La reportería requiere de una energía física que se agota con el tiempo. “Nada más”, concede Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 77 años), una de las grandes cronistas de la vida social y política de América Latina por más de cuatro décadas, al señalar que Esta improbable tierra prometida (Debate, 2026) será su último libro de reportajes. “Muchos de los textos sobre la violencia son simplemente un esfuerzo por entender lo que me resulta asombroso e inexplicable”, explica de paso por Colombia, un país que asume como propio y es escenario de varias de esas historias. La introducción a su vida como reportera a lo largo y ancho de la región, de hecho, comienza con la masacre de 1988 en Segovia, en Antioquia, la primera y la más grande de las docenas de masacres paramilitares que se dieron a lo largo del siguiente cuarto de siglo, y que ocurrió mientras vivía en Bogotá.
La reportería requiere de una energía física que se agota con el tiempo. “Nada más”, concede Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 77 años), una de las grandes cronistas de la vida social y política de América Latina por más de cuatro décadas, al señalar que Esta improbable tierra prometida (Debate, 2026) será su último libro de reportajes. “Muchos de los textos sobre la violencia son simplemente un esfuerzo por entender lo que me resulta asombroso e inexplicable”, explica de paso por Colombia, un país que asume como propio y es escenario de varias de esas historias. La introducción a su vida como reportera a lo largo y ancho de la región, de hecho, comienza con la masacre de 1988 en Segovia, en Antioquia, la primera y la más grande de las docenas de masacres paramilitares que se dieron a lo largo del siguiente cuarto de siglo, y que ocurrió mientras vivía en Bogotá. Seguir leyendo
La reportería requiere de una energía física que se agota con el tiempo. “Nada más”, concede Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 77 años), una de las grandes cronistas de la vida social y política de América Latina por más de cuatro décadas, al señalar que Esta improbable tierra prometida (Debate, 2026) será su último libro de reportajes. “Muchos de los textos sobre la violencia son simplemente un esfuerzo por entender lo que me resulta asombroso e inexplicable”, explica de paso por Colombia, un país que asume como propio y es escenario de varias de esas historias. La introducción a su vida como reportera a lo largo y ancho de la región, de hecho, comienza con la masacre de 1988 en Segovia, en Antioquia,la primera y la más grande de las docenas de masacres paramilitares que se dieron a lo largo del siguiente cuarto de siglo, yque ocurrió mientras vivía en Bogotá.
Pregunta. Es su tercera recopilación de historias sobre América Latina. ¿Ya no queda nada del espíritu celebratorio que tenía Al pie del volcán te escribo (1995)?
Respuesta. Definitivamente queda menos. Creo que los problemas de América Latina en estos 40 años han aumentado. El principal ha sido el narcotráfico, y lo que ha traído es un aumento espantoso de la violencia, y la migración y los desplazamientos. Y, en gran medida también, los desequilibrios económicos. Entonces sí, me parece que hay menos que celebrar que en el primer volumen. Sin embargo, hay artículos que son festivos, porque América Latina es una zona vital y festiva.
P. El título del libro es una frase de un reportaje sobre la búsqueda de la paz en Colombia y el retorno de los pobladores de El Salado después de una masacre. ¿Qué le impactó tanto de ese retorno?
R. Que no había nada. Me impactó muchísimo esa necesidad de volver, esa cosa de “ahí me ha ido mal, pero yo de ahí soy”. Ese aferrarse a la tierra, que es muy rural, en toda América Latina. A mí me platicaron El Salado como que era una gran cosa, una epopeya del retorno, del proceso de paz, del involucramiento del Estado y la inversión privada. Y cuando llegué, es que ahí no había nada. A eso quisieron volver. Me conmovió mucho esa voluntad de ser optimistas, de insistir en buscar algo mejor; y buscarlo ahí, donde estaba su raíz. Sí, me conmovió mucho.

P. Casi 10 años después, ¿cuál es su balance del acuerdo de paz con la extinta guerrilla de las FARC?
R. Qué desastre. Es que Colombia lo hace una y otra vez. Se firma un acuerdo de paz fallido, en el que se insiste, además, por parte del Estado, en que todo el país lo apruebe. Es sabido que, después de una época de gran violencia, las víctimas no quieren perdonar. Con todas esas fallas, se firma un acuerdo de paz. Uno. Y los gobiernos que siguen se dedican a desmontarlo. Es que Colombia también tiene esa voluntad un poco suicida. Entonces, ¿qué queda del proceso de paz? A mí me parece que cero.
P. El del acuerdo de paz, ¿es un reportaje sobre los sueños rotos de Colombia?
R. Yo hablé del proceso de paz. Creo que hay otros sueños también, que se hacen más difíciles en la ausencia de la paz. Pero los sueños de prosperar existen. Por ejemplo, la manera de combatir la pandemia fue de lo mejorcito que se dio en el mundo. No creo que Colombia sea un país destrozado, no, es un país con graves problemas de violencia. Es otra cosa. Siempre me recuerdo a mí misma que, cuando se desmovilizaron las FARC, era un número altísimo de guerrilleros. Y eran menos de 20.000, en un país de 50 millones de habitantes. Entonces, hay un país por fuera de la violencia; que se mueve, que trabaja, que construye su casita, que estudia, que manda a los hijos a la universidad por primera vez. Gente que nunca terminó la escuela mandando a sus hijos a la universidad, es un fenómeno que me impacta mucho. No son 10 años perdidos, son 10 años paralelos a un fracaso lamentable y trágico, que es el fracaso del proceso de paz.
P. ¿Son también los sueños rotos de América Latina?
R. Son los sueños rotos del proceso de paz, insisto. América Latina no es un sueño roto. Es una región de inmenso potencial no realizado, postergado; de extraordinaria creatividad; de gobiernos lamentables, que no invierten en su gente, que prefieren invertir en la violencia que hacerlo en la educación. Pero no es una zona de desastre.
P. Si uno lee los reportajes sobre América Latina, el ánimo no es muy optimista.
R. No, porque la violencia es un estorbo para todo. Aparte de que es un drama y una tragedia, la violencia estorba. Pero también estorba un presidente de Estados Unidos que llega e impone tarifas [aranceles] absurdas. Ese no es un problema inherente de América Latina, sin embargo, es un problema. El medio ambiente es otro problema grave que comparte con el resto del mundo. Pero aquí estamos, todo el mundo, haciendo la luchita.
P. Usted se estrenó como reportera en Nicaragua, y despertaba una ilusión…
R. Enorme.
P. ¿La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo es el ejemplo más crudo, o grotesco, de ese tránsito de la ilusión a la desgracia en la región?
R. Es el ejemplo, de este siglo, de cómo los sueños utópicos suelen terminar en pesadilla. Porque las utopías son rígidas, buscan la perfección y se vuelven un criadero de corrupción, de cinismo y de monopolio del poder. En este siglo no hay nada comparable. Un desastre. De mi primera colección a esta, de ese primer reportaje a estos dos últimos, se mide la destrucción de los sueños revolucionarios de América Latina. Pero ojo, la destrucción de los sueños revolucionarios no es la destrucción de los sueños de América Latina.

P. Reconoce que vivimos tiempos realmente oscuros. ¿Hay razones para mantener la esperanza en América Latina?
R. Sí. Falta ver cómo nos golpea la crisis del medio ambiente, que es la más grave que enfrenta el mundo. Contamos con una naturaleza extraordinaria, con agua, con niveles educativos que han ido en aumento, con una fuerza laboral sana. Entonces, lo que da esperanzas es la gente. La fortaleza de las instituciones no oficiales, como esta cosa que tienen los latinoamericanos de la familia y el cuidado mutuo. Eso no se ha desbaratado ni se ha perdido. Hay grandes reservas de energía, de fuerza, de alegría en América Latina.
P. La introducción del libro comienza con la masacre de Segovia cuando vivía en Bogotá, en 1988. ¿Que la llevó a vivir en Colombia, a fijarla como su casa?
R. Yo había estado viviendo en Río de Janeiro, como corresponsal de Newsweek, y no me gustaba. No soportaba el calor y me parecía un sistema de apartheid realmente insidioso el que existía en esa ciudad. Real, físico, medible. Como era la corresponsal para Newsweek de toda Sudamérica, vine varias veces a Colombia y me hice de amigos muy rápidamente. Pero, sobre todo, al sobrevolar el país, decía: ¿Qué es esto? ¿Qué es esta belleza? Yo vengo de un país árido, y ese verde esmeralda me llenó de esperanza.
P. ¿Llegó a considerar a Colombia su hogar?
R. Totalmente. Yo soy ciudadana colombiana.
P. Usted ha sido una migrante. ¿Le alarma la aparición de imitadores de las políticas migratorias de Donald Trump en América Latina?
R. La política de Donald Trump, aparte de ser de una crueldad y de una falta de decencia profunda, me parece que es tonta y ciega. Porque no hemos empezado a ver los fenómenos de migración. Quiero ver la migración de California, por ejemplo, al resto de Estados Unidos. La migración va a ser el sino de este siglo, y pensar que se puede aplastar como si las personas fueran cucarachas, en vez de crear entornos receptivos para la energía humana de los migrantes, es de una falta de luces realmente impresionante.
P. ¿Cuál es entonces el espíritu de Esta improbable tierra prometida?
R. De esperanza. De que no nos damos por vencidos.











