Adriana Ozores: “Estamos viviendo una guerra civil global entre hermanos”

La actriz estrena la nueva obra teatral de Juan Mayorga, ‘El jardín quemado’, interpretando a una psiquiatra en un manicomio durante un conflicto inspirado en la Guerra Civil española  

El Teatro de la Abadía, en Madrid, ocupa el edificio de una antigua iglesia, la de la Sagrada Familia, en el a la vez modernito y tradicionalísimo barrio de Argüelles. Quedamos allí, a la hora de comer del primer día de verdadero calorazo en la ciudad, con Adriana Ozores, miembro de una familia sagrada de actores. Cuando llega, posa primero para el fotógrafo, con el que coincidió hace casi una década en otra entrevista, y después, buscando el fresco intramuros, charlamos en el mismísimo escenario. Aquí, bajo la imponente cúpula y ante la intimidante platea vacía del templo, habitado tan solo por un árbol de atrezzo, ultimaOzores estos días con sus compañeros de elenco los ensayos antes del estreno de El Jardín Quemado, de Juan Mayorga. Reservada y cauta, a la vez que amable, la entrevistada deriva siempre la conversación a la obra, más que a su persona. Al marcharme, me la encuentro saliendo por la puerta de atrás para sacar a pasear a su perrita, Peliche, un “bebé” de dos años al que lleva consigo, siempre que puede, a rodajes, ensayos y funciones. Una mujer y una actriz singular, la Ozores. El día de la entrevista, 21 de mayo, cumplía 67 años.

Felicidades.

¿Por? Ah, es verdad, muchas gracias. Estoy tan sumamente liada que no he podido ni atender a mi cumpleaños.

¿Lo celebra? Hay quién, a partir de una edad, prefiere no hacerlo.

Yo no lo puedo ocultar, porque mi fecha de nacimiento está en todas partes. Pero no, aunque no voy a poder celebrarlo, estoy muy contenta. Estrenar esta obra es el mejor regalo que he podido tener. No siempre tiene una la suerte de contar con un texto, un autor y director, y unos compañeros actores de este calado. Estoy feliz.

Es un doble estreno. El de la obra, y el de su personaje, Garay, concebido inicialmente como un hombre por Mayorga. ¿Ese reto le añade responsabilidad a su trabajo?

En absoluto. El reto es abordar a un personaje interesantísimo, complejo y misterioso, independientemente de su sexo. Tampoco hay que darle un gran pábulo a eso. En la antigüedad, la mayoría de los papeles de mujeres los hacían hombres. Y yo he hecho varios personajes hombre con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, del Siglo de Oro. Todo intérprete puede hacer de todo. Hay que normalizarlo.

Pero estará de acuerdo conmigo en que, en la Guerra Civil, una mujer psiquiatra como Garay, su personaje, era un ovni.

Sí, puede ser. Pero, si vienes a verla, verás que la obra no es nada localista ni temporal. Claro que hablamos de algo que ocurre durante una guerra civil, y mucha gente va a ver en ella a la nuestra, la española. Pero ahora mismo estamos viviendo una guerra civil global entre hermanos, y a todo el mundo le va a resonar algo. Entonces, que Garay sea hombre o mujer no es extraño.

En su año de nacimiento, su nombre, Adriana, no era nada común. ¿Le gusta ese legado de sus padres?

Muchísimo. Me encanta. Yo fui al Liceo Italiano y allí había muchas Adrianas y Adrianos, entonces, no tenía esa sensación de rara. Pero, sí. Es un nombre bonito, sonoro, con muchas aes, como con ritmo, muy eufónico.

¿Hasta qué punto es importante la sonoridad y el ritmo en el teatro?

Me estás hablando de cosas importantísimas. En un audiovisual tienes la cámara en la cara, en los ojos, y eso, junto a la voz, te ayuda a manifestar la emoción al espectador. Pero en el teatro, tienes que llevar esa emoción al último espectador del gallinero, que te ve de lejos, con la voz. Y no te digo nada de los grandes auditorios. La voz y sus matices son importantísimos.

¿Trabajan eso en los ensayos?

Claro: el ritmo, la musicalidad interna, las pausas. El teatro es música, y hay que tener buen oído para ser buen intérprete. Saber cuándo tienes que ir a una velocidad, cuándo tienes que parar, hasta dónde tiene que llegar la pausa para que no se convierta en otra cosa. Hay que tener un metrónomo dentro.

¿Y usted lo tiene? ¿Con eso se nace o se aprende?

Bueno, se nace, se tiene o no se tiene, aunque, si lo tienes, se puede entrenar y mejorar. Tiene mucho que ver con el sentido musical, aunque luego no sepas tocar ni el tambor. Pero sí tienes que tener ese sentido interno del ritmo. A mí, por ejemplo, fue el Siglo de Oro el que me metió el metrónomo dentro. Me pasé diez años interpretando a personajes clásicos de gran envergadura. El sentido musical del verso te lleva sentirlo: “tac, tac, tac, tac”. Lo sientes, inevitablemente.

El fotógrafo la retrató hace diez años. Tenía el pelo largo y presentaba ‘La cantante calva’. ¿Qué ha pasado por usted desde entonces?

Uf. Nueve años. Lo decimos en esta obra: “¿qué diferencia hay entre un minuto y 40 años?” Pues ha pasado de todo y no ha pasado nada. Soy una buscadora y me dedico a buscar en todos los aspectos de mi vida.

¿Qué busca?

Una esencialidad. Como actriz, me dedico a la búsqueda y al conocimiento de la condición humana. Es lo que más me apasiona. Empezando por mí misma. Soy la primera que me pongo la lupa.

¿Se autoexamina?

Sí, soy muy curiosa, muchísimo. De joven, yo era la rara. Estaba escrito que yo me iba a dedicar a esto, aunque entonces, yo quería ser pintora, y no lo sabía. Me pasaba horas en la calle sentada en un banco viendo pasar gente. El conocimiento que te da la observación, sin prejuicios, de lo que tienes enfrente es un material maravilloso para la mochila de una actriz, y ahí empecé a llenarla. Ves si una persona está triste, está alegre, ausente, si se acaba de enamorar, si está aburrida…

También ha viajado sola. ¿Eso también la alimenta?

Pues por eso mismo, también. Te conoces mucho mejor saliendo de tu entorno. Al principio, iba un poco cagado, pero me lo he pasado muy bien, he encontrado gente que me ha ayudado, y he venido con la mochila llena. La condición humana es universal, puede haber sus peculiaridades, pero, al final, somos mucho más parecidos que distintos.

O sea, que lleva desde los 7 años, cuando se supone que se empieza a tener uso de razón, buscando y buscándose.

Bueno, yo diría que desde los 30. Con ese cambio de ciclo que nos pasa a todos, como de toma de conciencia de que tienes que hacerte cargo de tu vida. Desde entonces, sigo observando, y trabajando conmigo misma y con los demás. Como ahora con Loreto Mauleón, mi compañera en El jardín quemado, que es una chavalita, y con la que he tenido una conexión increíble.

¿Cómo se pasa de interpretar a la madre de clase trabajadora de ‘Manolito Gafotas’, a la sofisticada matriarca millonaria de la serie ‘Galgos’?

Pues mira, al principio, cuando eres joven, con muchísimo esfuerzo y trabajo. Porque soy yo, esta que ves, con mi cuerpo y mi cara, quien tiene que armar todo eso. Pero, a medida que te vas haciendo viejecita, vas desprendiéndote de todo eso y empiezas a confiar en algo que no está en tu cabeza, sino en otra parte, y te abandonas. Entonces, cuando tú te abandonas al hecho creativo, a la creación, te encuentras con una gran sorpresa. Y dices: por fin, hombre, gracias. No sé de dónde viene esto, pero gracias.

¿Hay algún día en que una se dice, por fin, soy buena en esto?

Pues mira, también. Pero, más que con ser más o menos buena, tiene que ver con la honestidad. En nuestro trabajo hay que ser honesto. Cuando yo tengo enfrente e Loreto, si a mí me está pasando algo, si algo de lo que me dice o me da me araña, mi obligación como actriz es ser honesta con lo que siento.

Hemos hablado de la voz, pero ¿la imagen también importa?

Importantísima. El pelo, el vestuario, me ayudan a encarnar al personaje. Por ejemplo, a Garay, la psiquiatra, le hemos dado una vuelta. Al principio, me veían así vestida, como de señorita, y no, yo, leyéndola y ensayándola vi que esa señora está trabajando: va con botas, con pantalón, arremangada, y así voy a ir

A estas alturas, con todos sus trienios sobre el escenario, ¿se aprende o se enseña más sobre las tablas?

Estoy aprendiendo, siempre. Otra cosa es que me encante la enseñanza. Y que me haga descubrir cosas de mí que no sabía, como que puedo ser muy paciente. Pero creer que una lo sabe todo es una ingenuidad y, sobre todo, no es estimulante. Cada personaje es un reto, y las posibilidades de encarnar la condición humana, infinitas.

En la obra se aborda el abismo de la locura. ¿Alguna vez ha perdido pie?

Bueno, en algún momento una tiene una sensación de angustia grande, cuando pasas, por ejemplo, un duelo complicado, ese pensar que una no sale de eso, pero nunca me he sentido extraña o ajena al resto. Una de las cosas que más me ayuda, es saber que no estoy sola, que esos sentimientos de angustia, o depresivos, o lo que sea, les pasan a más personas. Por fortuna, ahora la enfermedad mental no está tan oculta. Pertenezco a una generación en la que no solo era un estigma, sino una tara y una merma.

¿Le costó quitarse la etiqueta de ‘hija de’ José Luis Ozores y ‘sobrina de’ Mariano y Antonio?

Al principio, sí. Ostras, eso sí ha sido duro porque, por lo que sea, yo decidí hacer un camino un poco diferente al de ellos. Al principio, estuve con ellos, y tengo tantísimo que agradecer a mi tío Mariano, que hace hoy justo un año que murió, y estoy tan contenta de compartir mi día de cumpleaños con el de su marcha… No puedo estar más orgullosa. Le quería mucho, muchísimo.

¿Cree en esas conexiones?

Bueno, haberlas, haylas. Y yo tenía una relación muy bonita con él, muy amorosa. La casualidad de que muriera, a los 98 años, el mismo día que yo nací, que me quedé huérfana a los 9 años, esas conexiones familiares, me parecen memorables.

Bueno, usted ha dicho ser la guardiana del legado profesional de los Ozores. Tenía sus archivos en casa.

Sí, por fin ya está todo catalogado y prestado, antes de poder donarlo, a la Filmoteca Nacional. ¿Qué hacía yo con todo ese material metido en cajas? No, la familia queremos que esté a disposición de quien quiera consultarlo o estudiarlo. Hay de todo: fotos, documentación, cartas, telegramas, cintas de superocho con los hermanos y los amigos jugando, riendo, trabajando. Yo tengo alguna cosa, pero, sí, he sido la tesorera del legado familiar. Y me lo he tomado con la hiperresponsabilidad de hermana mayor que tengo desde que nací.

¿Ha sufrido o ha gozado más ordenando todos esos recuerdos?

Bueno, ha sido un viajecito. Me alquilé un pequeño local y esos dos meses ahí metida, el pasado otoño, han sido de montaña rusa. Pero, ves, al final todo converge.

¿Qué es el lujo para usted, qué caprichos se concede?

Estar bien, estar tranquila.

Pero eso se supone que es gratis.

Para nada, eso es el verdadero lujo. Hay personas a las que les viene dada por naturaleza. Dios, qué suerte tener ese don maravilloso. Otros, tenemos que estar todos los días, pico, pala, pico, pala. Sigo buscándola.

Cuando nació Adriana Ozores (Madrid, 67 años), su padre, el actor José Luis Ozores, y su madre, la bailarina Concepción Muñoz, ya habían pisado muchas tablas, así como sus tíos, Mariano y Antonio. Nieta, hija, hermana, sobrina y prima de actores y actrices, la niña Adriana quería ser pintora. Pero la interpretación se cruzó inevitablemente en su camino y, desde entonces, aunque sigue pintando, la actuación, en teatro, cine y televisión, ha sido su mayor vehículo creativo. Quien empezó haciendo zarzuela y revista, se consagró como gran actriz en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ha ganado un Goya, alcanzó la popularidad masiva en la tele y, ahora, estrena en el teatro de la Abadía de Madrid ‘El jardón quemado’, la nueva obra teatral de Juan Mayorga, acompañada de Loreto Mauleón. Una obra, inspirada en el encarcelamiento de un poeta republicano en un psiquiátrico durante la Guerra Civil, en la que se ahonda sobre la memoria, la locura y la cordura y sus trampas.

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Adriana Ozores, en el teatro de La Abadía, en Madrid.

El Teatro de la Abadía, en Madrid, ocupa el edificio de una antigua iglesia, la de la Sagrada Familia, en el a la vez modernito y tradicionalísimo barrio de Argüelles. Quedamos allí, a la hora de comer del primer día de verdadero calorazo en la ciudad, con Adriana Ozores, miembro de una familia sagrada de actores. Cuando llega, posa primero para el fotógrafo, con el que coincidió hace casi una década en otra entrevista, y después, buscando el fresco intramuros, charlamos en el mismísimo escenario. Aquí, bajo la imponente cúpula y ante la intimidante platea vacía del templo, habitado tan solo por un árbol de atrezzo, ultima Ozores estos días con sus compañeros de elenco los ensayos antes del estreno de El Jardín Quemado, de Juan Mayorga. Reservada y cauta, a la vez que amable, la entrevistada deriva siempre la conversación a la obra, más que a su persona. Al marcharme, me la encuentro saliendo por la puerta de atrás para sacar a pasear a su perrita, Peliche, un “bebé” de dos años al que lleva consigo, siempre que puede, a rodajes, ensayos y funciones. Una mujer y una actriz singular, la Ozores. El día de la entrevista, 21 de mayo, cumplía 67 años.

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Ozores, en su lugar preferido, el escenario de un teatro, el de la Abadía, en Madrid.

MEMORIA DE ADRIANA

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