PokémonXP, la primera convención oficial para los pokemaníacos, invade el centro de San Francisco
Los cuerpos en las calles de San Francisco, EE UU, están cansados, pero los rostros esconden un fuego que demuestra que lo físico no alcanza para frenarlos: siempre se puede cargar una bolsa más, siempre hay algo más que descubrir. Bolsas blancas pequeñas con dibujos de Eevee, amarillas medianas con Pikachu o las más grandes y azules decoradas con Snorlax. Las tiras de todas ellas cuelgan de los hombros de los 50.000 asistentes a lo largo de tres días en dos puntos de la ciudad. De las bolsas asoman los más suaves y coloridos peluches de cuanto Pokémon sea, tablas de skate, sudaderas, joyería y cantidades industriales de paquetes de cartas listos para ser abiertos —frente a una cámara, compartiendo la experiencia o ante los ojos expectantes de los que pasan por al lado— y revelar con qué pequeño tesoro, o no, bendecirán a los coleccionistas. La ciudad junto a la bahía contiene la respiración por un momento, a ver si se deja desbordar por estos apasionados fanáticos, pero aguanta: esto es PokémonXP, el primer evento oficial de la afición que este año ha cumplido tres décadas de dominación cultural.
En el barrio central de South of Market, o SoMa, las multitudes se agolpan en filas eternas ante los distintos accesos a los distintos edificios del Moscone Center, un enorme centro de convenciones al que este año los monstruos de bolsillo han decidido llamar su hogar para una dupla de eventos, PokémonXP y el Mundial de Pokémon (del 28 al 30 de agosto). El director global de esports de la Pokémon Company y encargado de organizar eventos como XP, Chris Brown, explica a EL PAÍS que la intención detrás de esta convención es apelar a “aquellos fans más alejados, que piensan que los grandes torneos como este Mundial no son para ellos”. “Cada año invertimos más en esta competición (…); hace diez años [la última vez que se disputó en San Francisco] teníamos cuatro mil asistentes, ahora son cincuenta mil”, destaca, al tiempo que abaraja cómo seguirán creciendo las cifras en los próximos 30 años de la saga, aunque reconoce que esa siguiente etapa le tocará a su sucesor.
Lo que D23 es a Disney y Marvel, XP lo es a Pokémon. Un espacio para que los fanáticos se disfracen, puedan conocer a sus criaturas favoritas, para participar de paneles y gritar anuncios. Como la colaboración con el estudio británico Aardman, el estudio stop motion detrás de Wallace y Gromit, para crear Las desventuras de Sirfetch’d y Pichu, una serie muda que muestra a la dupla titular en una aventura de caballeros.
En los rebuscados pasillos y expansivos salones del Moscone Center, las personas corren de un lado a otro; los gritos de exaltación ante cada pequeño detalle descubierto son una constante; cada pin —solo entre los que se pueden obtener gratis, Pokémon ha fabricado más de 300.000— obtenido e intercambiado es un triunfo. Entre esas multitudes que todo buscan descubrir hay gente como Julia y Gabriel Wright, un dúo local de San Francisco que pasea haciendo cosplay de miembros del Equipo Rocket. “Queríamos hacer un disfraz por día y comenzamos con Rocket por lo icónicos que son y además es algo divertido de hacer en pareja”. Piensan cerrar la final del domingo disfrazados de la pareja de pokéfans, aunque ella confiesa que el verdadero fan es su novio, que juega desde la era del Game Boy Advance, mientras que ella es “más de todas las cosas que sean adorables”.
Una convención de esta escala no estaría completa sin las interminables posibilidades de comprar, como las que hay en un Centro Pokémon, enormes tiendas exclusivas y siempre abarrotadas que emulan a sus equivalentes en los juegos —sirven, por ejemplo, de identificador de asistencia de cada seguidor de la saga las mochilas especiales que portan: acá un Honolulu 2024, allá una Londres 2022—. También están los que estrenan en el medio, como los Ávila Gonzales, una familia de Veracruz, México, que esperan en una larga fila a la sombra del centro de convenciones para entrar a la megatienda. Explican que están muy emocionados porque se trata de la primera vez que pueden hacer el viaje: sus dos hijos han clasificado en la categoría seniors (de 13 a 15 años) del juego de cartas y compiten en el Mundial.
Si el coleccionar es un indicador tan importante de cuán en serio se toma uno su pertenencia al fandom, existen personas como Audrey Violet (20) del noroeste de Arkansas, que viaja por el mundo recolectando productos, muchas veces solo disponibles en Japón, para poder intercambiarlos con otros. Esto se hace en espacios específicos de “colección e intercambio”, según cuenta la joven, que se apura a señalar que los cambios son acordados entre las personas y no pueden involucrar dinero. Ella se especializa en traer unos pequeños tokens plásticos llamados mezastars, que de momento solo es posible conseguir en el Japón natal de Pokémon, y algunos otros países asiáticos.
La cuestión es, con decenas de miles de personas pululando por doquier, ¿cómo se controla esto? Con “más de 2.000 personas”, según Chris Brown de Pokémon Company. Equipos de seguridad, traductores, personal internacional de la saga y profesores Pokémon. Como Natalia Rubio (30), de Barcelona, que ya acumula la experiencia de una década como profesora Pokémon. Especializada en el juego de cartas, todavía recuerda con una sonrisa el examen que tuvo que dar para ganar su título oficial, el mismo que personajes como el fundacional Profesor Oak.

En el universo, los profesores guían a los entrenadores que dan sus primeros pasos y aquí Rubio hace lo mismo. “Lo que me gusta es ayudar a que los niños salgan felices de los torneos”, relata Rubio mientras sus ojos escanean la habitación donde habla con EL PAÍS. Solo hacen falta unos pocos momentos hasta que se topa con la mirada expectante de un joven jugador que observa confundido una carta.
Enseguida retoma su labor, algo que hará a lo largo de todo el evento, atenta a su alrededor: “Me gusta ayudar a que la competición crezca”, que más gente se sume, porque le recuerda a cómo fue ayudada por dos amigos para “sacarme el título de profesora”. Pokémon sigue creciendo porque sus fans quieren que crezca, y si en 30 años ha llegado a este punto, quién sabe qué alturas crecerá la casa de Pikachu.
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Los cuerpos en las calles de San Francisco, EE UU, están cansados, pero los rostros esconden un fuego que demuestra que lo físico no alcanza para frenarlos: siempre se puede cargar una bolsa más, siempre hay algo más que descubrir. Bolsas blancas pequeñas con dibujos de Eevee, amarillas medianas con Pikachu o las más grandes y azules decoradas con Snorlax. Las tiras de todas ellas cuelgan de los hombros de los 50.000 asistentes a lo largo de tres días en dos puntos de la ciudad. De las bolsas asoman los más suaves y coloridos peluches de cuanto Pokémon sea, tablas de skate, sudaderas, joyería y cantidades industriales de paquetes de cartas listos para ser abiertos —frente a una cámara, compartiendo la experiencia o ante los ojos expectantes de los que pasan por al lado— y revelar con qué pequeño tesoro, o no, bendecirán a los coleccionistas. La ciudad junto a la bahía contiene la respiración por un momento, a ver si se deja desbordar por estos apasionados fanáticos, pero aguanta: esto es PokémonXP, el primer evento oficial de la afición que este año ha cumplido tres décadas de dominación cultural.











