Casi al instante de leer el comunicado mandé en mensaje un abrazo al Editor. Los momentos se volvían minutos al compartir la noticia del fin y recibir a cada momento respuestas de tristeza: se cerraba una editorial entrañable y con ella una era entera de lecturas, libros en constante memoria de estantes e instantes de vida, como estudiante y luego con canas. Se cerraba una ERA. Mi abrazo al Editor era de afecto por años de amistad a cuentagotas y de gratitud como lector, cargado sin decirlo de tristeza no exenta de coraje por las condiciones enfangadas de un mercado editorial mexicano que el propio comunicado señalaba como motivo del cierre y el creciente número de mensajes solidarios que me llegaban como pésame sintonizaban en calificar el desahucio como otra consecuencia de la pandemia que pudiendo haber mejorado al mundo entero con aquella asepsia obligatoria del confinamiento, produjo -hasta el Sol de hoy- la resequedad de las gargantas, las iras y los ir y venir del vacío. El comunicado hablaba de las condiciones de un mercado mancillado e insinuaba la cíclica cloaca del analfabetismo funcional a contrapelo de cientos de mensajes solidarios como plañideras por las portadas invaluables, el catálogo de autores inmortales y aquella tarde lluviosa en que Ella me regaló una novela titulada con su propio nombre.
El comunicado hablaba de las condiciones de un mercado mancillado e insinuaba la cíclica cloaca del analfabetismo funcional a contrapelo de cientos de mensajes solidarios como plañideras por las portadas invaluables
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El comunicado hablaba de las condiciones de un mercado mancillado e insinuaba la cíclica cloaca del analfabetismo funcional a contrapelo de cientos de mensajes solidarios como plañideras por las portadas invaluables


Casi al instante de leer el comunicado mandé en mensaje un abrazo al Editor. Los momentos se volvían minutos al compartir la noticia del fin y recibir a cada momento respuestas de tristeza: se cerraba una editorial entrañable y con ella una era entera de lecturas, libros en constante memoria de estantes e instantes de vida, como estudiante y luego con canas. Se cerraba una ERA. Mi abrazo al Editor era de afecto por años de amistad a cuentagotas y de gratitud como lector, cargado sin decirlo de tristeza no exenta de coraje por las condiciones enfangadas de un mercado editorial mexicano que el propio comunicado señalaba como motivo del cierre y el creciente número de mensajes solidarios que me llegaban como pésame sintonizaban en calificar el desahucio como otra consecuencia de la pandemia que pudiendo haber mejorado al mundo entero con aquella asepsia obligatoria del confinamiento, produjo -hasta el Sol de hoy- la resequedad de las gargantas, las iras y los ir y venir del vacío. El comunicado hablaba de las condiciones de un mercado mancillado e insinuaba la cíclica cloaca del analfabetismo funcional a contrapelo de cientos de mensajes solidarios como plañideras por las portadas invaluables, el catálogo de autores inmortales y aquella tarde lluviosa en que Ella me regaló una novela titulada con su propio nombre.
Instantes se volvieron minutos que a las pocas horas mostraron otro comunicado donde la editorial ERA edulcoraba el comunicado inicial con una suerte de aclaración como placebo: no se cerraba del todo al minimizar su presencia en librerías, al ir gradualmente evaporándose como si nos confiara que se irían hasta se fueran volando los saldos y se equilibraría la cuenta T de los muchos debes y el magro haber. Ya olía diferente la resaca de la desolación y más aún en cuanto desde Palacio Nacional se decretaba un rescate revolucionario.
Mantuve intacto mi lamento y mi abrazo. En mi memoria seguía eléctrico el recuerdo de hace apenas unos años cuando en la FIL Guadalajara fui testigo emocionado por el valor heroico del Editor mentándole la madre a un Comisario en potencia que fardaba habernos metido doblada sus ambición enrevesada y su filiación deslenguada. El Editor lo encaraba sin miedo en los pasillos, con otro gallo y otros editores, autores y lectores que se alzaban a favor del libro como parte de uno mismo y así fui evocando el paso de las décadas, los minutos de conversación y coincidencia con el Editor y los muchos libros que me atan a su catálogo. No sin cierta culpa pensé en las muchas veces al paso de ya más de una década en que tuve que irle diciendo al Editor que aún no estaba terminada una novela que le prometí escribir a José Emilio Pacheco con la atrevida ilusión de publicarla en ERA. Con ironía indescifrable creo que esa novela ya está para imprenta, pero para leerse en otros tiempos y tipografías. En otra era.
Se cerraba o languidecía la ERA de las ediciones históricas, la de los lomos gastados y páginas dobladas en puntas como veleros y subrayados anónimos: una Era anterior a las pantallas por todos lados y tamaños, con mecanismos de distribución como antiguas panaderías y ese juego de resignación y solidaridad de los autores ante las regalías… entonces recordé nítidamente los soleados momentos en los que conversé por azar con el Editor en San Ángel, allí en la escondida Plaza de los Arcángeles, relicario de bugambilias y sosiego donde en otra era cortejé a mi novia, luego fotografiados allí mismo de boda y más tarde multiplicados por hijos en parejas con el paso de los viejos libros de ERA que leía de estudiante en esa misma plaza donde el Editor feliz me confiaba haber comprado una casa. Creo incluso que terciaba el momento un arquitecto que se encargaría de pormenores a corregir bajo el arco de cantera que parece reliquia o la herrería de las ventanas virreinales… casi en la misma época en la que la que una autora de grandes ventas se quejaba del maltrato en sus regalías (por lo que retiraba sus títulos del catálogo) y pocos años después supimos de la salida póstuma de todos los libros del propio José Emilio Pacheco hacia otro sello quizá más responsable y responsivo con los dineros que merecen ahora cada uno de sus versos y cuentos, novelas y legados aunque todos vistan un simbólico luto por su fin de ERA.
De la primera reacción en Palacio Nacional se desprendió otra perla placebo del populismo: será a través del paladín al que le mentábamos la madre en la FIL Guadalajara el llamado rescate a través de engañosas dádivas. El Politburó se pinta generoso y promete comprar miles de ejemplares de los libros que aún pertenecen a una ERA perdida (títulos de saldo, que no las ediciones de autores cuyos derechos ha tiempo cambiaron de era o época), además de proponerse reeditar una docena de títulos indispensables (elegidos a criterio de cuates) que se imprimirán en el baratísimo y solidario papel higiénico, engrapado con chinchetas no más que proletarias para que vuelen literalmente por los pueblos polvorientos y además, una serie de ventas nocturnas propias del nuevo ejército de salvación y el privilegio populista de una venta en la antigua residencia presidencial (ubicada frente a una antigua montaña rusa) para que marchantes y mendigos puedan comprar a granel ideología trasnochada, tal como cuando las brigadas abren los graneros para soldaderas y pelones al filo de las vías revolucionarias de un tren de mentiras.
¿Será oportunidad para que más y más lectores descubran el ensayo cetáceo Llamadme Ismael de Charles Olson o desempolvar todo un Paradiso de José Lezama Lima? Quizá sea el masivo móvil de ventas para los cinco tomos de Documentos Zapatistas y las cartas del Subcomandante Marcos (en esta era llamado Galeano) ahora que quizá vuelvan las huestes enmascaradas al Zócalo de la ahora Ciudad de México (habiendo venido en otra era al D.F.) en apoyo irrestricto a las Madres Buscadoras que no son recibidas ni bien vistas en Palacio Nacional, tal como las otras editoriales independientes que no merecen ventas de sus bodegas en espacios públicos (a menos de que paguen derecho de piso) y no merecen rescates de catálogos ni reordenamientos por decreto de sus cuentas pendientes y entonces, transformo mi abrazo en un intento masivo por unirme a miles de lectores que supuramos la resignación impotente ante las ocurrencias contradictorias del ogro filantrópico de esta era, el monopolista cuasi neoliberal que se viste de rojo para gula ideológica, maná del movimiento y mi abrazo inicial queda entonces no más que como despedida.
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