La astróloga se materializó ante sus ojos, bajo el marco de una aplicación de videollamadas, con una melena de rizos acartonados y una aurora boreal como fondo de pantalla. Lo primero que Cintia pensó fue que debía de tener su despacho o su habitación muy desordenados para recurrir a algo tan zafio. ¿Y acaso era de fiar alguien así, incapaz de hacer su propia cama antes de una consulta? La cosa no empezó bien, pues, pero la mujer enseguida le dio la vuelta al explicarle a Cintia que su sol en Capricornio y, sobre todo, su luna en Virgo la predisponían a la rigidez y al control, y que estos a menudo se manifestaban a través de una obsesión por el orden y la limpieza, ¿resuena esto contigo? Cintia asintió avergonzada y, a partir de ahí, se quedó calladita y quieta y se limitó a escuchar. Tienes dones en casa 10, cúspide en Acuario, con Urano ahí, en su signo, por lo que te iría bien una carrera relacionada con la tecnología y sin jefes, pero supongo que no estás aquí por eso, sino por lo otro. Cintia abrió mucho los ojos y estuvo a punto de preguntar qué era lo otro, pero la astróloga se contestó a sí misma. El amor, claro, el amor. Ese es el caballo de batalla aquí. Nada menos que una conjunción exacta entre Plutón y Quirón en casa 7. ¿Menuda diversión, eh? A Cintia le parecía cualquier cosa menos divertido que su novio de la adolescencia se hubiera matado en un accidente de tráfico nada más cumplir los 20, que el siguiente hubiese acabado en la cárcel por apuñalar con una botella rota a otro borracho en las puertas de una discoteca o que el más reciente la hubiese dejado plantada un mes antes de la boda, pero, una vez más, no tuvo tiempo de responder a la pregunta de la astróloga porque esta, en realidad, dialogaba consigo misma. Lo más importante es entender que esto no es una maldición —¿había dicho maldición?—, que esto, simplemente, es lo que hay. Había dicho maldición. Como la de la mansión Winchester. Como la de Hill House. Quirón no es una herida que se cure, y con Plutón, no se negocia. Cintia sintió que iba a reventarle la caja torácica, como si le hubieran inyectado muchísimo gas, y comenzó a eructar. No se puede escapar de los planetas maléficos —¿había dicho maléficos?—, porque tienen una función. Nos transforman a través del dolor, ¿entendido? Había dicho maléficos, como en La Bella Durmiente. Y es posible que el drama venga mucho a través de hombres de agua, porque apenas tienes de este elemento en tu carta y tendemos a buscar de aquello que nos falta. Cintia hizo un repaso rápido por su historial amoroso y recordó que al menos dos de sus últimos cuatro novios habían sido Piscis. Y Piscis era un signo de agua seguro, ¿o no? Pero lo mejor para compensar la deficiencia es que nades, que vayas a la piscina, ¿sí? Cintia asintió con el cuello acartonado; parpadeó, tal vez, y de pronto la aplicación de videollamadas se había cerrado y ella miraba aturdida su propio fondo de pantalla, que era una gigantesca duna en el desierto, intentando dilucidar si la sesión había durado cinco minutos o dos horas.
La astróloga se materializó ante sus ojos, bajo el marco de una aplicación de videollamadas, con una melena de rizos acartonados y una aurora boreal como fondo de pantalla. Lo primero que Cintia pensó fue que debía de tener su despacho o su habitación muy desordenados para recurrir a algo tan zafio. ¿Y acaso era de fiar alguien así, incapaz de hacer su propia cama antes de una consulta? La cosa no empezó bien, pues, pero la mujer enseguida le dio la vuelta al explicarle a Cintia que su sol en Capricornio y, sobre todo, su luna en Virgo la predisponían a la rigidez y al control, y que estos a menudo se manifestaban a través de una obsesión por el orden y la limpieza, ¿resuena esto contigo? Cintia asintió avergonzada y, a partir de ahí, se quedó calladita y quieta y se limitó a escuchar. Tienes dones en casa 10, cúspide en Acuario, con Urano ahí, en su signo, por lo que te iría bien una carrera relacionada con la tecnología y sin jefes, pero supongo que no estás aquí por eso, sino por lo otro. Cintia abrió mucho los ojos y estuvo a punto de preguntar qué era lo otro, pero la astróloga se contestó a sí misma. El amor, claro, el amor. Ese es el caballo de batalla aquí. Nada menos que una conjunción exacta entre Plutón y Quirón en casa 7. ¿Menuda diversión, eh? A Cintia le parecía cualquier cosa menos divertido que su novio de la adolescencia se hubiera matado en un accidente de tráfico nada más cumplir los 20, que el siguiente hubiese acabado en la cárcel por apuñalar con una botella rota a otro borracho en las puertas de una discoteca o que el más reciente la hubiese dejado plantada un mes antes de la boda, pero, una vez más, no tuvo tiempo de responder a la pregunta de la astróloga porque esta, en realidad, dialogaba consigo misma. Lo más importante es entender que esto no es una maldición —¿había dicho maldición?—, que esto, simplemente, es lo que hay. Había dicho maldición. Como la de la mansión Winchester. Como la de Hill House. Quirón no es una herida que se cure, y con Plutón, no se negocia. Cintia sintió que iba a reventarle la caja torácica, como si le hubieran inyectado muchísimo gas, y comenzó a eructar. No se puede escapar de los planetas maléficos —¿había dicho maléficos?—, porque tienen una función. Nos transforman a través del dolor, ¿entendido? Había dicho maléficos, como en La Bella Durmiente. Y es posible que el drama venga mucho a través de hombres de agua, porque apenas tienes de este elemento en tu carta y tendemos a buscar de aquello que nos falta. Cintia hizo un repaso rápido por su historial amoroso y recordó que al menos dos de sus últimos cuatro novios habían sido Piscis. Y Piscis era un signo de agua seguro, ¿o no? Pero lo mejor para compensar la deficiencia es que nades, que vayas a la piscina, ¿sí? Cintia asintió con el cuello acartonado; parpadeó, tal vez, y de pronto la aplicación de videollamadas se había cerrado y ella miraba aturdida su propio fondo de pantalla, que era una gigantesca duna en el desierto, intentando dilucidar si la sesión había durado cinco minutos o dos horas. Seguir leyendo
La astróloga se materializó ante sus ojos, bajo el marco de una aplicación de videollamadas, con una melena de rizos acartonados y una aurora boreal como fondo de pantalla. Lo primero que Cintia pensó fue que debía de tener su despacho o su habitación muy desordenados para recurrir a algo tan zafio. ¿Y acaso era de fiar alguien así, incapaz de hacer su propia cama antes de una consulta? La cosa no empezó bien, pues, pero la mujer enseguida le dio la vuelta al explicarle a Cintia que su sol en Capricornio y, sobre todo, su luna en Virgo la predisponían a la rigidez y al control, y que estos a menudo se manifestaban a través de una obsesión por el orden y la limpieza, ¿resuena esto contigo? Cintia asintió avergonzada y, a partir de ahí, se quedó calladita y quieta y se limitó a escuchar. Tienes dones en casa 10, cúspide en Acuario, con Urano ahí, en su signo, por lo que te iría bien una carrera relacionada con la tecnología y sin jefes, pero supongo que no estás aquí por eso, sino por lo otro. Cintia abrió mucho los ojos y estuvo a punto de preguntar qué era lo otro, pero la astróloga se contestó a sí misma. El amor, claro, el amor. Ese es el caballo de batalla aquí. Nada menos que una conjunción exacta entre Plutón y Quirón en casa 7. ¿Menuda diversión, eh? A Cintia le parecía cualquier cosa menos divertido que su novio de la adolescencia se hubiera matado en un accidente de tráfico nada más cumplir los 20, que el siguiente hubiese acabado en la cárcel por apuñalar con una botella rota a otro borracho en las puertas de una discoteca o que el más reciente la hubiese dejado plantada un mes antes de la boda, pero, una vez más, no tuvo tiempo de responder a la pregunta de la astróloga porque esta, en realidad, dialogaba consigo misma. Lo más importante es entender que esto no es una maldición —¿había dicho maldición?—, que esto, simplemente, es lo que hay. Había dicho maldición. Como la de la mansión Winchester. Como la de Hill House. Quirón no es una herida que se cure, y con Plutón, no se negocia. Cintia sintió que iba a reventarle la caja torácica, como si le hubieran inyectado muchísimo gas, y comenzó a eructar. No se puede escapar de los planetas maléficos —¿había dicho maléficos?—, porque tienen una función. Nos transforman a través del dolor, ¿entendido? Había dicho maléficos, como en La Bella Durmiente. Y es posible que el drama venga mucho a través de hombres de agua, porque apenas tienes de este elemento en tu carta y tendemos a buscar de aquello que nos falta. Cintia hizo un repaso rápido por su historial amoroso y recordó que al menos dos de sus últimos cuatro novios habían sido Piscis. Y Piscis era un signo de agua seguro, ¿o no? Pero lo mejor para compensar la deficiencia es que nades, que vayas a la piscina, ¿sí? Cintia asintió con el cuello acartonado; parpadeó, tal vez, y de pronto la aplicación de videollamadas se había cerrado y ella miraba aturdida su propio fondo de pantalla, que era una gigantesca duna en el desierto, intentando dilucidar si la sesión había durado cinco minutos o dos horas.
Resultó que habían sido 50 minutos de los cuales apenas había retenido un puñado de frases, pero la cuestión importante no era esa, sino cómo había acabado ella allí. Sin duda, estaba desesperada. Había llegado al límite de la desdicha, ese en el que los adivinos y los homeópatas parasitan a sus víctimas y las persuaden de elegir la sangre de gallo por encima de la quimioterapia. Por suerte, lo suyo no era cuestión de vida o muerte. Tan solo se había gastado 60 euros para que le dijeran algo que, en el fondo, ya sabía: que no tenía buena suerte en el amor. En fin. Aún era joven. Solo el tiempo podría confirmar si había tenido una mala racha o si la aquejaba una verdadera maldición cósmica. Procuró olvidarse de lo poco que había entendido y no volvió a pensar en los astros hasta que transcurrieron dos semanas y conoció a un hombre muy guapo en un bar. Bueno, ¿quizás no era guapo sino atractivo? Atractivo para ella, claro. Lo suficiente para alejarse de la mesa en la que bebía con sus amigas sin dar explicaciones, como si una fuerza invisible tirara de ella hacia la barra, acercarse a él con la excusa de pedir un trago y fingir que se tocaban al azar. Un contacto mínimo entre dedos y nudillos que pareció propagarse por todo su cuerpo. Que te rocen una yema y sientas que te acaban de comer el coño: eso es lo que buscamos todas, cariño, le dijo más tarde su amiga Bárbara, que era, por cierto, la misma que le había recomendado visitar a la astróloga y la que sugirió que, antes de irse con él a casa, le preguntara su signo zodiacal. Ella desdeñó la ocurrencia de su amiga con suficiencia y se adentró en la noche junto a aquel desconocido, cambiando el bar de copas por una discoteca ruidosa en la que no se podía hablar pero sí se podían hacer otras cosas. Y enseguida pensó que es una forma de destino el modo en que dos cuerpos encajan correctamente, haciendo que resulte fácil lo que en otro contexto podría parecer torpe o ridículo; que la urgencia te empuje contra unos labios y no unos dientes, vaya. Estaban tensando los límites del decoro en un pasillo que conducía a los servicios de la discoteca cuando él soltó un bufido y le suplicó que fueran a su casa. Fue entonces cuando, sin pensarlo demasiado y con una sonrisa que aceptaba sin lugar a dudas la invitación del hombre, Cintia le preguntó su signo zodiacal. Soy del 10 de marzo, creo que eso es Piscis, ¿no?, respondió él divertido, entendiendo que su interés repentino por lo esotérico era una forma de flirteo más, pero a ella comenzaron a movérsele las rectas y los planos, como si las paredes quisieran avanzar hacia ellos para engullirlos. Sintió que todo el alcohol que había ingerido se metabolizaba de golpe y salió corriendo al cuarto de baño para vomitar.
Se despidió apresuradamente, sin dejarle que la acompañara a la parada de taxis siquiera, como una Cenicienta que se ha pasado de hora y se sabe cubierta en harapos, y tan solo consintió en darle su número de teléfono para contentarlo y agilizar la huida. A la mañana siguiente, tenía varios mensajes de él en los que se interesaba por su salud, pero Cintia los ignoró. Pasó la mañana en la cama, imaginándose las formas terribles en las que podría terminar su relación con aquel hombre que, en efecto, guardaba un cierto aire de familia con los hombres anteriores, todos rubios, más bien bajitos, con la mirada lánguida y transparente y los dedos largos y blancos. Accidentes de coche, secretos terribles que se aireaban cuando el proyecto de vida común parecía sólido, una enfermedad terminal, un incendio en la casa compartida… Una voz en su interior le decía que, si algo como aquello terminaba sucediendo, esta vez no sería del todo inocente, porque la habían advertido.
Aquella noche, al replegarse la resaca, mantuvo una última conversación con él cuyos fines fueron meramente utilitarios. Cuando consiguió su fecha de nacimiento completa, lo bloqueó para siempre y volvió a pedir cita con la astróloga. Quiero que me digas cómo es él y cómo podría habernos ido juntos, le pidió, y la astróloga, que no pareció sorprenderse lo más mínimo, comenzó a armarle un personaje. Le habló de una madre sobreprotectora que había anegado sus límites y de la necesidad, ya de adulto, de establecer vínculos fusionales de los que, a ratos, también necesitaba huir. Quizás de ahí vendrían las disputas. También mencionó sus despistes, seguro que es alguien que pierde a menudo las llaves, que no recuerda cumpleaños, y su lealtad incorruptible y su intuición agudísima, su capacidad de ver siempre lo que no es evidente, lo que está en la sombra. Mientras la escuchaba, Cintia sintió cómo el miedo abandonaba poco a poco su cuerpo. Cerró los ojos y, todavía con la voz de la astróloga susurrándole al oído a través de los auriculares, aprovechando que la cámara cortaba su propia imagen a la altura de su esternón, comenzó a acariciarse lentamente por encima de las bragas. Aquello era perfecto. El hombre que emergía como un holograma de los gráficos que la astróloga desplegaba en pantalla era exactamente lo que siempre había necesitado.











