enero de 1826, exactamente diez días antes de cumplir veinte años, ha animado a Gardiner a abordar su única sinfonía como primera parte del concierto. Se trata de una composición escrita hacia 1825, mientras estudiaba en el Conservatorio de París, una institución nacida en plena efervescencia de la Revolución Francesa e impulsada por compositores como Gossec, Méhul y Cherubini. Arriaga hace pasar la obvia influencia clasicista de Haydn y Mozart por el tamiz posrevolucionario y prerromántico francés.
El director británico, que fundó en 1989 la Orchestre Révolutionnaire et Romantique y siempre ha visto en ese humus francés la matriz de la sinfonía beethoveniana, comprende idealmente las señas estéticas del genial Arriaga. Lo demostró en la introducción lenta de la obra, con una inusitada fluidez dinámica y tonal salpicada de generosos solos de la madera, donde escuchamos a algunos de los habituales colaboradores de Gardiner en sus conjuntos pasados, como la flautista Rachel Beckett, la clarinetista Nicola Boud y el oboísta Michael Niesemann. En el arranque del allegro vivace se hizo perfectamente reconocible el empaste de la cuerda, casi íntegramente formada por mujeres, aunque en Zaragoza no tocó como concertino la violinista Kati Debretzeni, sino la veterana líder de Les Musiciens du Louvre y de Le Concert Spirituel, Alice Piérot.
La fluidez volvió a presidir el andante, aunque al menuetto le faltó chispa y retórica, pese a los bellos adornos que añadió Beckett con su flauta al trío. No obstante, Gardiner convirtió el allegro con moto final en uno de los mejores momentos de la noche, elevando su palpitante energía y sofisticación con los 36 músicos con instrumentos de época de su nueva orquesta, aunque prácticamente la mitad sean caras reconocibles de sus anteriores formaciones.
Tras el descanso, la referida Nicola Boud, clarinete solista de la nueva orquesta de Gardiner, abrió la segunda parte con el Concierto para clarinete de Mozart. Antes de tocarlo, la intérprete australiana explicó al público —con traducción al español del trompista Joseph Walters— la reconstrucción del clarinete basset de Anton Stadler, para el que Mozart concibió la obra. Se trata de una variante del instrumento convencional con el registro grave ampliado. No se conserva ningún ejemplar, pero su peculiar fisonomía, semejante a una gran pipa, ha podido reconstruirse a partir de un grabado incluido en un programa de concierto de Stadler de 1794.

Boud aportó un sonido aterciopelado, natural y exquisito, con adornos puntuales y fermatas de buen gusto, aunque alguna nota se le resistió en los pasajes más rápidos. En todo caso, elevó la vocalidad del instrumento en el bellísimo adagio y se benefició, en el rondó final, del acompañamiento refinadísimo de Gardiner y su orquesta, lleno de esas inflexiones retóricas que H. C. Robbins Landon definió citando a Shakespeare en Cuento de invierno: “Baila mi corazón, pero no de alegría”.
El concierto se cerró con la obra más interesante del programa, la referida Sinfonía núm. 49 en fa menor, de Haydn, bautizada como La passione y también como Il quakuo (quacquero) di bel’humore. Gardiner no ha frecuentado mucho las sinfonías del compositor de Rohrau, a diferencia de sus misas y oratorios. Se esperaba encontrar esos extremos dinámicos junto a ese empuje tan característico suyo, especialmente en una obra que hoy sabemos que tuvo un sustento teatral.
Pero el británico optó por una extraña y aburrida austeridad, casi de cuáquero afable y equilibrado. En el adagio inicial no prendieron los contrastes climáticos entre el pianísimo y el fortísimo, pese a que mantuvo todas las repeticiones. El allegro di molto careció del empuje y la tensión de un terremoto musical, y las sorpresas con que Haydn salpica la partitura —esas irregularidades puntuales que deberían sonar incisivas y teatralmente desconcertantes— quedaron desactivadas. El minueto fue lo peor de la velada, con suspiros rumiados y un trío —la única concesión al modo mayor en toda la obra— reducido a pura parsimonia.
Lo mejor de la sinfonía llegó en el presto final, aunque no tanto en la interpretación propiamente dicha como en su repetición a modo de propina. Fue entonces cuando afloraron, por fin, el impulso, la tensión y la electricidad de esta música. Y fue entonces también cuando Gardiner dejó asomar el “buen humor” que da nombre a la partitura y que había escamoteado durante toda la velada: solo en la propina aquel cuáquero solemne y parsimonioso se permitió el ingenio, la chispa y la travesura teatral que Haydn reclama.
Obras de Juan Crisóstomo de Arriaga, Wolfgang Amadeus Mozart & Franz Joseph Haydn.
Nicola Boud, clarinete basset. The Constellation Orchestra. John Eliot Gardiner, director.
Auditorio de Zaragoza. Sala Mozart. 29 de mayo.
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A veces, un documento obliga a escuchar con otros oídos una obra que parecía definitivamente explicada. La Sinfonía núm. 49 en fa menor, de Haydn, escrita en 1768 y asociada durante más de dos siglos al nombre apócrifo de La passione, ha sido leída como una de las cimas severas y dramáticas de su producción vinculada al Sturm und Drang. Pero esa gravedad, casi litúrgica, empezó a resquebrajarse en 1990, cuando un estudio musicológico relacionó la composición con una inesperada fuente teatral: una copia de la partitura conservada en el archivo de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena aparecía titulada Il quacquero di bel’humore (El cuáquero de buen humor).
XXXI Temporada de Grandes Conciertos
Obras de Juan Crisóstomo de Arriaga, Wolfgang Amadeus Mozart & Franz Joseph Haydn.
Nicola Boud, clarinete basset. The Constellation Orchestra. John Eliot Gardiner, director.
Auditorio de Zaragoza. Sala Mozart. 29 de mayo.











