Un insignificante bichito en el terreno

1.

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 Nos hemos acostumbrado a las imágenes de la destrucción ya sea en La Guaria, en Ucrania o en Gaza  

1.

La metáfora de la Tierra como una madre generosa y paciente es tan común y universal como la propia humanidad. Sobre ella nacemos, de ella nos alimentamos, en ella crecemos y morimos. No sin razón, las cosmogonías más antiguas suelen antropomorfizarla y deificarla. “Que nuestra madre Tierra se envuelva / en una cuádruple túnica de harina blanca / para que se llene de flores de escarcha…” así comienza el poema genesiaco del pueblo zuni de Norteamérica. Y en la India, mil doscientos años antes de Cristo, se escribió en el Rigveda: “El Cielo y la Tierra, tan generosos con todos, preservan el orden y sustentan al poeta del espacio”. Por no hablar de la forma en la que el poema cosmogónico que preside nuestra cultura, escrito en el corazón de la Edad de Bronce, hace más de 3.000 años, describe cómo se engalanó la Tierra. La ciencia desprecia su contenido, pero nuestra imaginación lo utiliza como punto de partida.

Incluso hoy, en plena cultura racionalista, tecnológica y pragmática, seguimos manteniendo intactas esa antropomorfización y deificación para subrayar la esencialidad de la Tierra. Hablamos de la Tierra herida por la acción humana en esta fase del Antropoceno, mostramos afecto por el planeta como si fuera una víctima sensible y les decimos a los niños que tiren la basura como es debido para que la Tierra, enfadada por el daño que le causamos, haga las paces con nosotros. Y resulta hermoso y útil, porque así nos inscribimos como seres espirituales en un espacio al que atribuimos sentimiento y espíritu, y ello nos redefine como seres humanos.

2.

Pensar en la sensibilidad de la Tierra hacia nosotros, como si fuéramos sus hijos, no se corresponde sin embargo con la realidad. Tomé conciencia de esta condición de indiferencia cuando era muy joven, al leer los manuales de supervivencia del ejército portugués durante las guerras coloniales en África. En ellos se aconsejaba a los soldados que no contaran nunca con la solidaridad de la tierra cuando se adentren en la selva. Para ella, no existían; el entorno natural era un espacio completamente indiferente al destino humano. Y así es. Pero esta indiferencia nunca se hace tan evidente como cuando un terremoto devastador azota una región o una ciudad.

Aún está por demostrar la relación entre los movimientos profundos de la corteza terrestre y el efecto de la acción humana sobre la superficie. Pompeya, sepultada bajo las cenizas del Vesubio en el año 79 d.C., o Lisboa en pleno siglo XVIII, devastada por un terremoto de magnitud 9, son hechos que se produjeron cuando aún no se sentían los efectos del calentamiento global. Vincular lo que acaba de suceder en Venezuela con el Antropoceno resulta excesivamente forzado. Y, sobre todo, completamente absurdo, cuando se dice que la Tierra está enfadada con el régimen fantasma de Delcy Rodríguez y, por lo tanto, se ha vengado.

Lo ocurrido con el secuestro de Maduro y su posterior sustitución por su mano derecha parece pertenecer al ámbito de la ficción esotérica, pero nada tiene que ver con el terremoto de magnitud 7 que causó la muerte de cuatro mil personas y dejó a otros muchos miles sin hogar en La Guaira. Que en pleno siglo XXI el movimiento de las placas tectónicas siga asociándose con castigos de índole espiritual y divina es absurdo. Pura y sencillamente, la Tierra, como planeta joven, es un organismo vivo en movimiento que tiembla. Solo los avances de la sismología y las medidas de prevención pueden hacer frente a lo que pertenece al orden de la naturaleza geológica para alertarnos y protegernos.

3.

Sobre este tema, Portugal tiene una antigua historia que contar. El 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, las iglesias de Lisboa estaban abarrotadas. A las once de la mañana, un temblor de altísima intensidad sacudió la ciudad, seguido de incendios generalizados y un maremoto que destruyó lo que quedaba en pie. 40.000 personas desaparecieron en Portugal, 100.000 si se incluye el sur de España y el norte de África. El desastre fue gigantesco y provocó una enorme conmoción en Europa.

Tras la tragedia, el concepto de un mundo organizado, tal como lo había imaginado Leibniz, fue desmantelado por filósofos como Voltaire, quien, en el poema que dedicó a la destrucción de Lisboa, escribió: “Elementos, animales, humanos, todo está en guerra. Hay que reconocerlo, el mal se cierne sobre la Tierra”. Y sobre la imposibilidad de encontrar un orden legible, escribió: “Lisboa está en ruinas, pero la gente baila en París”. Además, en la capital lusa, ese día, mientras conventos e iglesias se derrumbaban sobre los fieles, se dice que la calle de los burdeles permaneció intacta. Rousseau y Kant polemizarían sobre este desastre y el desorden que revelaba, lo que reforzaría la razón de los enciclopedistas. Europa vivía en plena Ilustración. Portugal tenía como primer ministro al marqués de Pombal, defensor de las nuevas ideas. Se hizo célebre por iniciar de inmediato la reconstrucción de la ciudad, utilizando técnicas arquitectónicas modernas cuyos edificios aún siguen en pie y son ejemplares.

4.

Eso no quiere decir que todo se hiciera en paz. La superstición y el oscurantismo estaban profundamente arraigados. Para los jesuitas, por ejemplo, la culpa recaía en los pecados de la corona, debilitada por los principios racionalistas, y abogaban por promover procesiones, letanías y sacrificios en lugar de la reconstrucción. Un fraile de origen italiano, Gabriel Malagrida, desempeñaría un papel extraordinario en todo este proceso. Acabaría ejecutado en el garrote vil y quemado por la Inquisición estatal, pero su historia como fundamentalista cegado por la superstición es un espantajo que aún resuena en nuestros días. No sabemos qué pensaría un Malagrida moderno, pero el terremoto de Venezuela, cuyas víctimas emergen dramáticamente de entre los escombros y las ruinas, ocurrió porque el interior de la Tierra, ajeno a regímenes y fronteras trazados en su superficie, se movió y se ajustó. Tal vez no sea inútil subrayar que el núcleo de la Tierra está formado por materia ígnea, por una gigantesca bola de fuego sobre la que despertamos y dormimos.

5.

Por lo tanto, conviene recordar que si la catástrofe de La Guaira pasa desapercibida en las televisiones es porque las imágenes de su destrucción son extraordinariamente parecidas a las de las ciudades arrasadas de Ucrania a las que nos hemos acostumbrado durante cuatro años, eclipsadas a su vez por las de Gaza y Líbano. Tal semejanza visual, consecuencia de razones tan distintas —las que rigen las guerras y los terremotos—, hace que se anulen mutuamente y, por desgracia, se vuelvan equivalentes. Pensando en esta diversidad, recordé una vez más el final del Canto I de Os Lusíadas, escrito en el siglo XVI y de eterna memoria. Anunciando los trabajos en tierra y en mar que se narrarían a lo largo del poema, Luís de Camões se preguntaba: “¿Dónde se acogerá un flaco humano, / dónde tendrá segura su corta vida, / en que no se arme y se indigne el Ciel sereno / contra tan insignificante bichito en el terreno?“. Ojalá viviera Camões para que pudiera narrar con su genio el brutal desorden que estamos viviendo.

 

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