Poemas chinos

Ríndete, dice la voz./ Ríndete a la amalgama de colores de las imágenes/ que te poseen en sueños ininteligibles y recurrentes/ al caos mental de haberte expuesto a tantas experiencias lejanas/ a la marisma al cansancio a los circuitos que se desconectaron/ y se volvieron a conectar.
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I

El dolor se diluye
cuando la lluvia
se transfigura en montaña.

II

qué es la tierra
qué son las piedras
qué son los siglos y los siglos

Toqué la tierra
y era la muerte de mi madre
y era mi deseo de honrarla
al colocar con mis manos
la tierra sobre su ataúd.
Estuve de rodillas sobre la tierra
y comprendí
que había sido soberbia.
No lo seré más, le prometí.
Pasó un año o más.
Toqué la tierra
y era la Muralla China
en un viaje iniciático o final
un regalo de la abundancia
que también recibí de ella.
A pesar de los miles de kilómetros de distancia,
de las 14 horas de diferencia,
del tiempo transcurrido entre hitos,
al tocar la muralla, lo juro,
era mi madre en su sinestesia
eran el cielo despejado y las piedras.
Lloré.
Como tocar un cuerpo amado,
pero en trasmutación.
Nadie puede decirme que no son mi madre, la tierra y las piedras
de todos los continentes.
Yo lo sé. Y eso es suficiente.

III

Cuando fui a China,
pensé que todo era mentira
mi dictadora interna despertó enfurecida conmigo
para dedicarme todo tipo de regaños altisonantes y paranoias grandilocuentes.
Cómo yo, mujer de 45 años, iba a ser invitada a leer mis poemas
tan lejos.
Pasaron los días y sí, era cierto.
Yo, mujer que escribe desde el sur global, estaba invitada a China.
Durante 11 días, dejaría atrás el levantarme a las 5:30 a.m. para otros,
las loncheras y las mochilas de mis hijos
el peso existencial de criar.
Los uniformes, los dobleces, todo.
Sería recibida, otra vez, en los salones importantes de la literatura mundial.
De los que, a menudo, me siento lejos.
Luego, vino el miedo mortal a volar.
Las trampas de la mente cada vez más acuciantes. Renunciar, no ir.
Pero una fuerza estomacal llamada terquedad me llevó a prepararlo todo.
La visa, las maletas, un poco de dinero.
El aplomo para dejar a mis hijos al cuidado de otros.
Qué bueno que lo hice. Qué bueno que me atreví.
Frente a mí, desfilaron los guerreros de terracota, vi la Muralla China despertarse para ponerse de pie, vino el recuerdo encarnado de mi madre hecha tierra y piedras, los palacios, los lagos, las garzas, las terminales aeroportuarias, los banquetes, los amigos, los poemas.
El lenguaje desconocido de lo distante y lo lejano.
Cuando fui a China, tuve miedo,
sin embargo, me gustó estar sola
y volver a saber que soy sola,
que no soy solamente una madre, una compañera, una docente,
sino una poeta, viendo por la ventana en la habitación 20 del piso 10,
de un hotel apodado El Nido,
en Beijing, diciéndose,
“has llegado hasta aquí, no desistas”.

IV

No, no hay guerreras de terracota, nos dijo Indira.
Tiene razón.
Hay mujeres de piedra sentadas esperando algo.
Mujeres y niñas modernas vestidas como en la antigüedad.
Recuerdos de emperatrices y concubinas que no conocimos.

V

Jueves 18 de septiembre de 2025
Puerta sur del Parque Furong, dinastía Tang, Xian.

Se estira ante nosotros una superficie absoluta y gigante de agua
garzas

garzas y patos.
Sólo hay jardines y el templo de la luz y la belleza.
Vastedad.
El parque inmenso luce solitario,
no hay niños,
tal vez están en la escuela.
Pienso en mis hijos a miles de kilómetros de aquí
y me imagino caminando de la mano con ellos
por estos senderos.

La maternidad es eso:
una mirada distinta
sobre todas las cosas.

VI

Sábado 20 de septiembre de 2025
Parque Beihaia, Beijing.

En la oscuridad, vi descansar al Buda gigante
y otras imágenes de deidades desconocidas,
sentí la sombra del dolor por todas las peticiones incumplidas.
Pero, al salir,
también percibí la alegría
de todo lo que nos ha sido concedido sin pedirlo.

VII

Terminales aeroportuarias
monstruosas señoras infinitas
templos brillantes del consumo
estructuras internacionales organizadas
con base en señales claramente confusas
de interminables pasarelas eléctricas
con trenes y buses internos como si lo inmenso no les fuera suficiente,
de acentos plurilingües,
pésimas anfitrionas para las conexiones inalámbricas necesarias y urgentes
tortugas de la banda ancha;
no me coman
no me succionen
no dejen que pierda el avión
que me llevará a casa.

VIII

Me desperté de madrugada, asustada, porque sentí que me había dejado el avión
pero no, estaba en mi departamento de San Salvador,
rodeada de mis objetos de todos los días
de los juguetes de mis hijos que dormían a esas horas.
Era la misma que se fue y no.
Volví a la cama preguntándome qué otras cosas
me dirán mi cuerpo y mi mente ahora que he vuelto.

El viaje empieza cuando termina.

IX. Jet lag

Una silueta retorciéndose como un gusano
intentando recapturar la materia tangible e intangible
de la que estábamos hechos antes del viaje.
Once días bastaron para desordenar los órganos, los fluidos y la carne
que los humanos denominamos cuerpo.
Esta mi existencia ha atravesado miles de kilómetros
cuatro aeropuertos internacionales
y vivido tantos asuntos que no logra codificar con las palabras.
Por eso, mi cuerpo tiene sueño cuando es de día
y no encuentra descanso en las noches.
Pronto, espero, lo vivido se acomodará en la rutina
y en eso que denominamos lenguaje.

X

He vuelto
He vuelto a casa
al origen, a lo que creemos que es el origen
a la tierra, al lodo,
al ruido incómodo de las conversaciones
a los zancudos, a las hojas,
a otros árboles
al secreto
al espanto
al misterio
al anonimato
a la comida de siempre
a nuestra cama
a poner nuestra cabeza en  la misma almohada
sin saber cuánto del viaje ha cambiado nuestro cuerpo
nuestros órganos
nuestra mente.
Lejos, los recuerdos de China ya duermen
14 horas adelante en el reloj del mundo.

XI. Lo que queda

Las imágenes
los sonidos
los recuerdos
los paisajes que antes solo había visto en postales antiguas
las sonrisas de los niños y sus madres en los parques
que se parecen a las sonrisas de todos los niños y todas las madres
en todos los parques de todos los países
la textura de la tela roja y florida
los sabores en la parte alta y baja del paladar
los ojos abiertos como platos que intentaron abarcarlo todo y no pudieron
la incertidumbre de haber ido tan lejos y haber vuelto
la pregunta de qué se hace con todo ello
el agradecimiento en forma de un caldo tibio con fideos
la certeza de que no volveré a sentir el arroz de la misma manera en la boca
la sensación de pequeños cigarrillos entre los dedos
envueltos en cajas de flores chinas
el lenguaje visual que mantuve con un desconocido
sin que lo verbal se hiciera necesario
la conciencia tranquilizadora de que este cuerpo
puede viajar al otro lado del mundo
y regresar.

XII

Lunes 29 de septiembre de 2025

Me desperté creyendo que todavía estaba en China,
pues en el dorso de mis párpados,
todavía bailan mujeres envueltas en trajes suntuosos rojos y verdes
con una sonrisa infinita y móvil.
Suena dentro de mí, el tambor de la antigua dinastía Tang.
No, ya no estoy en la Asia lejana.
Pero algo en mi caja toráxica sí
un estertor, un algo.
Tal vez, un día, volveré
para averiguarlo. No lo sé.

XIII

Ríndete, dice la voz.
Ríndete a la amalgama de colores de las imágenes
que te poseen en sueños ininteligibles y recurrentes
al caos mental de haberte expuesto a tantas experiencias lejanas
a la marisma al cansancio a los circuitos que se desconectaron
y se volvieron a conectar.
Ríndete
a no saber qué será lo siguiente o qué ha cambiado
al cuerpo succionado por otra realidad y devuelta a la misma de siempre
al amor hirviente por los amigos repentinos y antiguos
al dolor de las heridas del pasado que afloran a la menor provocación.
Ríndete
a la ira y a su sublimación
a los recuerdos imborrables y a los que se escapan de la cognición
a la esperanza de que todo puede mejorar
a que las ideas antiguas se agoten
al dolor de la pérdida que siempre te acompañará
al deseo de estar en silencio con las ventanas cerradas
a la luz del sol que aun así penetra la estancia
a tu rutina que se escapa del deber ser y las expectativas sociales
a la preocupación por las guerras lejanas que no puedes detener.
Ríndete
porque no puedes llegar a todo
salvar a todos
hacer que todos te amen.
Escógete.
Reconstrúyete.
Vuélvete a zurcir como un calcetín roto al fondo del cajón.
Ríndete que el tiempo pasa y nada puede detenerle.
Ponte de rodillas
ante el horror y la belleza
que significan
de igual manera
estar viva
y empezar a envejecer.
Ríndete al deseo
a lo difícil de sostenerlo
a tus decisiones
a la abulia
a la desesperación
a lo imperfecto
a tu sombra que nunca te abandonará.
Sueña con murallas,
con tambores
con mujeres que danzan
en otro idioma.


Lauri García Dueñas

San Salvador, El Salvador, 1980. Poeta, dramaturga y periodista. Maestra en Comunicación y Cultura por la UNAM, a través de una beca de la Fundación Heinrich Böll. Entre sus libros de poemas se encuentran Del mar es el ahogo (XVII Premio Interamericano de Poesía Navachiste 2009), El tiempo es un texto indescifrable (2012), La tía (2016) y Atávica memoria: Virginia (2018). Es, además, coautora de los libros de investigación periodística Tribus urbanas en El Salvador (2011) y El asesinato de Roque Dalton. Mapa de un largo silencio (2012). Ha escrito las obras de teatro Mientras más se grita menos se mata (2011), Mamífera (2017), El deseo de los otros no se puede controlar (2018), Del otro lado del cielo (2019) y No todo está perdido (2020).

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