Aquella frase terminó convertida en la primera de Tiempos de pesadumbre, publicado cinco años después en su poemario Nadie en casa (1994). “El poema no llega entero. Puede llegar el comienzo, la idea o la música, pero no es que se te ocurre al mediodía y a las tres de la tarde te sentaste a escribir. Tiene un proceso de masticación; además, tú te has preparado antes”, explica.
Una de las voces más importantes de la poesía en español ha encontrado en la vida diaria una manera de abordar la muerte, el dolor, el amor y la salud mental
Aquella frase terminó convertida en la primera de Tiempos de pesadumbre, publicado cinco años después en su poemario Nadie en casa (1994). “El poema no llega entero. Puede llegar el comienzo, la idea o la música, pero no es que se te ocurre al mediodía y a las tres de la tarde te sentaste a escribir. Tiene un proceso de masticación; además, tú te has preparado antes”, explica.
Comenzó a familiarizarse con la poesía desde la infancia, atraída por la música de los versos. “En mi casa había unos cuadernillos de poesía porque a mi papá le gustaba”, cuenta. Leyendo y recitando poemas de escritores como Rubén Darío y José Asunción Silva, se fue asomando a la sonoridad de las palabras”. Cuando tenía unos nueve años, entendió que ella también podía rimar y versificar. En el colegio la incentivaron. “Recuerdo que las monjas y mis compañeras me pedían que escribiera”, dice.
A los 14 años, esa habilidad comenzó a transformarse en una necesidad. En la poesía no solo vio música, sino también la posibilidad de hablar sobre la vida y sobre las emociones. “Era una niña inquieta, precoz y, sobre todo, ansiosa y atormentada”, recuerda. Escribir poemas se le convirtió en una válvula de escape para el malestar generado al haber sido expulsada de su colegio por rebelde —según les explicaron las profesoras a sus padres—, y haber sido enviada a estudiar en un internado. “Esa ansiedad tenía que salir por alguna parte”, dice.
A sus 75 años, la poesía sigue siendo una necesidad. “Los escritores escribimos como si la vida no nos bastara; como si tuviéramos que vivir doblemente: primero a través de la experiencia y luego consignándola en palabras”, explicó en una de las entrevistas de la avalancha que se le vino encima en octubre de 2026, cuando se anunció su más reciente reconocimiento: el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, uno de los más importantes de la lengua española.
Como el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana que recibió en 2024 —llamado el Nóbel de la poesía en español y portugués—, el García Lorca celebra su obra completa. En sus libros de poemas —al igual que en sus novelas y en sus obras más autobiográficas—, Bonnett aborda grandes temas como la muerte, el dolor, el amor, la maternidad y la relación con el cuerpo desde una poética de lo cotidiano. “Ya cuando tenía unos 22 años sabía que me atraía mucho el mundo de lo íntimo”, dice.
En su libro más reciente, La voz de las cosas (2026), acompaña con poemas cortos los dibujos que hizo de los objetos que quedaron en el cuarto de su hijo Daniel, quien se suicidó en 2011, y habla de cómo las cosas son, al mismo tiempo, el recuerdo de un viaje o de una persona. Porque también es posible decir lo trascendental desde lo chiquito.
A pesar de haber llegado temprano a la poesía, apenas publicó su primer libro, De círculo y ceniza (1989), a los 39 años. Para ese entonces enseñaba en la Universidad de Los Andes y criaba tres hijos, el menor, de seis años. “Me sentaba a escribir hacia las ocho y media de la noche”, recuerda.
A la novela llegó después de los 40, cuando sus hijos eran más grandes y había ganado confianza como docente. Antes, preparaba su clase hasta el cansancio, impulsada por la autoexigencia y el perfeccionismo, y por la pasión que le generaba sumergirse con sus estudiantes en la poesía. “Era como compartir emociones con ellos. Además, me gustaba ver su entusiasmo al descubrir que la poesía no era un montón de palabras de adorno o una idealización del mundo, sino una vía de conocimiento y, sobre todo, un manejo particular del lenguaje”, recuerda.
Publicó su libro más conocido, Lo que no tiene nombre (2013), dos años después de la muerte de Daniel. En él se adentra en la enfermedad mental y en el suicidio de su hijo, para tratar de comprender lo incomprensible. En 2016 Babelia, el suplemento cultural de EL PAÍS, lo incluyó en la lista de los 100 mejores libros de los últimos 25 años.
Para Bonnett, narrar lo íntimo solo tiene sentido si revela algo sobre la sociedad. En su libro más autobiográfico, La mujer incierta (2024), trata temas como la maternidad, la salud mental, la educación y la vejez a partir de experiencias personales. Actualmente, hace algo similar con un libro en el que investiga y describe la parosmia, una extraña condición que le quedó como secuela del covid que contrajo en 2024, y que hace que las cosas le huelan y le sepan a podrido.
La obra, que comenzó con la curiosidad de entender lo que le ocurría, la llevó a estudiar la relación histórica de la humanidad con los olores y el placer. Investigó cómo se han ido perfeccionando los perfumes, qué hay detrás de los tabúes de una sociedad contemporánea que no permite los olores y cómo los epicúreos y los estoicos plantearon la relación con el placer. “Me ha llevado por muchos caminos y me ha salvado de la desesperación. Hace que quiera comunicarme con el otro a través de esta cosa tan rara sobre la que nunca se me hubiera ocurrido escribir”, dice.
Cuenta que cuando revisa por algún motivo su obra poética completa, ve su vida plasmada en sus poemas. Y no solo por los temas. “No siempre tienes la misma voz porque el tiempo y la vida te la van cambiando al plantearte retos y dificultades, pero también alegrías”, dice.
Su poesía comenzó muy lírica; luego fue encontrando el camino hacia lo cotidiano y afinando el humor y la ironía. “En la vida soy así. Tuve una mamá con un gran sentido del humor y, sobre todo, con mucha capacidad para la ironía”, cuenta. Cuando empezó la enfermedad de Daniel, diez años antes de su muerte, su voz poética cambió. “Se hizo más austera, más seca, más esencial”, explica. Así, una de las voces más importantes de la poesía en español sigue transformándose permanentemente.
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