Juan Gil-Albert, poeta de la Generación del 27, de origen burgués, abrazó la causa republicana, vivió el exilio y regresó a España sin renunciar a su elegancia
Imagino al poeta Juan Gil-Albert con zapatos de dos tonos, blanco y café, vestido con una guayabera de lino y sentado en un sillón de mimbre bajo un magnolio de balneario, frente a un refresco de granadina. Este poeta de la Generación del 27 era vástago de un rico industrial alcoyano. Su primer recuerdo de niño fue, a principios del siglo pasado, aquella nube de polvo gris que producía el Hispano Suiza descapotable familiar en el viaje de Alcoy a Alicante a tomar los baños. Gil-Albert iba vestido de marinerito, el conductor usaba guardapolvo y anteojos de buzo y, a su lado, las señoras envolvían las pamelas con gasas anudadas en la barbilla.
“En casa utilizábamos el Hispano Suiza para la carretera. En la ciudad nos hacía servicio un Ford cerrado, tapizado como una salita, de pañete gris perla y que estaba provisto de un pequeño teléfono con el receptor de carey para comunicarnos con el chófer sin necesidad de levantar el cristal delantero. El techo podía abrirse y quedaba doblado a los lados en forma de landó”.
Cuando tenía 10 años, su familia se fue a vivir a Valencia y allí, en Alcoy, quedó la casa solariega dentro de un estuche de yedra con jardín de fuentes y chopos, rodeado por un rústico muro de piedra, adonde volvían para pasar los veranos en aquel pequeño valle entre fábricas de tejidos, de borra, de papel. De niño, allí vio, por primera vez, a unos señores extraños que se llamaban obreros, gente que se movía en una atmósfera de hollín, canturreando entre turbinas aceitosas y correajes giratorios. En Valencia comenzó a estudiar el bachillerato con los escolapios. Iba al colegio en un carruaje tirado por una yegua que se llamaba Clavellina, y en aquel caserón se produjo un hecho que marcó su destino. Fue cuando, acabado su turno de lectura en voz alta de un fragmento del Quijote, el padre Olucha le puso la mano en la frente, a modo de bendición, y le llamó artista.
Gil-Albert rompió de pronto a escribir en prosa y luego, en 1934, publicó el primer libro de versos. Contra todo pronóstico, cuando llegó la República, aquel joven dandi tomó el partido del pueblo, de aquellos extraños seres que en su dorada niñez había visto moverse dentro de una nube de borra en Alcoy; siguió a su lado durante la revolución de Asturias y al llegar la guerra se alistó en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Fue secretario de la revista Hora de España y salió saltando barrancos hacia el exilio.
“En México, un día, me crucé por la calle con el poeta León Felipe. Se detuvo a saludarme. Me vio hecho un mendigo. ‘¿Cómo vas sin abrigo?’, me dijo. ‘Ven mañana a casa’. Un grupo de escritores norteamericanos había girado fondos para remediar situaciones lastimosas entre los refugiados, y León Felipe era el encargado de administrarlo. Me dio un cheque. Y, en seguida, pese a que estaba muerto de hambre, me fui a una elegantísima tienda inglesa. Me armé de valor y entré. Elegí un suéter y para llevarlo con él una leve corbata de fular color humo con pequeñas motas blancas; pedí también los productos Yardley, jabón de afeitar, polvos de talco, loción y sales. Luego pagué las compras con un gesto desprendido que había olvidado”.
En los años ochenta del siglo pasado solo los amigos y algún especialista sabían que en Valencia vivía un gran poeta olvidado, un raro y exquisito producto de la Generación del 27 que había regresado del exilio en 1947, de puntillas, por la puerta falsa y se había instalado en silencio a hilar versos sin molestar a nadie.
“Apenas llegué a España, después de ocho años de exilio en México, al bajar del tren mi cuñado, con una cara muy seria, me dijo: ‘Tú vienes y yo me voy’. El sabía perfectamente que tenía un cáncer y duró seis meses. De pronto me vi como el único varón vivo de toda la familia y tuve que asumir la responsabilidad de dirigir el negocio de casa. Yo no tenía la menor idea de aquello, me había pasado la vida haciendo versos, sin preocuparme de nada. Los amigos se echaron las manos a la cabeza al verme en lo alto de una sociedad anónima, pero yo no tuve nada que ver con el hundimiento de nuestra economía familiar, aunque algunos socios me culparan del desastre”.
El poeta contempló la llegada de la ruina con impasibilidad estética. Atrás quedó un esplendor esfumado de donde Gil-Albert comenzó extraer sensaciones como un Proust a la valenciana.
“Ando un poco abatido estos días —me dijo durante aquella entrevista—. Últimamente he caído en unas depresiones tremendas, tengo extraños mareos, me he hecho analizar por mi médico Gabriel Duyos y parece que después de todo me ha traído una buena noticia. Me ha dicho que no pase cuidado, que la mía es una enfermedad elegantísima. Se trata de una alergia, tal vez de una alergia al polen de las rosas amarillas”. Gil-Albert murió el 4 de julio de 1994 en Valencia, a los 90 años.
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Imagino al poeta Juan Gil-Albert con zapatos de dos tonos, blanco y café, vestido con una guayabera de lino y sentado en un sillón de mimbre bajo un magnolio de balneario, frente a un refresco de granadina. Este poeta de la Generación del 27 era vástago de un rico industrial alcoyano. Su primer recuerdo de niño fue, a principios del siglo pasado, aquella nube de polvo gris que producía el Hispano Suiza descapotable familiar en el viaje de Alcoy a Alicante a tomar los baños. Gil-Albert iba vestido de marinerito, el conductor usaba guardapolvo y anteojos de buzo y, a su lado, las señoras envolvían las pamelas con gasas anudadas en la barbilla.











