Unidos por la inercia de la juventud y del repertorio homogéneo del ocio, consistente en juntarse en un parque a beber o a fumar, o a beber y a fumar y, sobre todo, a criticar a los que no fuman o no beben, somos amigos. A Tino, a mí y a los demás nos gusta decir que somos amigos de toda la vida. Pero es mentira. Aunque sí nos conocemos desde que empezamos a decir las primeras palabras, nuestro lenguaje no ha sido siempre común. No solo ha habido intermitencias, también hubo desconocimientos completos durante largos periodos de tiempo, en donde algunos de los miembros que formamos ahora el grupo no pensaba ni siquiera en el nombre de los otros. Pero nos gusta decirlo porque, con la simple formulación, se crea una convicción extraña de que existen cosas en esta vida que pueden perdurar si se quiere, que pueden atravesar las peripecias y los años. Llevamos existiendo poco menos de dos décadas, y esa afirmación, “somos amigos de toda la vida”, extravagante por su corta duración, nos otorga un poder extraño: alza verjas preventivas, pero también excluyentes. Nos guarda de que vengan extraños a cuestionar nuestras formas, a destruir los encantamientos de este mundo forjado íntima y cautelosamente. También nos condena a una especie de grupo sectario, paranoico. En nuestras risas, en nuestros juegos, en nuestras miradas colgamos un cartel de cerrado. Tampoco es que sepamos hacerlo de otra forma: la amistad necesita de elecciones, de ignorancias estratégicas, de lealtades injustas. Más todavía, nos gusta decir que todos somos mejores amigos, y aunque es verdad que ninguno de nosotros cree en que exista algo así como un único gran amigo, en el fondo todos sabemos que nuestra amistad está repleta de jerarquías. Son jerarquías ingenuas, de algún modo orgánicas e inevitables, pero formas de poner a los unos por encima de los otros, al fin y al cabo. Tino, tú eres mi mejor amigo.
Unidos por la inercia de la juventud y del repertorio homogéneo del ocio, consistente en juntarse en un parque a beber o a fumar, o a beber y a fumar y, sobre todo, a criticar a los que no fuman o no beben, somos amigos. A Tino, a mí y a los demás nos gusta decir que somos amigos de toda la vida. Pero es mentira. Aunque sí nos conocemos desde que empezamos a decir las primeras palabras, nuestro lenguaje no ha sido siempre común. No solo ha habido intermitencias, también hubo desconocimientos completos durante largos periodos de tiempo, en donde algunos de los miembros que formamos ahora el grupo no pensaba ni siquiera en el nombre de los otros. Pero nos gusta decirlo porque, con la simple formulación, se crea una convicción extraña de que existen cosas en esta vida que pueden perdurar si se quiere, que pueden atravesar las peripecias y los años. Llevamos existiendo poco menos de dos décadas, y esa afirmación, “somos amigos de toda la vida”, extravagante por su corta duración, nos otorga un poder extraño: alza verjas preventivas, pero también excluyentes. Nos guarda de que vengan extraños a cuestionar nuestras formas, a destruir los encantamientos de este mundo forjado íntima y cautelosamente. También nos condena a una especie de grupo sectario, paranoico. En nuestras risas, en nuestros juegos, en nuestras miradas colgamos un cartel de cerrado. Tampoco es que sepamos hacerlo de otra forma: la amistad necesita de elecciones, de ignorancias estratégicas, de lealtades injustas. Más todavía, nos gusta decir que todos somos mejores amigos, y aunque es verdad que ninguno de nosotros cree en que exista algo así como un único gran amigo, en el fondo todos sabemos que nuestra amistad está repleta de jerarquías. Son jerarquías ingenuas, de algún modo orgánicas e inevitables, pero formas de poner a los unos por encima de los otros, al fin y al cabo. Tino, tú eres mi mejor amigo. Seguir leyendo
Unidos por la inercia de la juventud y del repertorio homogéneo del ocio, consistente en juntarse en un parque a beber o a fumar, o a beber y a fumar y, sobre todo, a criticar a los que no fuman o no beben, somos amigos. A Tino, a mí y a los demás nos gusta decir que somos amigos de toda la vida. Pero es mentira. Aunque sí nos conocemos desde que empezamos a decir las primeras palabras, nuestro lenguaje no ha sido siempre común. No solo ha habido intermitencias, también hubo desconocimientos completos durante largos periodos de tiempo, en donde algunos de los miembros que formamos ahora el grupo no pensaba ni siquiera en el nombre de los otros. Pero nos gusta decirlo porque, con la simple formulación, se crea una convicción extraña de que existen cosas en esta vida que pueden perdurar si se quiere, que pueden atravesar las peripecias y los años. Llevamos existiendo poco menos de dos décadas, y esa afirmación, “somos amigos de toda la vida”, extravagante por su corta duración, nos otorga un poder extraño: alza verjas preventivas, pero también excluyentes. Nos guarda de que vengan extraños a cuestionar nuestras formas, a destruir los encantamientos de este mundo forjado íntima y cautelosamente. También nos condena a una especie de grupo sectario, paranoico. En nuestras risas, en nuestros juegos, en nuestras miradas colgamos un cartel de cerrado. Tampoco es que sepamos hacerlo de otra forma: la amistad necesita de elecciones, de ignorancias estratégicas, de lealtades injustas. Más todavía, nos gusta decir que todos somos mejores amigos, y aunque es verdad que ninguno de nosotros cree en que exista algo así como un único gran amigo, en el fondo todos sabemos que nuestra amistad está repleta de jerarquías. Son jerarquías ingenuas, de algún modo orgánicas e inevitables, pero formas de poner a los unos por encima de los otros, al fin y al cabo. Tino, tú eres mi mejor amigo.











