Lorca, un icono ‘queer’ y un archivo censurado

Madrid, 2006. Una madre lleva a su hijo, al que llaman mariquita en el colegio, a la manifestación del Orgullo. Una drag queen se acerca y le dice al niño: “Soy tu profesora de matemáticas”. Le sorprende un poco que la temible y exuberante señorita Paquita haya sustituido los leggins de leopardo y el bolsote de falso cocodrilo por una peluca y un vestido rojo con escote, pero su mente asume que las cosas pueden ser así. La madre lleva una camiseta con la cara de un escritor y el lema “ME VUELVES LORCA”.

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 Madrid, 2006. Una madre lleva a su hijo, al que llaman mariquita en el colegio, a la manifestación del Orgullo. Una drag queen se acerca y le dice al niño: “Soy tu profesora de matemáticas”. Le sorprende un poco que la temible y exuberante señorita Paquita haya sustituido los leggins de leopardo y el bolsote de falso cocodrilo por una peluca y un vestido rojo con escote, pero su mente asume que las cosas pueden ser así. La madre lleva una camiseta con la cara de un escritor y el lema “ME VUELVES LORCA”. Seguir leyendo  

Madrid, 2006. Una madre lleva a su hijo, al que llaman mariquita en el colegio, a la manifestación del Orgullo. Una drag queen se acerca y le dice al niño: “Soy tu profesora de matemáticas”. Le sorprende un poco que la temible y exuberante señorita Paquita haya sustituido los leggins de leopardo y el bolsote de falso cocodrilo por una peluca y un vestido rojo con escote, pero su mente asume que las cosas pueden ser así. La madre lleva una camiseta con la cara de un escritor y el lema “ME VUELVES LORCA”.

Sevilla, 1974. Mi tía Loli está harta de “los mariquitas que van con el Romancero gitano a las manifestaciones estudiantiles, como si fuera el Manifiesto comunista”. Su amigo, también gay, va con el librito de marras y se ríe de la acidez de ella. Mi tía le dice que ni lo ha leído. Una década después empieza a cuidar a este amigo de una enfermedad que no existía en tiempos de Federico García Lorca. Lo hará hasta el final. Esa edición del Romancero gitano, de Salvat, la he heredado yo.

A Lorca bien podrían haberle horrorizado ambas escenas, por cursis —“los maricas / turbios de lágrimas, carne para fusta, / bota o mordisco de los domadores…”—, o quizás, quién sabe, habría encontrado ternura en la transformación de su persona en icono de la homosexualidad. Sobre el teatro, Lorca había dicho que “para volver a adquirir fuerza, debe volver al pueblo, del que se ha apartado”. ¿Habría pensado lo mismo de su figura? ¿Federico, el poeta de esa acepción radical de pueblo, que es el pueblo queer, el pueblo de todos los expulsados de la norma? Nunca podremos saberlo, porque es en el hueco entre el asesinato de un hombre y la bilis de la Historia donde se forma el mito. Unos y otros, y por razones muchas veces antagónicas, claman contra la supuesta apropiación o instrumentalización de su vida y obra, protesta estéril porque Lorca no pertenece del todo a nadie, porque cada cual podrá elegir uno de esos “mil Federicos”, en la expresión del propio poeta, que siguieron multiplicándose hasta después de su asesinato aquel 18 de agosto de 1936. Su protagonismo absoluto, sin embargo, lo hace estar a merced de todos los vientos y oleajes, y su nombre queda tan institucionalizado como territorializado.

Cuando elevamos una figura al estatus de “gloria nacional” se le suele otorgar una cierta atemporalidad a su obra y una supuesta universalidad a los temas que trata. Pero es la elástica capacidad de hablar a cada época de una forma diferente, pentecostal, el gran milagro de Lorca. La capacidad de ser para otros cuerpos, de ir creciendo de forma diversa en cada comunidad de lectores: en los cincuenta era el poeta de la forma neopopular, en los setenta y ochenta el inspirador de los flamencos modernos; en otras épocas el activista teatral, o el feminista, el animalista, el taurino, el turista, el director, el burgués de izquierdas… más cubista que rotundo, más adaptable que original. Lorca como un gran ladrón de formas, como el sonido definitivo de una poesía española. Lorca casi como acaparador, como dice María Salgado en Lírica, uno de los ensayos más lúcidos que se han escrito sobre poesía (La Uña Rota, 2026): “Hay algo previo a ti que te hace imposible no arrancar tu primer libro con una cita de Lorca, como quien pide permiso o se inscribe en un registro […] Y estoy por afirmar aquí que buena parte del modo de expresión de la melancolía, la angustia y la pena en la poesía en España se las ha quedado Lorca”, algo que casa con la exposición de Georges Didi-Huberman en el Reina Sofía. Todo parece ya dicho por Lorca. Después de él, un abismo que asusta.

El esfuerzo recae en volver a leer a Lorca desde el lugar de su homosexualidad, que no es ya un detalle biográfico, sino un eje que hace tambalear el estatus aséptico —heterosexual— de “gloria literaria nacional”

Este absolutismo lorquiano no implica que el debate sobre su figura tenga los días contados; más bien, la ubicuidad de su mundo se contrapone con la realidad de su desaparición como sujeto, con su archivo siempre a medias y la censura o el silenciamiento —más institucional que popular— de toda una serie de temas o ejes de su poética. En nuestro tiempo, y a juzgar el número de obras literarias, artículos, películas y exposiciones recientes y por venir en estos próximos meses, el esfuerzo recae en volver a leer a Lorca desde el lugar de su homosexualidad, que no es ya un detalle biográfico, sino un eje que hace tambalear el estatus aséptico —heterosexual— de “gloria literaria nacional”. Estas lecturas vienen a intentar remendar una tradición de estudios que en su mayoría se han centrado en ocultar o minusvalorar la homosexualidad como clave de lectura hasta hace muy poco, aunque esto haya supuesto unos trompicones, saltos y carambolas sonrojantes.

Lo difícil era asumir que esa homosexualidad era un eje evidente en la obra del autor, sin máscaras, puesto que el relato oficial estaba cercenado

En 1983, una serie de figuras de la cultura reciben por correo ordinario unos poemas inéditos de Lorca, los Sonetos del amor oscuro. No hay remite, solo una nota que indica que los sonetos ven la luz “para recordar la pasión de quien los escribió”. La familia Lorca entra en pánico: sólo había dado luz verde para su publicación en Francia. El ABC va al rescate y se publican de forma oficial los “sonetos de amor”; Miguel García-Posada dice, en el estudio que acompaña a los once poemas, que se omite el “oscuro” en el título para evitar la “abusiva simplificación”, puesto que el adjetivo era más bien “poético y complejo”, es decir, que no quería significar lo que efectivamente significaba. La homosexualidad de Lorca no era ni mucho menos un secreto, claro; la anécdota setentera con la que comienza este artículo es verídica y los poemas de Lorca fueron un útil código gay en la España de la dictadura. Lo difícil era asumir que esa homosexualidad era un eje evidente en la obra del autor, sin máscaras, puesto que el relato oficial estaba cercenado. El franquismo hizo lo que pudo por destruir al poeta y su voz, con cierto empeño en las primeras décadas de dictadura, pero le terminó saliendo Lorca por las orejas y su prestigio internacional era tal que, entre el blanqueamiento y el disfrute, recurrió a la folklorización para intentar solucionar el problema, para pemanizarlo, con relativo éxito. Aguilar publicó la primera edición de unas obras completas muy incompletas en 1954.

Antes de todo esto, ya el Partido Comunista le había censurado una estrofa a Cernuda en el número homenaje a Lorca de Hora de España, en 1937. La homosexualidad del poeta lo alejaba de la visión aséptica y absoluta de mártir de la guerra y algunos versos no sonaban nada viriles: “Mira los radiantes mancebos / Que vivo tanto amaste / Efímeros pasar junto al fulgor del mar”. Por supuesto, la capacidad de censura del PCE era muy inferior a la de Franco, sobre todo a partir de 1939, pero el gesto sirve para concluir que en principio nadie tenía ganas de anunciar a Lorca como poeta, sobre todo, homosexual.

Tampoco la universidad española, hasta hace menos de dos décadas y salvo honrosas excepciones, ha contravenido esta máxima y ha tendido a un formalismo de tal pulcritud que sonroja por pacato en su acercamiento a Lorca. Un ejemplo es la edición de Poeta en Nueva York de María Clementa Millán en Cátedra (1990), que evita casi toda referencia a la homosexualidad del poeta y olvida que los poemas responden a un contexto tan específico como biográfico, algo que demostró el profesor José Antonio Llera en un artículo de Cuadernos Hispanoamericanos tituladoLa perdiz de Federico García Lorca’ (2015). Las ediciones españolas de Lorca han seguido esta línea; hasta la monumental y muy valorable edición que García-Posada hizo de sus Obras completas, editada por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores en 1996, y que llegó a muchísimas casas, es decepcionante en este aspecto.

Contrasta este silencio académico con la popularidad de Lorca como escritor gay dentro y fuera de España. Tenemos anécdotas, como la familiar que cuento arriba, que nos garantizan que los códigos de Lorca eran entendidos por los que entendían, y al fin algunas obras académicas recientes analizan el carácter comunitario de la disidencia sexual en torno a la literatura en el siglo XX, como La verdad ignorada: homoerotismo masculino y literatura en España (1890-1936) (Cátedra, 2021), de Emilio Peral Vega, o el monumental estudio de Ramón Martínez, Su fulgor puede destruir vuestro mundo. Una mirada LGTBI+ a la literatura española(Egales, 2026). En el exterior, el tema homosexual fue una de las claves para la popularización del autor de forma mucho más evidente, con el exilio republicano y el sentimiento antifascista en el entorno cultural como banderas y cauces hasta florecer en el imaginario de poetas y militantes queer del contexto anglosajón. Jack Spicer, el poeta más original del San Francisco de los cincuenta, escribió A la manera de Lorca (Salto de página, 2018) en 1957, una serie de traducciones libres con comentarios en prosa a los textos del poeta. Lorca era frecuentemente citado por los autores del Harlem Renaissance, leída en los círculos gays londinenses de los sesenta y representado en lugares tan marcados como el Village de Nueva York en los setenta. El mito estaba más que consolidado fuera y, de hecho, algunas de las interpretaciones homosexuales de Lorca han sido más importadas que propias, como explica Noël Valis en Lorca después de Lorca, una historia de la recepción tan concienzuda y documentada que hace parecer evidente lo casi imposible. La editorial Renacimiento acaba de publicarla.

Los estudiosos que estaban fuera de España, y por tanto libres de la censura, sí se atrevieron a afrontar directamente el tema. Ángel Sahuquillo defendió su tesis sobre homosexualidad y poesía del 27 en Estocolmo en los ochenta, y logró publicar un volumen con la Diputación de Alicante que llevaba por título Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad masculina: Lorca, Dalí, Cernuda, Gil-Albert, Prados y la voz silenciada del amor homosexual y que pasó algo desapercibido entre el público general, pero hay que reconocerle el valor. Y ya en democracia comienzan a llegar las aportaciones de Daniel Eisenberg, Christopher Maurer e Ian Gibson. A favor de estos estudiosos jugaba la distancia de la larga sombra del franquismo y de las reticencias universitarias españolas, muy marcadas por la estilística y algo reacias a los estudios culturales.

El libro de Ian Gibson Lorca y el mundo gay destapó que el principal problema al hablar de la homosexualidad de Lorca era un archivo cercenado por el miedo y la homofobia

Gibson se enemistó con mucha gente cuando publicó Lorca y el mundo gay(Planeta, 2009), pero el libro destapó un asunto fundamental que desvelaba que el principal problema al hablar de la homosexualidad de Lorca —y de publicar sus poemas más explícitos, y de encontrar los manuscritos completos— era un archivo cercenado por el miedo y la homofobia.

Una exposición reciente en la Residencia de Estudiantes pretendía explicar algunos de estos problemas, el exilio y la disgregación de manuscritos y el arduo trabajo para reconstruirlos y digitalizarlos. Hay ya mucho de libre acceso en la Fundación García Lorca, pero sigue siendo demasiado lo que falta. Aunque, Christopher Maurer, que comisaria esta muestra, dirigió otra en el Centro Lorca de Granada que sí trataba de forma explícita la homosexualidad del poeta, Manuel Avís denuncia que en esta última sobre el archivo el tema quede escorado, cuandola homosexualidad es, según su lectura, uno de los motivos principalesde la destrucción de documentos.

Las razones de este mal archivo son múltiples. En primer lugar, hay una pérdida material causada por el propio Lorca, que tendía a regalar manuscritos, copias únicas, a amigos. Luego está la guerra: muchos amantes queman cartas, esconden por miedo —Conchita García Lorca decía haberlos escondido hasta en el pajar—. Los exilios son extraños, y a veces también lo es la suerte. Antes de marcharse a Granada en 1936, Lorca va a ver a Bergamín a su despacho para entregarle Poeta en Nueva York. Como no está, deja el manuscrito sobre su mesa. Bergamín lo recoge y se lo lleva al exilio, hasta conseguir publicarlo en México en 1940. Con El público, sin embargo, la historia es diferente: Lorca entrega el manuscrito a su gran amigo Martínez Nadal el 13 de julio de 1936, y este no lo publica hasta 1976. Otro manuscrito lo tenía la familia de Dulce María Loynaz, pero, según su testimonio, su hermano Carlos Manuel, que padecía una enfermedad mental, lo destruyó. De los Sonetos del amor oscuro ya hemos hablado.

Sucede que varios de los manuscritos más incompletos, aquellas obras perdidas o fragmentarias, tienen que ver de forma más explícita con la homosexualidad del poeta. Es esta la parte del archivo más perdida, la más difícil de publicar. A la destrucción se suma el silencio: el de Martínez Nadal es ostentoso, pero también el de otros tantos, sobre todo alguno de los muchos novios de Lorca, que se mantuvieron callados durante años o para siempre. Cada tanto tiempo aparece un pequeño milagro a modo de nueva lectura del archivo, una fuente nueva que va ampliando un puzle que nunca se podrá completar.

Uno de esos milagros será la publicación este próximo otoño de los Recuerdos: Breve historia de un amor, de Juan Ramírez de Lucas, uno de los últimos novios de Lorca. La edición está a cargo de Christopher Maurer y Víctor Fernández y ambos insisten en la complejidad de un texto escrito décadas después de la muerte de Lorca. No son por tanto unos diarios, ni un relato urgente, sino las reflexiones de un hombre que se enamoró de Lorca cuando tenía 18 años y el poeta 36 y que luego se alistó en la División Azul. La familia ha mantenido los textos ocultos; aunque hubo incluso una resolución en el Congreso para digitalizar y publicar los documentos, nada se hizo, y ha sido gracias al documental que prepara Manuel Menchón, con el título de La voz quebrada, que la familia ha decidido dejar ir estos documentos.

Hay espacios e historias de Lorca apenas contadas que renacen ahora en libros como Lorca en Vermont: El poeta español y su amante americano, de Patricia A. Billingsley que acaba de salir en Taurus. Pero con algunos otros casos es imposible recrear lo que sucedió o lo que queda, y por todos lados faltan cartas y documentos. Los estudiosos coinciden en que aún hay mucho escondido o por hallar: Víctor Fernández apunta al archivo de Martínez Nadal en Londres, Manuel Avís cree que hay material importante en colecciones privadas y en ventas sottovoce.

Este archivo maltrecho ha generado un género propio de obras que deben imaginar los huecos y completar con ficción las demoras de la Historia. El hito es La piedra oscura, la obra teatral de Alberto Conejero que trabaja sobre la memoria perdida de Rafael Rodríguez Rapún, probablemente el amor más hondo del último Lorca. La obra acaba de ser reeditada en Cátedra por Emilio Peral —que también prepara una edición de los Sonetos del amor oscuro para la misma editorial— junto a otros dos títulos del dramaturgo, y ha sido la base para el que será sin duda el evento mediático del otoño: el estreno de La bola negra, dirigida por los Javis. La película triunfadora en Cannes parte del argumento de Conejero para recrear otros tiempos lorquianos que llegan hasta nuestro presente. En esta misma línea estará la novela de Manuel Avís que publicará en septiembre Cabaret Voltaire con el título de Déjame que baile: el escritor imagina, combinando archivos existentes y otros recreados, una biografía afectiva y sexual de Lorca. El objetivo es “una oda a la ternura de un hombre que amó mucho y a muchos”. Avís insiste en que “la imaginación es una forma justa de reivindicación frente a un archivo amputado”, que siempre llega tarde. Ya Manuel Francisco Reina intentó hacer algo similar con Los amores oscuros (Planeta, 2012), aunque recibió críticas por ciertos desajustes biográficos y por publicar sin autorización el contenido de archivos como el de Ramírez de Lucas, con gran disgusto para la familia.

Los enfados, con todo, no son inútiles; los pudores y los miedos son tan elocuentes como los gritos a viva voz. Hay un poeta debajo de todo esto, y es la voz más radical e importante de un siglo XX terrible que apenas empezamos a reconstruir tras décadas de cordialidad impostada. La historia queer no obedece a un afán identitario: es una forma de remover todas las alfombras, de convocar a todos los fantasmas.

Lirica

María Salgado

La Uña Rota, 2026

223 páginas. 20 euros

Lorca después de Lorca

Noël Valis

Traducción de Aurora Rice. Prólogo de Enrique Santos Unamuno

Renacimiento, 2026

440 páginas. 23,66 euros

Lorca en Vermont. El poeta español y su amante americano

Patricia A. Billingsley

Traducción de Andrés Barba

Taurus, 2026

288 páginas. 20,81 euros

La piedra oscura / Ushuaia / En mitad de tanto fuego

Alberto Conejero

Edición de Emilio Peral Vega

Cátedra, 2026

336 páginas. 16,50 euros

Su fulgor puede destruir vuestro mundo

Una mirada LGTBI+ a la historia de la literatura española

Ramón Martínez

Egales, 2025

1.196 páginas. 35,95 euros

La verdad ignorada

Emilio Peral Vega

Cátedra, 2021

296 páginas. 22,50 euros

A la manera de Lorca

Jack Spicer

Traducción de Martín Rodríguez-Gaona

Salto de Página, 2018

232 páginas. 16,50 euros

Lorca y el mundo gay

Ian Gibson

Planeta, 2009

200 páginas. 21,50 euros

Romancero gitano

Federico García Lorca

DeBolsillo, 2026 (tapa dura)

144 páginas. 11,35 euros

Romancero gitano

Federico García Lorca / Ilu Ros

Lumen, 2026

176 páginas. 21,75 euros

Sonetos del amor oscuro [facsímil de la edición clandestina de 1983]

Alvarellos Editora, 2026

24 páginas. 13,90 euros

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