Armida de la Vara, la escritora del desierto que conquistó la gran ciudad

El año empezaba y la vida se abría para Armida de la Vara. No había tiempo que perder. La pequeña tenía prisa por comerse el mundo y le dio el primer mordisco aquel 1 de enero de 1926, en un pueblito del desierto, al norte del norte, en la fronteriza y mexicana tierra de Sonora. La primera bocanada de aire, y todas las que vendrían hasta que cumplió los 11 años, las daría en aquel pueblito, Opodepe, de unos 2.500 habitantes, arropada por una numerosa familia de trabajadores del campo. Con ella aprendió a leer, aprendió a escribir y aprendió a marcharse, siempre un poquito más lejos, hasta conquistar la capital. Pero eso sería más tarde. El amor por la literatura que vertebró su vida y su legado se formaría poco a poco y mucho antes, al final de las largas jornadas laborales, cuando su padre la sentaba en torno a una mesa junto a sus hermanos para leerles, y para hacerles leer, como haría ella más tarde con sus seis hijos.

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 La polifacética autora sonorense, de cuyo nacimiento se cumple el centenario, rompió los moldes de su época y fue maestra, narradora y poeta. Colaboró en la elaboración de los libros de texto para niños y cofundó el Colegio de Michoacán  

El año empezaba y la vida se abría para Armida de la Vara. No había tiempo que perder. La pequeña tenía prisa por comerse el mundo y le dio el primer mordisco aquel 1 de enero de 1926, en un pueblito del desierto, al norte del norte, en la fronteriza y mexicana tierra de Sonora. La primera bocanada de aire, y todas las que vendrían hasta que cumplió los 11 años, las daría en aquel pueblito, Opodepe, de unos 2.500 habitantes, arropada por una numerosa familia de trabajadores del campo. Con ella aprendió a leer, aprendió a escribir y aprendió a marcharse, siempre un poquito más lejos, hasta conquistar la capital. Pero eso sería más tarde. El amor por la literatura que vertebró su vida y su legado se formaría poco a poco y mucho antes, al final de las largas jornadas laborales, cuando su padre la sentaba en torno a una mesa junto a sus hermanos para leerles, y para hacerles leer, como haría ella más tarde con sus seis hijos.

La escritora, de cuyo nacimiento se celebra ahora el centenario, huyó desde el principio de lo convencional. Autora del poemario Canto Rodado (1947) y la novela La creciente (1979), sus obras más destacadas, no tuvo que pelear contra su familia para abrir paso a una ambición que también alcanzó el terreno público. Fueron sus propios padres quienes la impulsaron a salir y explorar, primero a la capital estatal, Hermosillo, y más tarde a la Ciudad de México. Allí llegó a colaborar con la Secretaría de Educación, en la década de los 70, en la elaboración de los libros de texto gratuitos de los niños.

No fue una excepción en su casa. Las mujeres de su familia salieron de Opodepe a estudiar, mientras los hombres se quedaron labrando la tierra en un municipio donde ni siquiera era posible cursar la primaria completa. Ella la terminó en la capital del Estado, donde también se graduó como maestra normalista, y acabaría estudiando Letras Francesas en la UNAM, la gran casa de estudios latinoamericana, aunque nunca abandonaría su vocación docente y su predilección por los niños.

“Ella hablaba de la dificultad que tuvo para adaptarse, primero a la ciudad de Hermosillo y luego a la Ciudad de México”, dice Beatriz Aldaco, directora del Instituto Sonorense de Cultura, que la conoció en los años 90, antes de que falleciera, en 1998, con 72 años. De la Vara se había quedado huérfana de madre a los 15 años y ese dolor le acompañaba, apunta la funcionaria, que la describe generosamente: “Derrochaba gentileza, bondad, inteligencia, lucidez. Era una persona abierta y receptiva, muy serena”. Una semblanza parecida a la que hace su hija Marcela, que ocupa un lugar intermedio entre los seis hijos que tuvo la escritora: “Era muy sosegada, muy sensible y muy directa”, como “la gente de Sonora”. “Nos enseñó a sentirnos seguras de nosotras mismas”, remacha orgullosa.

Ese temperamento lo trasladó a sus textos, desde el ensayo a la poesía, en los que rehuyó de los ornamentos innecesarios. “Con sencillez, con claridad, las cosas directas; yo no me llevo bien con la novelística actual complicada, truculenta y un poco artificiosa. Ese no podría ser mi estilo”, confesaba la propia autora en una entrevista con la investigadora Rocío Maciel. Con apenas 21 años y ya viviendo en la capital, la escritora se convirtió en la primera mujer en ganar el Concurso del Libro Sonorense con su poemario Canto rodado. Durante muchas décadas fue también la única en lograrlo. “Es una figura muy inspiradora. Leí muy a conciencia el poemario y me puse a consultarlo casi como si fuera un sacerdote frente a la Biblia”, bromea la escritora Julia Melissa Rivas, la sonorense que logró hacerse con el galardón por segunda vez, 70 años después que De la Vara.

Rivas tenía claro que quería ser poeta y la tradición la llevaba al mundo anglosajón, al español o, en el mejor de los casos, a un México marcado por la mirada capitalina, pero no encontraba referentes en su tierra. “Hay que tomar la maleta e irse a predicar sobre la obra de Armida”, ríe de nuevo. Del mismo modo que ella infunde ahora energía en las jóvenes escritoras, De la Vara fue arropada y aupada por otras autoras mayores que ella, como Enriqueta de Parodi o Gilda Rocha. Entre sus amigos, además, figuraban escritores como Jaime Sabines o Carlos Monsiváis.

La poeta ensalza cómo la escritora traslada el paisaje de Sonora a la literatura mexicana, y no es de extrañar. Su corazón siempre estuvo allá, aunque su cuerpo no dejara de moverse, relata su hija: “Mi mamá siempre fue del desierto. Todos los días nos contaba cosas de Sonora: ‘Es que hay tales aves, tales plantas, es que se cocina así…’”, ejemplifica: “Siempre echó de menos su Estado natal”. Esas gentes de clima árido son las que toman la voz, 30 años después de aquel poemario, en su novela La creciente, que debe su nombre a los desbordamientos del río que en aquella zona conviven con las sequías extremas. “A lo mejor es mi necesidad de buscar la poesía por todos lados”, dice Rivas, “pero yo la encuentro muy poética. Es una narración plagada de figuras retóricas y de una observación muy minuciosa”. La estructura, en forma de estampas cotidianas y sin linealidad temporal, también es novedosa para la época y el lugar.

Armida de la Vara ofrecía una mirada atenta y desprejuiciada sobre cualquier tema u objeto. Todo era de su interés y amaba transmitirlo, especialmente a los más pequeños, con los que nunca fue condescendiente. En los libros de texto para niños que elaboró con la Secretaría se pueden leer fragmentos de grandes autores como Federico García Lorca, Antonio Machado o Xavier Villaurrutia: nada sencillos, pero accesibles con el maestro adecuado. “Ese proyecto fue su ilusión. Ella decía: ‘A los niños se les trata como a niños, pero no son tontos”, se entusiasma la hija, que todavía evoca las costumbres de su madre. Por ejemplo, que le gustaba escribir a lápiz, para poder borrar y corregir; que odiaba la sonoridad de algunas palabras, más allá de su significado; o que trabajaba de noche, robándole tiempo al sueño para no robárselo a su vida social, a sus hijos o a su marido, con quien mantuvo una relación, como todo en su vida, poco convencional. A veces despertaban y ella seguía ahí, en la misma posición, sentada en el sillón, arreglando los textos que editó, en una de sus muchas facetas, para la Revista de la UNAM.

Si algo consiguió mantenerla lejos del paisaje sonorense fue, sin duda, su esposo, el historiador Luis González y González, con el que compartió mucho más que su vida familiar. Ambos se entendían a la perfección y trabajaban mano a mano y codo con codo. Ella le corregía los textos a tal punto que él los consideraba de autoría doble. “Dependió mucho de mi mamá”, relata Marcela: “Yo los veía en las tardes, abrazados, y leyendo cada quien su libro con la otra mano”. Su padre era el principal promotor de los logros de su madre, resalta: “Fueron una pareja muy especial”. Juntos fundaron el Colegio de Michoacán, que emula el centro de investigación y posgrado de la Ciudad de México. Él lo dirigió y ella se encargó del departamento de publicaciones.

A ese Estado del centro oeste del país se mudaron en la última época de su vida, primero a Zamora, después a San José de Gracia, el pueblo de él, donde murieron ambos. Hasta allá se llevó su vocación docente, que trascendía con mucho a la infancia. Montaba talleres en casa para todo aquel que quisiera aprender a escribir: el panadero, el verdulero, daba igual. “Todavía hay personas del mercado que me dicen: ‘Ay, tu mamá. Gracias a ella me metí a dar clases y estudiar’. Y es muy bonito oír todo eso”, celebra su hija. Se llevó con ella, también, a su Sonora natal. Sus restos reposan en San José, junto a los de su marido, pero lo hacen en un pequeño panteón hecho a imagen y semejanza de la iglesia que el padre Kino hizo en Opodepe, su pueblito del desierto. Su tierra se quedó, a cambio, las palabras: “Yo soy de ese barro con llanto mezclado / de que tú estás hecha; tú me has modelado / arisca y rebelde, tranquila y serena…”.

 

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