Bombal de nuevo entre nosotros

Hay quienes se quejan de los herederos, discípulos o investigadores que, buscando prestigio o réditos económicos, sacan a la luz los papeles viejos dejados por los escritores fallecidos. Que el autor habría tenido razones para no verlos publicados; que son documentos íntimos sobre los cuales los lectores no tenemos derecho alguno; que son borradores, textos incompletos o trazos preliminares de obras abandonadas a medio camino. No cabe duda, además, de que muchas de esas críticas son ciertas, y hay autores a los que incluso les publican textos claramente descartados en vida —como sucedió hace no tanto tiempo con García Márquez, por nombrar solo uno—. Como sea, los trabajos de archivo gozan hoy de una vitalidad inédita y, esquivando aquellas suspicacias, somos muchos los que nos asomamos a repositorios universitarios o privados intentando desentrañar los misterios que artistas, escritores o pensadores dejaron tras de sí, en las huellas documentales de su paso por este mundo.

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 En ‘El canciller’ están también las escenas finamente construidas, las trenzas como símbolo femenino, la niebla que difumina la comprensión que tenemos de la realidad, las mujeres fuertes y los desgarros humanos profundos  

Hay quienes se quejan de los herederos, discípulos o investigadores que, buscando prestigio o réditos económicos, sacan a la luz los papeles viejos dejados por los escritores fallecidos. Que el autor habría tenido razones para no verlos publicados; que son documentos íntimos sobre los cuales los lectores no tenemos derecho alguno; que son borradores, textos incompletos o trazos preliminares de obras abandonadas a medio camino. No cabe duda, además, de que muchas de esas críticas son ciertas, y hay autores a los que incluso les publican textos claramente descartados en vida —como sucedió hace no tanto tiempo con García Márquez, por nombrar solo uno—. Como sea, los trabajos de archivo gozan hoy de una vitalidad inédita y, esquivando aquellas suspicacias, somos muchos los que nos asomamos a repositorios universitarios o privados intentando desentrañar los misterios que artistas, escritores o pensadores dejaron tras de sí, en las huellas documentales de su paso por este mundo.

Dentro de los muchos rescates de esta naturaleza que aparecen año a año, la publicación de El canciller (Fondo de Cultura Económica, 2026), una obra teatral inédita de María Luisa Bombal, es un hito gigantesco para la literatura chilena e hispanoamericana. Escrita originalmente en inglés y titulada The Foreign Minister, la obra yacía en unas bodegas norteamericanas desde 1956, fecha en que la escritora chilena, autora de La última niebla (1935) y La amortajada(1938), la enviara a las oficinas de derechos de autor de Estados Unidos. En ese sentido, más que un borrador o un proyecto abandonado, aquí estamos en presencia de un texto que Bombal sí terminó y registró en los órganos correspondientes. Como muy bien relata en su prólogo Felipe Toro, profesor de literatura de la Universidad Católica, especialista en Bombal y responsable de la minuciosa y cuidada publicación de El canciller, por esos años la autora estaba intentando hacerse un espacio en el campo cultural estadounidense, tanto en el mundo del teatro como del cine, con el proyecto de adaptación de House of Mist, que lamentablemente nunca llegó a puerto.

El canciller relata la historia de Georg Teodosi, ministro de relaciones exteriores de Checoslovaquia en la inmediata posguerra. Georg, entusiasta y carismático, es hijo de Teodor Teodosi, primer presidente de aquel país y considerado el padre fundador de la nación. Ante la arremetida comunista que toma el mando del gobierno y comienza una feroz represión, Teodosi, quien no era miembro del partido, se mantiene igualmente en el gabinete esperando contrarrestar el asalto totalitario. Sin embargo, pronto los hechos derriban su ilusión: las detenciones injustificadas, las deportaciones sumarias, la censura a la prensa y el cerco de vigilancia que establecen en torno suyo vuelven evidente que su legitimidad y su independencia partidaria le dan lo mismo a los mandamases comunistas. El personaje de Teodosi está inspirado en el caso real de Jan Masaryk, canciller checo que fue hallado muerto en 1948, luego de caer de un cuarto piso, presumiblemente asesinado, aunque los detalles del suceso nunca pudieron ser del todo esclarecidos.

En la obra de Bombal, la acción sucede principalmente en la habitación y el salón del ministro y su esposa, Ekaterina —Katya— Teodosi. Ella es una mujer elegante, inteligente y de carácter fuerte, enamorada de su marido y defensora de la autonomía de la nación checa. El espacio privado, sin embargo, está proyectado al exterior, a la vida política que constituye el móvil de la trama. Allí se recibe a ministros y familiares (y se cuelan los espías), pero sobre todo se muestra a un hombre atravesado por un dilema irresoluble. El prestigio del apellido familiar y las expectativas que toda una nación posa sobre él entran en tensión con una situación política cada vez más estrecha, en la que un partido inescrupuloso busca copar todos los espacios y hacer avanzar su agenda de control. ¿Qué puede hacer un solo hombre ante el avance disciplinado del comunismo? ¿Es simplemente un iluso, o se vuelve acaso un traidor, como le advierte Katya?

Aunque sus escenarios y conflictos son nuevos para los lectores de la obra bombaliana, varios temas presentes en este texto nos hacen recorrer un camino relativamente familiar. Están las escenas finamente construidas, las trenzas como símbolo femenino, la niebla que difumina la comprensión que tenemos de la realidad, las mujeres fuertes y los desgarros humanos profundos. Y está también aquí, como en La última niebla y La amortajada, la confusión entre los planos de la verdad y la ilusión. Esta vez, en un conflicto político atravesado por el engaño y las dobles intenciones, donde la realidad intenta manipularse y reescribirse para que se alinee, a la fuerza si es necesario, con los dictados del partido.

En términos formales, la escritura teatral de Bombal transmite ese imaginario reconocible no solo desde los diálogos —pilar fundamental de todo texto dramático—, sino también a partir de las acotaciones que orientan la disposición escenográfica y el movimiento de los actores. Hay aquí mucho más que didascalias para orientar la acción; está la elaboración contextual de una narradora de tomo y lomo que busca darle significado a todo un conjunto de elementos que rodean el drama. Por ejemplo, cuando después describir la habitación de Ekaterina Teodosi, se acota: “Es como si una mujer encantadora, refinada y moderna, pero dueña de un sobrio sentido del gusto, hubiera intentado poner al día una sala de museo para hacerse allí un espacio tibio y acogedor”. A la luz de su propia biografía —en su juventud parisina Bombal tuvo su paso por los escenarios—, se comprende esta dedicación minuciosa de quien domina no solo las herramientas del arte narrativo, sino también las del teatro.

La aparición de El canciller es mucho más que un rescate marginal de unos papeles olvidados en los archivos. Aunque no sea una obra maestra al nivel de las dos novelas breves de la autora —una vara muy difícil de superar en la literatura nacional—, se instala con propiedad dentro del corpus bombaliano, ampliándolo al género teatral y al drama político, aunque manteniendo la mirada profunda en los grandes conflictos humanos. En la figura de Georg Teodosi, la pregunta por la libertad y las amenazas que se ciernen sobre ella alcanza un enorme dramatismo y nos confirma la genialidad de una autora que, a casi medio siglo de su muerte, reafirma su lugar centralísimo en el canon nacional.

 

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