Este verano se ha llevado tres galardones de los llamados ‘Oscar’ del cómic por la serie ‘Absolute Martian Mahunter’, que guioniza Deniz Camp. La valenciana Laura Pérez también fue premiada por ‘Nocturnos’
El Salón Internacional del Cómic de Gijón trajo en 1995 como gran estrella invitada al legendario Will Eisner, creador de los cómics de Spirit. Uno de los actos consistía en juntar a dos autores a dibujar en el escenario del teatro Jovellanos: el más veterano, Will Eisner, y el más novel, en aquel momento Javier Rodríguez, de 23 años, que todavía andaba autopublicándose sus tebeos. Un grito rompió el silencio reverencial del teatro abarrotado: “¡Javi, gánalo!”. Era su primo, que se encontraba entre el público y que, con ardor familiar, pensaba erróneamente que se trataba de un concurso. La cosa le hizo gracia al estadounidense, que empezó a bromear pintando en el papel de Rodríguez. Así hicieron migas. Luego, en la cena, Eisner le regaló al asturiano un dibujo de Spirit que aún conserva como un tesoro.
Will Eisner falleció en 2005 a los 87 años. Y Javier Rodríguez, ya un dibujante de éxito a sus 54, más de tres decenios después de aquel Salón del Cómic, acaba de ganar tres premios Eisner, considerados los Oscar del sector, entregados en la Comic-Con de San Diego el pasado julio. Los ganó por la serie Absolute Martian Manhunter(Panini), de DC Comics y guionizada por Deniz Camp, al mejor dibujante/entintador, al mejor portadista y a la mejor miniserie. El año pasado ya había logrado uno, a la mejor serie limitada, por Zatanna: abajo la sala. En esta edición hubo otra ganadora española, al mejor material internacional publicado en Estados Unidos, la ilustradora valenciana Laura Pérez por su obra Nocturnos.
No está mal para aquel chaval al que no se le daba demasiado bien dibujar. “Nunca tuve talento. Mi hermano sí lo tenía, dibujaba bien de manera natural. A mí me costaba mucho. Yo lo que quería era hacer cómics y el dibujo no era más que una herramienta para ello”. No vende originales ni ilustra por encargo: “Hago lo justo para contar historias”. Lo recuerda ante una cerveza en un bar del barrio gijonés de Cimadevilla. A lo lejos se ve la playa de San Lorenzo en una ciudad que vive unos agostos cada vez más petados.

Rodríguez (gorra, patillas, gafas de pasta, aros en ambas orejas, hoy no se ha puesto la camiseta de rayas con la que posa últimamente) nació en Oviedo, donde también estudió en la Escuela de Artes y Oficios, aunque se crio en Gijón. A principios de siglo se mudó a Barcelona, ciudad propicia a su arte, pero tras la pandemia y el nacimiento de su segunda hija regresó al borde del Cantábrico. “Aquí las niñas pueden tocar tierra, tienen el colegio en el barrio… Y yo trabajo a todas horas, aprovechando todos los huecos”, dice. Por las mañanas sale a pasear, al borde del mar, y a pensar. “Porque una parte importante de mi trabajo es pensar, aunque no lo parezca”, bromea.
La premiada Absolute Martian Manhunter es una reinterpretación del personaje clásico del detective marciano: un investigador terráqueo se ve colonizado por una presencia extraterrestre que le hace ver cosas que otros no ven, escuchar voces que otros no oyen y leer mentes (muchos lectores lo relacionan con el TDAH, tan en boga). Eso le permite a Rodríguez combinar su dibujo de línea clara con momentos expresionistas, fantásticos y muy coloridos que representan la visión alienígena.

Al artista le gusta pillar referencias de toda disciplina posible, del cartelismo al diseño, del constructivismo ruso a la Bauhaus. El eclipse, que vio desde las montañas asturianas del concejo de Aller, le pareció de una belleza sublime en su sencillez, que le hizo sentir “como una hormiga”. Era un círculo, como el villano de Martian Manhunter: “No hay nada que dé más miedo que la nada”, dice. Si antiguamente el marciano era un tío cachas, verde y con capa, al estilo clásico del superhéroe, ahora es un extraño ser cabezón, de formas sencillas, cíclope de ojo rojo, mucho más misterioso e inquietante. En Absolute Martian Manhunter hay notable experimentación: páginas para mirar a trasluz, que arrancar o sobre las que pintar. Los poéticos guiones de Camp (uno de los guionistas del momento, que dejó su carrera como médico para escribir tebeos) y el dibujo de Rodríguez demuestran con solvencia eso de que el cómic es el noveno arte.
De leer ‘Don Miki’ a trabajar en Marvel y DC
El padre de Rodríguez, que trabajaba en la siderúrgica Ensidesa, era gran aficionado a los cómics, así que compraba muchos y le compraba otros tantos a su vástago: de Don Miki, Mortadelo o los superhéroes de Marvel y DC a revistas más adultas y hoy extintas como 1984 o El Víbora, donde, precisamente, Rodríguez empezaría a currar, por ejemplo en la serie Paraíso, Punk Rock Bar. “Ahí aprendí a trabajar de forma profesional, a entregar un trabajo y que te pagaran por ello, a tener esa responsabilidad. Fue toda una escuela”.
Ya en Barcelona, produciendo su material, ingresó en DC como colorista gracias al dibujante Marcos Martín, con Batgirl: Año Uno, y así fue haciendo carrera en la industria estadounidense, hasta acabar dibujando los cómics que leía de niño. Por ejemplo, Spiderman. Al editor de Marvel Stephen Wacker le gustaba cómo Rodríguez narraba con los colores y le propuso dibujar. Dice el propio Spiderman que un gran poder conlleva una gran responsabilidad; dibujar a un gran personaje también.
“Es muy flipante dibujar a personajes que ya estaban ahí antes de que tú nacieras, que son parte de la historia de la cultura pop. Pero me puse a dibujar a Spiderman y era como si lo hubiera creado yo, me salía solo, porque lo había dibujado mil veces de crío”. Ahora prepara una nueva serie de Batman, The Shadow of the Bat: su gran reto es aportar algo nuevo a un personaje que ya se ha dibujado de todas las formas posibles. “Habrá mucho terror, mucho miedo a lo desconocido”, avanza.
De crío, Rodríguez también estuvo involucrado en aquella efervescencia creativa gijonesa que se dio en llamar Xixón Sound, donde militaban artistas como Australian Blonde, Nosoträsh, Pauline en la Playa, Manta Ray, Nacho Vegas o Doctor Explosión. “Se habla mucho de la crisis de 2008, pero a principios de los 90 había una crisis brutal, no había trabajo y nos dedicábamos al hazlo-tú-mismo, que propiciaban las nuevas tecnologías”, recuerda. El dibujante, además de diseñar y dibujar para varias de las citadas bandas, tocaba la guitarra en Kactus Jack.

Curiosamente, un reencuentro del grupo impidió que volase a la Comic-Con de San Diego para recibir los premios Eisner. Pero era una ocasión importante: un concierto homenaje por los 20 años de la muerte de Igor Medio y Carlos Redondo, músicos de la banda folk Felpeyu que perdieron la vida en un accidente de tráfico. Medio era además dibujante y el mejor amigo de Rodríguez. Redondo era miembro de la seminal banda Los Locos (junto al célebre productor Paco Loco) y profesor de música en torno al que se aglutinó la escena gijonesa de los noventa.
¿Vive un buen momento el cómic? “Vive mejores tiempos que nunca”, dice el autor. Se venden muchos, de muchos géneros, de los superhéroes a la novela gráfica, pasando por el muy exitoso manga que arrasa entre la juventud. Y también acompaña el aluvión de películas de superhéroes, que no disgustan a Rodríguez, pero frente a las que siempre reivindica el papel. “El género de superhéroes nació en el cómic, no como otros, la aventura, el wéstern o la ciencia ficción, que fueron heredados. El cómic es imagen fija; una película dura lo que dura, pero un cómic dura lo que el lector considere. Y lo más importante no es lo que se ve, sino lo que no. Yo paso mucho tiempo pensando en lo que no dibujo. El resto lo pone el lector”, insiste.
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El Salón Internacional del Cómic de Gijón trajo en 1995 como gran estrella invitada al legendario Will Eisner, creador de los cómics de Spirit. Uno de los actos consistía en juntar a dos autores a dibujar en el escenario del teatro Jovellanos: el más veterano, Will Eisner, y el más novel, en aquel momento Javier Rodríguez, de 23 años, que todavía andaba autopublicándose sus tebeos. Un grito rompió el silencio reverencial del teatro abarrotado: “¡Javi, gánalo!”. Era su primo, que se encontraba entre el público y que, con ardor familiar, pensaba erróneamente que se trataba de un concurso. La cosa le hizo gracia al estadounidense, que empezó a bromear pintando en el papel de Rodríguez. Así hicieron migas. Luego, en la cena, Eisner le regaló al asturiano un dibujo de Spirit que aún conserva como un tesoro.











