A la vista de lo difícil que se está poniendo escribir sobre Viladrau dada la enorme competencia, y no digamos ya aspirar a la corresponsalía cultural en la localidad, me he estrujado el cerebro para hacer algo original. Con el apartado memorialístico-elegíaco-paisajístico-nacional copado por el reciente Montseny [una biografía], del ubicuo Jordi Cabré (Símbol editors, 2026), arraigado en La Ponderosa (Can Trias); Marià Manent y L’Herbolari monopolizados por Jordi Amat, y el sector noucentista y la Font de l’Oreneta en manos del propio Amat y de Artur Ramon, que extiende sus tentáculos culturales desde su ilustrado studiolo a tiro de piedra del Pla de l’Os (espero que las raves lo desconcentren), poco me queda sino echarle imaginación.
Releer la gran novela de Fenimore Cooper en el año de su bicentenario, cuando acaba el estío y tratando de imitar a Uncas y a Larga Carabina llena el alma de una épica melancolía
A la vista de lo difícil que se está poniendo escribir sobre Viladrau dada la enorme competencia, y no digamos ya aspirar a la corresponsalía cultural en la localidad, me he estrujado el cerebro para hacer algo original. Con el apartado memorialístico-elegíaco-paisajístico-nacional copado por el reciente Montseny [una biografía], del ubicuo Jordi Cabré (Símbol editors, 2026), arraigado en La Ponderosa (Can Trias); Marià Manent y L’Herbolari monopolizados por Jordi Amat, y el sector noucentista y la Font de l’Oreneta en manos del propio Amat y de Artur Ramon, que extiende sus tentáculos culturales desde su ilustrado studiolo a tiro de piedra del Pla de l’Os (espero que las raves lo desconcentren), poco me queda sino echarle imaginación.
Es verdad que si bien en la literatura y la historia de Viladrau no voy a rascar bola ni a firmar en las Monografies del Montseny, la naturaleza despliega ante mi mirada numerosas posibilidades de acción y de experiencias inéditas. De momento poca afición les veo a mis competidores, la intelectualidad de la fuente y la castaña, de extasiarse con salamandras y oropéndolas, seguir rastros de tejón o coleccionar nidos abandonados y exuvias de serpiente, metáforas ambos de nuestros como diría Saint -John Perse (por ponerme estupendo, es decir a la altura), caminos innumerables y moradas inciertas. Si se suma a las ciencias naturales el género de aventura mi terreno aparece claramente delimitado. No me veo a Cabré, Amat ni a Artur Ramon escribiendo en Viladrau sobre Los cañones de Navarone (vamos ni en Viladrau ni en ningún sitio). Ciertamente yo tampoco sabría —inicialmente— qué escribir desde aquí sobre Los cañones de Navarone (aunque ya he explicado alguna vez la conexión entre Lawrence de Arabia y Viladrau a través de los camellos descartados de la película que fueron a parar a la antigua granja de visones).

En fin, por ir al grano: que me ha parecido de lo más oportuno celebrar en los predios de Viladrau el bicentenario de la publicación de El último mohicano (1826), la gran novela de James Fenimore Cooper (1789-1851) y una de las cumbres de la literatura de aventuras, que se cumple este año. Se me ocurrió la idea mientras observaba una huella de corzo en un prado cerca de l’Arimany, recordando que el apodo de Uncas, el joven indio protagonista de la historia era Le Cerf agile. ¿Por qué no releer y revivir la novela deambulando vehementemente por los bosques como si estuviera en la frontera de las colonias francesa y británica en Norteamerica durante la guerra que sacudió la región a mediados del XVIII y tuvo uno de sus epicentros en la así llamada masacre del fuerte William Henry (1757, exactamente dos siglos antes de que yo naciera)?
Se daban otras varias felices coincidencias: al ser final de verano y regresar de Formentera yo aún llevaba el pelo muy largo (mi modestia me impide destacar el parecido con el explorador ahijado por los indios Ojo de Halcón alias Larga Carabina de Daniel Day-Lewis en la adaptación de 1992 de Michael Mann), el tiempo era muy parecido al del relato, que transcurre en verano, y sobre todo el amigo Eduardo Riestra de Ediciones del Viento acababa de lanzar una estupenda nueva traducción, muy clara y vital, de la novela a cargo de Miguel Temprano García (esta edición del bicentenario cuenta con un precioso mapa facsímil desplegable que muestra la ubicación del fuerte, junto al lago George, que me iba a ser muy útil, incluyendo “the routs the indians took to fall upon the flanks during the engagement”, y “the columns of regular french troopes, and canadians who attack his camps”. Sopesé unir a mi relectura y reenactment a otros dos ilustrados vecinos de Viladrau y amigos, el cocinero y ex astro televisivo Isma Prados (siempre es importante contar con un cocinero en las expediciones y además Isma sabe lanzar el tomahawk) y, obviamente, la editora francocanadiense (del bando del marqués de Montcalm, pues) Anik Lapointe, que haría una buena Alice (la hija rubia de ojos azules del coronel Munro). Y quizá Evelio P. podría encarnar al estrafalario salmista loco David Gamut, eliminado con buen tino de la película. Pero algunas hazañas piden que las vivas solo.

Así que el pasado fin de semana me puse la chaqueta de ante de flecos, monté en la bici eléctrica (el Montseny es muy grande y el estrecho caudal de la riera no permite el uso de canoa) y partí con El último mohicano bajo el brazo, sendas plumas de chotacabras (ave con un papel en la novela) y gavilán en la coronilla y la aventura en las venas.
Llevé también conmigo el guion de la peli de Mann, una de mis más preciadas posesiones, regalo de BB, aunque en realidad la adaptación, por lo demás maravillosa, se pasó por el forro la novela de Cooper para centrar la historia en los amores, inexistentes en el relato de Cooper, de Hawkeye, el explorador Ojo de Halcón (Day-Lewis), y Cora (Madeleine Stowe), la otra hija de Munro, muy morena, espuria (su madre, primera esposa de Munro descendía de esclavos negros) y más espabilada. En la novela, Uncas, “pantera de su tribu”, y Cora son los enamorados (y los que mueren, ella acuchillada en el vientre por un secuaz de Magua), Alice es el sujeto amoroso del oficial inglés Heyward (y ninguno de los dos muere, como tampoco lo hace Munro al que no se le come el corazón el hurón Magua, episodio que la película toma sin duda del mito de que el caudillo sioux Lluvia en la cara le arrancó el suyo al hermano de Custer, Tom, en la batalla de Little Bighorn). A Ojo de Halcón a pesar de su alias de Larga Carabina —o precisamente por eso— no se le conocen relaciones en la novela, a no ser que le imaginemos una con Chingachgook, el padre de Uncas, el verdadero último de los mohicanos tras la muerte de su hijo, y que debía sentirse bastante solo, aparte de que apodarte Le gros serpent tampoco es para fomentar los contactos.

Tras una lectura de los capítulos iniciales en el jardín de casa, cotejando ediciones (además de la de Riestra poseo la en inglés anotada de Oxford University Press y la de El barco de papel-Mestas ediciones de 2001, traducción de Susana Gil-Albarellos, que tiene el extra de un apéndice de D. H. Lawrence sobre las novelas de Cooper y en la que me emocionó encontrar varias viejas plumas prensadas en el capítulo XVIII, que son las que me puse), mi primera parada fue la cascada que forma el río más abajo del Pont de Fàbregues. Leí allí la escena de las cataratas Glens del capítulo V —que tiene lugar antes de la masacre tras la rendición de Fort William Henry y no después como en la peli— y henchido de emoción tomé el guion y recité en voz alta las románticas frases de Day-Lewis a Cora (eso no sale en la novela) antes de que lleguen los feroces hurones y de que él salte cascada abajo (que tampoco): “Tú eres fuerte, ¡sobrevive! Pase lo que pase, mantente con vida; iré a buscarte. Por mucho que me cueste, por muy lejos que estés, te encontraré…“. Arrastrado por el papel —mi identificación con el personaje (“llamaba la atención la peculiaridad de su atuendo y la singular mezcla de sagacidad y de exquisita sencillez de sus rasgos musculosos”) era cada vez mayor— estuve a punto de arrojarme también yo al agua.
Luego fui a un prado del bosque cerca del Molí Vell en Rosquelles para revivir el pandemonio de la masacre, desdoblándome para hacer ora de la columna británica, ora de los indios atacantes. Cooper, que describe imágenes casi gores del ataque de los hurones o wyandots, se muestra muy crítico con monsieur Montcalm, el comandante francés, por mostrar “cruel apatía” y no sujetar a sus guerreros nativos (“un hurón pagará por esto antes de que los vientos del otoño se hayan llevado el olor de la sangre”, dice Ojo de Halcón aferrado a su famoso y certero fusil Mataciervos).

El momento supremo de la lectura de El último mohicano, el cénit del homenaje, lo celebré en unas peñas que suelo visitar camino de Can Batllic y que atalayan el valle de entrada a Viladrau, aunque podría ser Ticonderoga. Trepé por los riscos hasta llegar a lo alto a buen ritmo y tarareando Promentory, de la banda sonora de la peli, mientras balanceaba en la mano el libro como si cargara un centelleante tomahawk y fuera abatiendo hurones por el camino. Arriba di lectura a la terrible escena de la muerte de Uncas, de Cora y de Magua, Le renard subtil. Y enjugándome los ojos junté el emocionante y triste pasaje de las exequias fúnebres del bravo mohicano —“orgullo de los wapanachki [pueblo del amanecer, en algonquino], ¿por qué nos has dejado?”— que dan fin a la novela con el plano postrero de la película en el que los protagonistas supervivientes miran desde una montaña el ancho horizonte recordando a los que se han ido. Contemplé sobrecogido la interminable extensión de los bosques hacia el oeste mientras una bruma de luz solar iluminaba nubes plateadas y plomizas y Chingachgook hablaba al cielo: “Gran Espíritu, hacedor de toda vida, un guerrero va hacia ti rápido y recto como una flecha lanzada al sol, dale la bienvenida”. Y nosotros, ¿adónde iremos? Y me contestó Ojo de Halcón: “El invierno con los delawares, los primos de mi padre, que se han desplazado al oeste a un lugar llamado Ohio. Y en primavera, cruzaremos el Wabash y buscaremos tierra para instalarnos”. Asentí y cerré los ojos, dejando el libro como una ofrenda sobre las rocas. A lo lejos soltó su ladra un corzo, un gemido bronco que inundó el paisaje en oleadas hasta que se hizo de nuevo el silencio. El día había sido demasiado largo, por la mañana me sentí feliz entre las tribus, los valientes y las aventuras desesperadas, y sin embargo, antes de llegar la noche estaba solo, y me sabía el último guerrero de la sabia raza de los mohicanos.
P.S. Escribiendo estas líneas ha llegado la triste noticia de la muerte de un señalado viladrauense, Andrés Chinchilla, inolvidable con su barba de Gandalf y sus conversaciones, estimado vecino siempre dispuesto a echarte una mano y amigo que una vez hasta nos prestó su cabra, Blanquita, para las funciones del club. Descanse en paz.
EL PAÍS











