Hay un puñado de cosas que obsesionan a Elaine Vilar Madruga, a saber: el deseo, la violencia, la memoria, la tierra, la maternidad. Cuando la cubana se sienta a escribir, esas “raíces fundamentales”, en sus palabras, la acompañan en cada página. “Intento hacer una fotografía de la realidad y la realidad está basada en todas esas coordenadas”, dice la autora, que se ha convertido en una estrella literaria por su forma de anudar los horrores íntimos y políticos con un realismo mágico que continúa renovándose a lo largo y ancho del continente. La escritora se siente heredera de esa tradición y le ha dado rienda suelta en varias de sus novelas, pero cuando cierra los ojos y se enfrenta al acto de creación, en lo que está pensando es “en el mundo que está ahí afuera”, tome la forma que tome dentro de la ficción. Es ese mundo voraz el que tenía en mente cuando escribió La piel hembra (Alfaguara), su última novela y el libro con el que cierra un exitoso ciclo que comenzó hace cinco años con La tiranía de las moscas.
La autora cubana cierra un exitoso ciclo literario con su novela ‘La piel hembra’, en la que se adentra de nuevo en los apetitos de los cuerpos y la naturaleza a través de la llegada de una Mesías nacida de dos mujeres
Hay un puñado de cosas que obsesionan a Elaine Vilar Madruga, a saber: el deseo, la violencia, la memoria, la tierra, la maternidad. Cuando la cubana se sienta a escribir, esas “raíces fundamentales”, en sus palabras, la acompañan en cada página. “Intento hacer una fotografía de la realidad y la realidad está basada en todas esas coordenadas”, dice la autora, que se ha convertido en una estrella literaria por su forma de anudar los horrores íntimos y políticos con un realismo mágico que continúa renovándose a lo largo y ancho del continente. La escritora se siente heredera de esa tradición y le ha dado rienda suelta en varias de sus novelas, pero cuando cierra los ojos y se enfrenta al acto de creación, en lo que está pensando es “en el mundo que está ahí afuera”, tome la forma que tome dentro de la ficción. Es ese mundo voraz el que tenía en mente cuando escribió La piel hembra (Alfaguara), su última novela y el libro con el que cierra un exitoso ciclo que comenzó hace cinco años con La tiranía de las moscas.
Hay algo de sus trabajos anteriores en esta entrega. Por ejemplo, un espacio físico ambivalente, sofocante por momentos, y sin una localización precisa. Un pueblo en las montañas que podría ser cualquiera y que es testigo y protagonista de una historia que entrelaza varias generaciones. Comienza con la “noche áurea”, en la que las mujeres desaparecen como si algo hubiera tomado posesión de sus cuerpos, solo para regresar a la mañana siguiente convencidas de que llevan dentro al próximo Mesías. Ese nuevo faro será, finalmente, una niña, pero no nacerá de ninguna de ellas sino de la “llamará” y el amor entre dos mujeres. “El deseo es la religión más antigua de todas. Es la religión silenciosa, la religión llamará, la que no nos atrevemos a decir en voz alta, la religión maldita, la bastarda, la que susurramos en los rincones de nuestras casas”, enumera como un torrente verbal Vilar Madruga.

En el principio y en el fin, está el deseo. “Nos acompaña en todo lo que hacemos”, defiende ella, que tenía dos preguntas atravesadas cuando comenzó esta ambiciosa historia: “Si la humanidad merece una segunda oportunidad en la tierra y si seríamos capaces de identificar a quien vino a salvarnos en caso de que venga en piel de mujer”. Ella misma atravesaba una crisis de fe cuando se enfrentó a este libro. Es, de hecho, parte de su origen. “He creído en tantas cosas en mi vida. Cuando me pongo a hacer el mapa de creencias, me doy cuenta de que ha cambiado muchísimo a lo largo de los años”, reconoce, empezando por la fe en la invulnerabilidad de los padres, la bondad de las familias o el territorio que nos ve crecer.
Las preguntas funcionan como un motor para Elaine Vilar y tenía desde siempre otra atravesada en la garganta: “¿En qué puedo creer que sea inmutable?”. “Me escribí 700 páginas para darme cuenta de que la fragilidad humana quizá sea nuestra mayor fortaleza”, bromea, “y de que quizá en ese cambio constante del ser humano esté el altar al que deberíamos rezarle”, reflexiona la autora, que despacha con rapidez y claridad cualquiera de las preguntas que se le plantean. Navega como puede en la incertidumbre, pero responde con un chispazo de lucidez, como si fuera, en realidad, una experta en la tarea: “La zozobra, aunque no te da una certeza, te da la posibilidad de preguntarte todos los días qué estás buscando en el mundo y de qué manera ser justa con ese mundo”.
La autora del bestseller El cielo de la selva(2024), alimento para cientos de clubes de lectura a ambos lados del Atlántico, añade en su última novela una capa de humor que no estaba presente antes. “Me interesa el humor como forma de tomar poder. Te permite debatir sobre el mundo absurdo, no solo de la ficción sino de la realidad política que estamos viviendo”, plantea. “Cuando tenemos una risa comprometida con la realidad, estamos adquiriendo control y poder sobre ella”, desarrolla. Elaine Vilar ve la política del continente tal como narra la historia en el pequeño pueblo en las montañas: “Una lucha de pequeños y grandes generales, cada uno más absurdo que el otro, todos disputándose un territorio, una hegemonía, una memoria. Todos disputándose, al fin y al cabo, el cuerpo de la gente, el cuerpo del poder, que es casi una ambición erótica”.

Pensaba mucho en Latinoamérica cuando escribía sobre las pequeñas luchas intestinas de su relato, y cuando esbozaba a todos los “machócratas”, esto es, “señores que creen que llevan todas las riendas de la vida, que no creen que tengan fallos ni culpa, que se creen a imagen y semejanza de lo divino”. “En la novela hay una parte de registro lingüístico que me gustaba explorar, dar nombre a cosas que existe en la vida real pero que no hemos nombrado. Quizás esa es la parte más radical de la novela”, sugiere la escritora, a la que le encantaría que esas palabras saltaran al uso cotidiano.
Frente a esos machos se erigen otros personajes como Mangoloco o el San Huesero, que escarba y busca en la tierra igual que lo han hecho madres buscadoras en todo el mundo para encontrar a sus desaparecidos. Todos ellos componen un paisaje de personajes masculinos (hay más de 30, entre hombres y mujeres), que no había explorado antes. Vuelven sin embargo las mismas preguntas, “si viven en el mejor mundo posible o en el peor”. “Se parecen a Dante. Todos mis personajes están yendo hacia los avernos y regresando de ellos”, ríe.
Elaine Vilar Madruga ha explorado todos los géneros, incluidos la poesía y el teatro, y cuenta con más de cincuenta obras publicadas. Ha sido la novela, sin embargo, la que la catapultó a la fama y la que ha terminado “vampirizando” a los demás. La narrativa es para la cubana la “arcilla cómoda”, el “monstruo perfecto” que todo lo sostiene y también donde más se divierte. “Me he tardado 20 años en decirlo. Me siento novelista”, confiesa. Solo llega a la poesía, añade, cuando ha agotado el resto de las posibilidades de expresión: “Cuando tengo que reflejarme humana y frágil en un texto”. Es por su faceta de novelista por la que ha sido seleccionada por la FIL de Guadalajara, el mayor foro de las letras hispanas, como una de las 26 voces que están renovando la narrativa en español.
Aunque habla su lengua todo el tiempo, extraña la cadencia tropical de Cuba, esa isla en mitad del Caribe con la que mantiene, como sus personajes con sus territorios, una relación ambivalente. “A veces en la isla me he sentido encerrada y a veces siento que es mi expansión al mundo”, describe. Hace un año que no visita su hogar, desde que el sillón de su abuela quedó vacío, y lo echa de menos con un dolor radical, por eso volverá para pasar fin de año. “Esa sensación de ver partir la tierra, sin tú entrar en ella…”, evoca sobre la última vez que vio Cuba desde las alturas, en un viaje desde Toronto a Argentina.
La muerte de su abuela, tan cercana a ella, es un duelo profundo que a la vez la ha liberado para buscar otros horizontes. “El cordón umbilical que me sostenía allá se cortó”, dice. Su próxima novela parte directamente de esa tristeza y busca un lenguaje diferente, ya no hacia lo exterior, sino hacia lo interior. “Es mi intento de fijar en la memoria los olores de mi abuela”, sintetiza. Ha durado poco la crisis de creatividad en la que se sumergió cuando terminó La piel hembra. Las ideas siguen fluyendo por esa mente de privilegiada imaginación, que ya anticipa: “Si esta es una llamará, la próxima novela va a ser la gota de agua cayendo sobre la roca”.
EL PAÍS












