‘Hija del cielo’, de Rodrigo Cortés: una narrativa que invita a querer leer más

Una vez probada la narrativa de Rodrigo Cortés y aceptado sus reglas del juego, repites. Necesita, eso sí, más que una complicidad —del lector no tanto la del espectador—, una ausencia de querer imponer tú, los límites del campo, las líneas que dejan fuera a la pelota —que bota distinta la segunda y la tercera vez—. Si lo haces —dejarte en manos de Cortés—, vale la pena leerle en formato periódico, relato breve o novela. No es infalible porque a veces él mismo se encierra en una brillante campana de palabras y frases y, en esa carrera personal de vallas, se tropieza y nos mete en salas de pasos perdidos, pero da igual. Quizás no a nosotros, pero sí a él, que es lo que importa. Es demasiado bueno como para no saberlo y, a veces, no gustarse, pero valiente y talentoso escribe como aventura y salto. A ver si puede, a ver a dónde llega. Y propone algo —una manera de contar, de mirar, de esconder— que, al menos, no recuerdas haber leído antes. Y eso, en una literatura española, que anda de una manera u otra atemorizada y atada al realismo y a pintar siempre con pavor a salirte del lienzo, es de agradecer. Y así, cuando acabas de leer Hija del cielo, sabes que no será lo último que le leerás a Rodrigo Cortés.

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 Una vez probada la narrativa de Rodrigo Cortés y aceptado sus reglas del juego, repites. Necesita, eso sí, más que una complicidad —del lector no tanto la del espectador—, una ausencia de querer imponer tú, los límites del campo, las líneas que dejan fuera a la pelota —que bota distinta la segunda y la tercera vez—. Si lo haces —dejarte en manos de Cortés—, vale la pena leerle en formato periódico, relato breve o novela. No es infalible porque a veces él mismo se encierra en una brillante campana de palabras y frases y, en esa carrera personal de vallas, se tropieza y nos mete en salas de pasos perdidos, pero da igual. Quizás no a nosotros, pero sí a él, que es lo que importa. Es demasiado bueno como para no saberlo y, a veces, no gustarse, pero valiente y talentoso escribe como aventura y salto. A ver si puede, a ver a dónde llega. Y propone algo —una manera de contar, de mirar, de esconder— que, al menos, no recuerdas haber leído antes. Y eso, en una literatura española, que anda de una manera u otra atemorizada y atada al realismo y a pintar siempre con pavor a salirte del lienzo, es de agradecer. Y así, cuando acabas de leer Hija del cielo, sabes que no será lo último que le leerás a Rodrigo Cortés. Seguir leyendo  

Una vez probada la narrativa de Rodrigo Cortés y aceptado sus reglas del juego, repites. Necesita, eso sí, más que una complicidad —del lector no tanto la del espectador—, una ausencia de querer imponer tú, los límites del campo, las líneas que dejan fuera a la pelota —que bota distinta la segunda y la tercera vez—. Si lo haces —dejarte en manos de Cortés—, vale la pena leerle en formato periódico, relato breve o novela. No es infalible porque a veces él mismo se encierra en una brillante campana de palabras y frases y, en esa carrera personal de vallas, se tropieza y nos mete en salas de pasos perdidos, pero da igual. Quizás no a nosotros, pero sí a él, que es lo que importa. Es demasiado bueno como para no saberlo y, a veces, no gustarse, pero valiente y talentoso escribe como aventura y salto. A ver si puede, a ver a dónde llega. Y propone algo —una manera de contar, de mirar, de esconder— que, al menos, no recuerdas haber leído antes. Y eso, en una literatura española, que anda de una manera u otra atemorizada y atada al realismo y a pintar siempre con pavor a salirte del lienzo, es de agradecer. Y así, cuando acabas de leer Hija del cielo, sabes que no será lo último que le leerás a Rodrigo Cortés.

Cortés no es infalible porque a veces él mismo se encierra en una brillante campana de palabras y frases, pero da igual

Inaugura este territorio inventado y propio: Gabaón, pueblo asomado a un precipicio sobre las aguas. Allí está un colegio, monasterio y orfelinato. En él conviven 61 monjas, 3 sacerdotes y una niña en un cuarto sin ventanas, la mayor parte del tiempo atada para proteger a los demás y a sí misma. La cría está quizá poseída, enferma, es el monstruo en el laberinto, la víctima y el propio laberinto. Los capítulos sortean el monólogo interior de la niña, que también es un diálogo con las distintas voces en su cabeza. Escrito con mucha brillantez la escuchamos, entendemos sus pliegues y saltos, se nos hace inolvidable esa voz días después de cerrar la última página de la novela. El resto de los personajes acuden, chocan, van en busca o tratan de saberse contra la cría, cada vez más morgue, confesionario, saco de golpes.

Todo el tránsito hasta su redefinición son los raíles por donde transcurre la trama bien sostenida, dinamitada y convocada en sortilegio de entre las ruinas. Hay personajes como el padre Alén y Solitude, la madre Adriana, sor Maite, que se levantan del papel, y es meritorio hacerlo porque la protagonista es, narrativamente, un agujero negro. El relato empieza en parámetros realistas que se van escorando no tanto hacia lo fantástico sino a lo indecible, y en absoluto por lo que se narra sino en cómo dialogan entre sí los personajes con máscara de la novela —todos menos la niña—. A veces, lo que busca Cortés es jugar consigo mismo, rompiendo los puentes y así los personajes se entienden sin saberse cómo, quizá por lo mágico o aventurero. En ocasiones diálogos y escenas espléndidas; en las menos, sofisticadas piruetas con sonajeros. Pero nada desmerece a la novela. Incluso eso hace que la experiencia de Hija del cielo valga la pena. Y querer seguir siguiendo la pista a este hombre, por supuesto.

Rodrigo Cortés 
Random House, 2026
247 páginas. 20,90 euros

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