Ariana Harwicz, la escritora incómoda que se niega a ser silenciada

La misión de la literatura, para Ariana Harwicz, “es transgredir”. Esta novelista argentina (Buenos Aires, 48 años) lo pone en práctica en obras incómodas, que enfrentan al lector con personajes que fantasean con matar, que destruyen, que raptan y violan. El título de la conversación que iba a tener en el festival Cultur Alh de Granada de esta semana parecía hecho a medida: Oponerse al mundo. Pero 72 horas antes los organizadores le retiraron la invitación. El motivo oficial fue su rechazo al boicot cultural israelí —y antes al ruso, cuando empezó la guerra de Ucrania—, por el que había protestado la Red Universitaria por Palestina de Granada.

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 La misión de la literatura, para Ariana Harwicz, “es transgredir”. Esta novelista argentina (Buenos Aires, 48 años) lo pone en práctica en obras incómodas, que enfrentan al lector con personajes que fantasean con matar, que destruyen, que raptan y violan. El título de la conversación que iba a tener en el festival Cultur Alh de Granada de esta semana parecía hecho a medida: Oponerse al mundo. Pero 72 horas antes los organizadores le retiraron la invitación. El motivo oficial fue su rechazo al boicot cultural israelí —y antes al ruso, cuando empezó la guerra de Ucrania—, por el que había protestado la Red Universitaria por Palestina de Granada. Seguir leyendo  

La misión de la literatura, para Ariana Harwicz, “es transgredir”. Esta novelista argentina (Buenos Aires, 48 años) lo pone en práctica en obras incómodas, que enfrentan al lector con personajes que fantasean con matar, que destruyen, que raptan y violan. El título de la conversación que iba a tener en el festival Cultur Alh de Granada de esta semana parecía hecho a medida: Oponerse al mundo. Pero 72 horas antes los organizadores le retiraron la invitación. El motivo oficial fue su rechazo al boicot cultural israelí —y antes al ruso, cuando empezó la guerra de Ucrania—, por el que había protestado la Red Universitaria por Palestina de Granada.

El lunes, otras escritoras participantes apoyaron su exclusión por la postura proisraelí de Harwicz y su negacionismo del genocidio en Gaza. La autora argentina, que ha escrito contra la cancelación y se opone a los artistas que hoy “aceptan el linchamiento y la depuración de las masas” no se quedó callada. Argumentó que la cancelaban por judía — “Si perteneciera a otra minoría nadie me hubiera hecho esto”— y protagonizó una polémica que ha partido en dos el mundo cultural hispanoamericano.

Lo ocurrido en Granada es el episodio más extremo de una trayectoria marcada por un deseo voraz de explorar los límites. Mucho antes de cambiar la efervescente Buenos Aires por un pueblo de la campiña francesa y de convertirse en una autora traducida, premiada y discutida, Harwicz fue una niña que prefería alejarse de los grupos, esconderse en las montañas, andar en bicicleta e inventar un lenguaje propio. Una adolescente que, en lugar de acomodarse al paisaje, parecía siempre ávida por descubrir qué había más allá para ella. En sus novelas ocurre algo similar: los personajes avanzan hacia lugares de los que a menudo no saben cómo volver.

Harwicz nació en Buenos Aires en plena dictadura militar, el 13 de diciembre de 1977, en una familia de raíces judías. “Siempre me sentí extranjera, incluso estando en mi país hasta los 30 años. Siempre sentía que estaba en la diáspora, que venía de otro lado, que era una errante”, decía una década atrás al recordar su infancia en la capital argentina, la ciudad con la mayor comunidad judía de América Latina. Su padre, Carlos, trabajaba en la distribución y exhibición cinematográfica; su madre, Silvia, era psicoanalista.

Comenzó a estudiar filosofía, luego probó con el cine y el teatro. La escritura llegó más tarde, cuando ya vivía en Francia. Se mudó allí en 2007. Primero, a París; después, al campo, en un lugar atravesado por el río y los viñedos, aislado de los circuitos culturales donde hoy sus colegas se dividen en cartas públicas en las que apoyan o rechazan su exclusión del festival Cultur Alh. En este país europeo fue madre y comenzó a escribir Matate, amor, el debut literario que en 2012 la catapultó como una de las voces más singulares de la narrativa argentina contemporánea. El libro encontró lectores, obtuvo reconocimiento crítico, traducciones y llegó a Hollywood con una película producida por Martin Scorsese y protagonizada por Jennifer Lawrence. A esa ópera prima le siguieron las novelas La débil mental (2014) y Precoz (2015).

Su editora española en Anagrama, Silvia Sesé, explica que empezaron a publicar a Harwicz en 2019, con Degenerado, y recuperaron obra pasada “muy fascinados con una escritura brutal, descarnada y musical, que es plástica y honda, y te deja casi herida, fuera de tu lugar”, explica. En Estados Unidos, la histórica editorial independiente New Directions sumó a Harwicz a su catálogo con su última novela, Perder el juicio (Unfit), hace un año. “La novela aborda la experiencia de una argentina en la Francia rural, sus problemas con la burocracia, el antisemitismo, la violencia contra las mujeres y su fuga con sus hijos”, la describe el editor Chris Wait. El sello publica, entre otras, a Clarice Lispector o a Gabriela Cabezón Cámara. “Seguimos un criterio literario”, apunta al teléfono Wait.

Sus ficciones exploran la maternidad, el deseo, la violencia, la culpa, la familia y la locura desde lugares en los que rara vez hay respuestas cómodas. El antisemitismo aparece con claridad en Perder el juicio. Entiende la literatura como un territorio sin policía, sin tribunal y sin instrucciones de uso. “Soy conservadora en la vida y amoral en la literatura”, dice Harwicz en rechazo a los que no diferencian entre ficción y realidad. “No separar la obra de la vida de su autor es una catástrofe para cualquier creador. Se examina su vida conyugal, su currículum, su prontuario, su casa, si fue infiel, si paga los impuestos de alumbrado, barrido y limpieza, como si fuera parte del texto ficcional. En este contexto, yo anunciaría el fin del arte”, sentencia en su ensayo El ruido de una época.

Ese ensayo vio la luz meses antes de la masacre del 7 de octubre de 2023: Hamás mató a unos 1.200 judíos y secuestró a más de 200. El Gobierno israelí respondió al ataque con una campaña militar por tierra y aire en la Franja de Gaza que ha causado la muerte de más de 70.000 palestinos. Harwicz niega que se trate de un genocidio. “Les angustia terriblemente que no haya genocidio. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”, escribió en X en 2025.

Un año antes, en una entrevista en Letras Libres, ahondaba en esa misma idea: “Me impresiona ver en Europa, en Alemania, en Francia, en España, en los países nórdicos, llamar a los artistas a la Intifada, oírlos decir ‘basta del genocidio en Gaza‘, calificar a los israelíes de supremacistas y colonizadores. Encontraron la vuelta retórica para odiar a los judíos y pedir la aniquilación de Israel. Es una renovación lexical de la juventud hitleriana y del nazismo del siglo XX, pero más escandalosa y cómplice, a mi entender, porque tenemos la Shoá detrás”.

Harwicz ha comparado el rechazo mayoritario del mundo cultural a la ofensiva de Israel con descubrir “que estás viviendo una mentira”. “Ya no importa si Hezbolá desplaza todo el norte de un país que es ínfimo y tira misiles y planea un ataque como el del 7 de octubre; no importa eso: cuando Israel se defiende, es un genocidio. La imagen iconográfica del judío es de una víctima, porque es lo tolerable. Y si no, es el judío millonario, para volverlo cliché. Pero a un judío que se defiende, en su economía psíquica, no lo pueden soportar”, dijo en la misma entrevista.

Escritores, periodistas y editores argentinos se han solidarizado en público con Harwicz —aun sin compartir sus ideas políticas— y critican que la hayan censurado en vez de poner el cuerpo y sentarse a debatir en público con ella. Es el caso de Laura Ramos, que considera que Perder el juicio es “un artefacto monstruoso, una flecha envenenada de un talento bestial. Ese estado de frenesí demencial, atropellado y atropellador, esa voz criminal, de sintaxis atropellada, es única en la lengua castellana”. Entonces, se cuestiona Ramos, “por las posiciones políticas de Ariana, que están en la otra punta de las mías, en la vereda de enfrente… ¿voy a cancelarla? ¿Qué haríamos sin Ezra Pound, sin Céline, sin Marguerite Yourcenar? ¿Sin Borges?»

Otros artistas e intelectuales apoyan la exclusión. “Organizar un boicot pacífico no es censurar”, han afirmado en una segunda carta pública firmada por más de 500 personalidades de la cultura que insisten en que “defender al pueblo palestino no equivale a atacar a las personas judías”.

También hay colegas que critican lo ocurrido en voz baja, pero quieren evitar que su nombre quede asociado al de Harwicz. “Es muy jodida”, se excusa una escritora que tiene un mal recuerdo laboral de ella. “Es insaciable”, “complicada”, responde otra, sin que eso le impida elogiar su obra: “Creo que es una artista. Hay escritoras muy buenas, muy eficientes, muy poéticas, muy desafiantes en términos de ideas. Ella trabaja la lengua castellana con historias de mujeres que están completamente locas como no lo hace nadie”.

La polémica de Granada ha tenido un efecto bumerán. Ha aumentado la visibilidad de Harwicz y ha abierto un debate alrededor de la libertad de expresión y de sus límites al que la autora ha entrado como un torbellino. Su vida y obra se entrecruzan allí: en una voluntad férrea de resistirse a pensar de una sola manera, de creer que “escribir sin ofender a nadie es un oxímoron” del que siempre ha querido escapar. Harwicz nunca ha buscado el centro, sino la ambigüedad de los bordes. Está convencida de que lo que cuenta es la fe en la propia obra, no la recepción de la época.

 EL PAÍS

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