La cumbia chicha, refugio de los migrantes rurales del altiplano

Las cholitas alinean el meneo de sus coloridas polleras con el de sus dos largas y bien amarradas trenzas. El taco de sus sandalias de charol golpea el suelo del escenario para seguir el son de los teclados electrónicos, sintetizadores y batería, que acompañan con sus agudas y penetrantes voces, tan tradicionales del altiplano y valle boliviano. La prehispánica y alegre melodía del huayño se fusiona con el moderno ritmo tropical en la cumbia chicha, uno de los máximos símbolos del sincretismo cultural en Bolivia. Comenzó a tocarse en los tugurios, en las periferias de las ciudades donde llegaban los migrantes del campo. Hoy es un éxito que se replica en fiestas patronales, en los salones de los lujosos edificios de la burguesía aimara —los cholets—, en bautizos, discotecas y fiestas de graduación.

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 Las cholitas alinean el meneo de sus coloridas polleras con el de sus dos largas y bien amarradas trenzas. El taco de sus sandalias de charol golpea el suelo del escenario para seguir el son de los teclados electrónicos, sintetizadores y batería, que acompañan con sus agudas y penetrantes voces, tan tradicionales del altiplano y valle boliviano. La prehispánica y alegre melodía del huayño se fusiona con el moderno ritmo tropical en la cumbia chicha, uno de los máximos símbolos del sincretismo cultural en Bolivia. Comenzó a tocarse en los tugurios, en las periferias de las ciudades donde llegaban los migrantes del campo. Hoy es un éxito que se replica en fiestas patronales, en los salones de los lujosos edificios de la burguesía aimara —los cholets—, en bautizos, discotecas y fiestas de graduación. Seguir leyendo  

Las cholitas alinean el meneo de sus coloridas polleras con el de sus dos largas y bien amarradas trenzas. El taco de sus sandalias de charol golpea el suelo del escenario para seguir el son de los teclados electrónicos, sintetizadores y batería, que acompañan con sus agudas y penetrantes voces, tan tradicionales del altiplano y valle boliviano. La prehispánica y alegre melodía del huayño se fusiona con el moderno ritmo tropical en la cumbia chicha, uno de los máximos símbolos del sincretismo cultural en Bolivia. Comenzó a tocarse en los tugurios, en las periferias de las ciudades donde llegaban los migrantes del campo. Hoy es un éxito que se replica en fiestas patronales, en los salones de los lujosos edificios de la burguesía aimara —los cholets—, en bautizos, discotecas y fiestas de graduación.

El historiador y escritor sucrense Máximo Pacheco recopila una vida de estudio en las comunidades para narrar en su novela Las desolvidadas del amor cómo los desplazados de sus tierras —por voluntad propia o no— encuentran en la cumbia chicha, chichera o cumbia sureña un refugio frente a la marginalidad a la que les empuja la urbe. Un encuentro de comunión con los suyos en el que pueden expresar su arraigado sentido de pertenencia. El libro fue escrito en 2014; gracias al esfuerzo de los amigos a los que Pacheco envió el borrador, la obra finalmente se editó este mes por Dum Dum Editora y se presenta como uno de los destaques en la Feria del Libro de La Paz, abierta hasta este domingo.

“No he vuelto a escribir ficción nunca más desde entonces. Abandoné el oficio de novelista con ese libro, no tengo tiempo y ando agotado”, cuenta Pacheco desde su oficina de director del Archivo y Bibliotecas Nacionales de Bolivia (ABNB), el mayor resguardo de la memoria documental del país. La labor académica lo mantiene ocupado. Su trabajo frente al ABNB es reconocido por añadir fuentes orales a un archivo que hasta hace unos años solo tenía testimonios escritos. De esas experiencias en los valles interandinos, amalgamando diferentes personas que conoció en el trabajo de campo, surgen sus protagonistas: Margolita y Sirinamelia. Dos mujeres quechuas expulsadas de sus comunidades, víctimas de la misoginia y la violencia sexual, imperantes todavía en la vida rural, pero que encuentran redención en la música chicha.

Margolita es exiliada de su comunidad siendo una niña por su propio padre, luego de que este le echara la culpa por “haberse dejado abusar”, cuando su hija salía del colegio, quedando embarazada después de la agresión. La Defensoría del Pueblo de Bolivia registró entre 2014 y 2024, 4.800 matrimonios de adultos con menores de 18 años, uniones que eran posibles a través del consentimiento de los padres por una excepción del Código de las Familias. La Asamblea eliminó en septiembre, mediante una ley, cualquier salvedad que permitía ese tipo de unión. Sirinamelia, la otra protagonista, nace deforme porque ya era el sexto hijo de su madre, de más de 60 años, víctima de su propio marido, quien la abusa cuando llega a casa borracho.

“Los personajes son de un lugar en el que viví por cinco años, a unos 40 kilómetros de aquí [de Sucre], una zona quechua. No te puedo dar el nombre del lugar porque se enojarán conmigo, he convivido durante mucho tiempo con ellos y no les gusta mucho que los exponga”, confiesa a medias Pacheco. Pero Margolita y Sirinamelia podrían estar inspiradas en cualquiera de las exitosas cantantes o bailarinas actuales de agrupaciones chicha: Floricielo, Yarita Lizeth o Muñequita Milly. Y la banda ficticia que arman y da nombre a la obra, Las desolvidadas del amor, tiene un nombre tan sugerente como el de las bandas reales y taquilleras Virus de Amor, Clímax o Lágrimas por Amor. Agrupaciones musicales que en sus letras expresan sus amores, desengaños o traiciones con un hondo sentimiento de dolor.

Solo entre 2020 y 2024 se registraron más de 250 grupos de cumbia sureña en Bolivia, la mayoría con base en el altiplano y los valles, según datos del Servicio Nacional de Propiedad Intelectual (SENAPI). Muchos de ellos participaron en el primer festival especializado del país, el Chicha Fest, cuya primera edición se celebró en 2022 y reunió a alrededor de 30.000 personas. Al día siguiente titulaba un antiguo periódico de La Paz: “La cumbia chicha pasa de ser discriminada a la preferida de multitudes”. A día de hoy, el Chicha Fest rota su sede entre ciudades de Bolivia y Perú. También han ayudado a la internacionalización del género Maroyu o Kumbia Fusión con giras en España, Estados Unidos o Argentina, donde los acoge la diáspora quechua y aimara.

En uno de esos eventos transfronterizos, en mayo de 2024, fue detenida la cantante Florelisa, de nombre original Elizabet Flores, por no portar una visa de trabajo. Durante las pesquisas policiales se reveló que entre 2023 y 2024 la artista tuvo más de 120 presentaciones entre Bolivia y Perú, por lo que habría cobrado medio millón de dólares. Un simple atisbo de la industria y la escena que ha creado la chichera, fenómeno con un séquito de investigadores que establecen que nació en Perú en la década de 1960, como parte de la migración de la sierra a Lima. Un ahuaynamiento (del huayño) y andinización de la cumbia colombiana que en Bolivia explotó desde 1990.

El alcance que ha tenido la cumbia andina en Bolivia se mide en canales de televisión exclusivos, productoras y estudios especializados, circuitos comerciales asociados a la venta de CD o con galpones gigantescos dedicados al baile, llamados chichódromos. El universo alrededor de la cumbia chicha es desplegado por Pacheco en su libro, que llama una «novela antropológica en la que recojo mis experiencias en el área rural», en la que hay mitología andina, la cruel violencia del campo, realismo sucio de los márgenes de la sociedad, pero, sobre todo, imágenes del zapateo que despiertan las sonoridades altiplánicas.

Imágenes de cholitas moviendo con las caderas sus polleras para enseñar sus enaguas blancas, los brocados fosforescentes, las cintas de pelo multicolor y los brillos, a modo de adorno, en el rostro de las bailarinas y cantantes.

 

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