Tash Aw, escritor: “En Asia hubo un pacto político: cállate la boca, trabaja duro y serás recompensado haciéndote rico”

Tash Aw (Taipéi, 1971) lleva dos décadas escribiendo sobre las fracturas de la Malasia contemporánea, el país de su infancia y el centro magnético de su literatura: entre campo y ciudad, pobreza y ascenso social, pertenencia y sentimiento de extranjería. Debutó con una novela histórica como La fábrica de sedas (Salamandra), pero quizá su libro más extraordinario sea Extraños en el muelle (Amok), un pequeño volumen donde reconstruyó la emigración de sus abuelos desde China, la pobreza de sus padres y los silencios familiares que marcaron su infancia.

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 Tash Aw (Taipéi, 1971) lleva dos décadas escribiendo sobre las fracturas de la Malasia contemporánea, el país de su infancia y el centro magnético de su literatura: entre campo y ciudad, pobreza y ascenso social, pertenencia y sentimiento de extranjería. Debutó con una novela histórica como La fábrica de sedas (Salamandra), pero quizá su libro más extraordinario sea Extraños en el muelle (Amok), un pequeño volumen donde reconstruyó la emigración de sus abuelos desde China, la pobreza de sus padres y los silencios familiares que marcaron su infancia. Seguir leyendo  

Tash Aw (Taipéi, 1971) lleva dos décadas escribiendo sobre las fracturas de la Malasia contemporánea, el país de su infancia y el centro magnético de su literatura: entre campo y ciudad, pobreza y ascenso social, pertenencia y sentimiento de extranjería. Debutó con una novela histórica como La fábrica de sedas (Salamandra), pero quizá su libro más extraordinario sea Extraños en el muelle (Amok), un pequeño volumen donde reconstruyó la emigración de sus abuelos desde China, la pobreza de sus padres y los silencios familiares que marcaron su infancia.

Aw acaba de publicar El sur (Anagrama), una de las grandes apuestas narrativas de la rentrée y primera entrega de una tetralogía familiar ambientada de nuevo en Malasia. Durante un mes de sequía, el deseo homosexual de Jay, su protagonista adolescente, irrumpe mientras la finca heredada por su familia empieza a resquebrajarse, igual que el país en su totalidad. Aw creció en Kuala Lumpur, estudió en Londres y hoy vive en París. En la capital francesa respondió a nuestras preguntas, sentado en uno de los bancos de molesquín deLe Select, histórica brasserie del barrio de Montparnasse, frecuentada en su día por Hemingway, Fitzgerald, Beckett y Picasso.

Pregunta. Desde que empezó a escribir, quiso firmar una gran novela épica de mil páginas situada en Asia. ¿Qué queda de aquella ambición en El sur?

Respuesta. Es verdad que al principio de mi carrera pensaba que algún día, cuando tuviera suficiente oficio, escribiría una gran saga familiar asiática, siguiendo a varios personajes a lo largo de un siglo. Luego me di cuenta de que ya no me interesaba ese tipo de novela, ni siquiera como lector. Empecé a pensar en una épica más fiel a nuestra época: íntima, fragmentaria y episódica. No vivimos nuestra vida como un relato grandioso con una coherencia total. Recordamos un mes, un año, una escena, un encuentro. De ahí salió la idea de una sola obra repartida en cuatro volúmenes.En realidad, esa épica tradicional exige cierta arrogancia masculina…

P. ¿A qué se refiere?

R. Al hecho de de que un escritor pueda mirar una época desde arriba y decir: entiendo a la perfección lo que ocurrió, cómo la historia afectó a cada individuo, y procedo a contárselo a mis lectores. Casi nadie posee ese conocimiento, ni siquiera los más importantes politólogos e historiadores. Quería hacer algo más parecido a mi forma de entender el mundo: nunca sé del todo qué está pasando. Mis personajes tampoco: entienden que sus vidas están conectadas con la política y con la historia, pero no saben exactamente cómo. Quise reducir la épica a unas pocas vidas, en un lugar concreto y durante un mes, y aun así intentar que representara algo mayor.

P. Nació en Taipéi y creció en Kuala Lumpur, pero ha vivido casi toda su vida adulta en Europa. ¿Por qué vuelve una y otra vez a Malasia?

R. Porque es el país de mi infancia y el lugar con el que he tenido la relación más complicada. Tiene que ver con un sentimiento de exclusión [por formar parte de la minoría china en Malasia, cerca del 20% de la población]. Cuando te dejan fuera de una sociedad o de un grupo social, acabas situándote en los márgenes y te dedicas, sobre todo, a mirar. Te conviertes en un observador. Esa posición terminó formando mi mirada como escritor.

P. ¿Hasta qué punto Jay es una versión de usted mismo?

R. Es más joven que yo en los noventa, cuando transcurre la historia; el personaje tiene unos diez años menos que yo. Aun así, nos parecemos en algo esencial: nunca me ha abandonado la incertidumbre y la ansiedad que él siente. A los 16 o 17 años crees que la vida será mucho más clara al hacerte mayor, pero luego descubres que esa inseguridad forma parte de la vida. También tiene que ver con la movilidad social, con ser un tránsfuga de clase: nunca sabes si has encontrado de verdad tu lugar. Y al ser un doble inmigrante, de país y de clase social, siempre me acompaña esta pregunta: ¿pertenezco realmente aquí o me echarán en algún momento?

P. Le hago la misma pregunta sobre su familia: ¿se parece a la suya?

R. Sí, bastante. La división entre la rama urbana y la rural viene directamente de mi familia. En la ciudad no éramos ricos, pero teníamos acceso a libros, al cine, a la educación, a la idea de que otra vida era posible. Mis primos del campo no tenían eso. Hace poco estaba dando una charla sobre mis libros en Ámsterdam y, ese mismo día, un primo me escribió para pedirme dinero porque unos elefantes salvajes habían derribado la valla de la finca. Nuestras vidas son hoy tan distintas que mi propio pasado a veces me parece un lugar inventado.

“Quien busca en mis libros una especie de perfección exótica sobre Asia no la encuentra por una sencilla razón: esa imagen es falsa”

P. En sus libros, Asia nunca coincide con la imagen estereotipada que se proyecta desde Occidente. ¿Le molesta que todavía se espere exotismo de la literatura asiática?

R. Sí. Se presupone que existe una Asia pura, herméticamente cerrada, perfecta en su condición asiática, totalmente unificada. Eso no existe. Asia procede de largas historias coloniales y está llena de influencias exteriores, mientras sigue siendo profundamente asiática. Quien busca en mis libros una especie de perfección exótica no la encuentra por una sencilla razón: esa imagen es falsa, una simple fantasía.

P. Jay sufre acoso y teme constantemente la mirada de los demás. Su cuerpo lo delata: se ruboriza, se paraliza, se queda sin aliento. ¿Esa vergüenza abandona el cuerpo en algún momento cuando uno la asimila tan pronto?

R. Con excepciones, yo creo que esa vergüenza permanece en el cuerpo, de una manera u otra. En buena parte de la sexualidad queer, el sexo se convierte en un intento permanente de superarla. Jay cree que estar enamorado de Chuan y el contacto físico con él van a liberarlo, pero una parte de él desea soltarse y otra sigue aferrada a esa vergüenza. Además, la vergüenza sexual se mezcla con la de ser pobre, pertenecer a una minoría y descubrir que no estás del lado correcto en el reparto de poder.

P. La familia intuye lo que sucede entre Jay y Chuan, pero nunca lo nombra. ¿Por qué evitó la escena clásica de la salida del armario?

R. Muchas veces esas escenas no funcionan así en la vida real. La mayoría de las personas que están descubriendo su sexualidad siguen aterradas, no están preparadas para pronunciar un gran discurso. Y son dos chicos en la Malasia rural de los años noventa, un lugar donde no resulta fácil mantener esa conversación. En muchas familias, y específicamente en las asiáticas, hablar de tus dificultades emocionales es complicado. Una salida del armario puede ser muy difícil. Uno busca otras maneras de vivirlo con naturalidad, sin esconderse.

P. En una escena, los protagonistas toman una leyenda del lugar y la convierten en el relato de un chico que desea a otro. ¿Están inventando la historia queer que su cultura no les ha dado?

R. Exacto. Y eso es exactamente lo que intento hacer yo. Trabajo con tradiciones literarias preexistentes, pero a través de una mirada queer. Lo que las personas queer han tenido que hacer siempre para sobrevivir es tomar espacios, prácticas y relatos ya existentes y adaptarlos.

P. En la novela aparece una forma de orfandad simbólica: incluso con una familia presente, los chicos entienden que no podrán contar con su protección.

R. Sí. Es algo que le pasa a muchos homosexuales. Desde muy pequeño sabes que llegará el día en que quizá tendrás que separarte física y emocionalmente de ese mundo. En las familias inmigrantes puede ser aún más complejo porque muchas se construyen alrededor del linaje: mis hijos estudiarán y sus hijos serán ricos. Así se levanta una dinastía. Cuando eres un hombre gay, sabes que no vas a cumplir ese cometido. No formas parte de la dinastía; de hecho, eres tú quien va a cargarse la puta dinastía. El hombre gay, en cierto modo, se hace huérfano a sí mismo. Aunque, por supuesto, es la estructura la que no le deja otra opción.

P. Eileen Myles, que desmontó la novela de iniciación en Chelsea Girls, me dijo una frase que no he olvidado: “El coming of age femenino es la violación”. ¿En qué consistiría, para usted, el rito de paso homosexual?

R. No ocurre cuando tienes sexo por primera vez ni cuando entiendes que eres gay. Ocurre cuando comprendes que no necesitas seguir dentro de la estructura familiar para poder florecer. Es cuando piensas por primera vez: puedo vivir sin estas personas. Es muy doloroso, pero también veo algo hermoso que es propio de la experiencia queer y que hace de contrapeso a la vergüenza: tu sexualidad puede darte las herramientas para apartarte de estructuras que, de otro modo, te atraparían, te oprimirían y acabarían contigo.

P. La familia sobrevive a base de no nombrar verdades incómodas. ¿El silencio protege o destruye?

R. Puede hacer las dos cosas. El silencio de Jay sobre su sexualidad protege su intimidad. Y también funciona en el sentido opuesto: mis padres también me protegieron a mí al no transmitirme con todo lujo de detalles su experiencia de pobreza, exclusión y discriminación. El problema es que el silencio no es selectivo: también borra cosas que quizá no querías borrar. Yo no absorbí todo el trauma de mis padres, pero sigo percibiéndolo en cómo se comportan y piensan. Siempre hay alguien que acaba pagando por el silencio familiar. Nunca sale gratis.

P. Sin embargo, usted escribe sobre muchas de las cosas que su familia calla. ¿Qué piensan ellos de sus libros?

R. No tengo claro si los han leído. Quizá solo los libros más breves. La verdad es que nunca hablamos de ello. No vengo de una familia lectora y no tenemos costumbre de discutir las cosas. Aunque no creo que mi trabajo como escritor sea rellenar el silencio. Mi trabajo es nombrarlo, igual que nombro la vergüenza: para reconocer que existe, para dejar de negar su existencia.

P. En el libro, casi todos los personajes quieren irse o se reinventan al ser desplazados a la fuerza. ¿Reconoce en ellos su propio deseo de huida?

R. Nunca lo había pensado así, pero creo que tiene razón. Jay se enamora de Chuan y al mismo tiempo ya imagina otros hombres, otras ciudades. Le preocupa no tener solo el instinto de irse, sino el de huir, y que marcharse acabe convirtiéndose en su forma de vida. Yo me reconozco en eso. Vengo de una larga línea de personas que emigraron. Mi explicación es que irse a otro lugar está en mis genes. Y entre las personas queer quizá ese impulso sea más fuerte, porque desde muy pronto sabes que tienes que encontrar tu propio espacio para vivir tu vida y no la que te intentan imponer.

“Aprendí a sobrevivir como hombre gay porque antes sobreviví como inmigrante. Desde los cuatro o cinco años ya sabía qué máscara llevar en cada momento”

P. En el libro, describe un espacio en los márgenes del colegio donde se reúnen los chicos gays y otros inadaptados. Es una imagen turbadora: un lugar de exclusión que termina convertido en refugio.

R. Conozco bien esos márgenes. Para mí, ser queer siempre ha estado entrelazado con el hecho de ser inmigrante. Aprendí a sobrevivir como hombre gay porque antes sobreviví como inmigrante. Desde los cuatro o cinco años ya sabía que en cada lugar tenía que hablar de una manera, comportarme de otra, saber qué idioma usar, cómo mezclarme con los demás, qué máscara llevar en cada momento. Años después, cuando entendí que era gay, pensé: esto ya sé hacerlo. De esa alienación no te recuperas en abstracto. Te recuperas encontrando una comunidad que habita en esos espacios intermedios.

P. El dinero también organiza las relaciones de poder en la novela e incluso tiene una dimensión moral. ¿Qué cree que prometió el crecimiento económico a su generación?

R. En buena parte de Asia hubo un pacto político: seas mujer, gay, de origen chino, inmigrante o cualquier otra minoría, cállate la boca, trabaja duro y serás recompensado haciéndote rico. Mucha gente renunció a sus derechos a cambio de esa promesa. Décadas después, solo una minoría concentra la riqueza y mucha gente se ha quedado atrás. Eso puede suceder dentro de una misma familia. Por un accidente minúsculo del destino, mi vida se alejó radicalmente de la de los primos con los que crecí. Pienso mucho en por qué me pasó a mí y no a ellos.

P. ¿Qué escritores le influyeron mientras escribía El sur?

R. Chéjov es muy importante para mí por cómo consigue que lo íntimo se vuelva universal y político. Y, políticamente, James Baldwin está detrás de muchas cosas que escribo. Aprendí a ser chino malasio leyendo a un afroamericano: entendí qué significa formar parte de un país sin estar incluido en su proyecto. La idea de seguir a una familia a través del tiempo debe algo a Zola. Y Proust está en esa forma de observar la vida doméstica y, a través de ella, registrar grandes cambios sociales.

P. La finca que hereda la familia fue próspera, pero ahora está en decadencia: la sequía ha abrasado los campos y los árboles enfermos van a ser talados. Hay en su libro la sensación de que lo mejor ya quedó atrás.

R. Sí. Eso viene de Chéjov y también de Proust, esa sensación de que el futuro no es prometedor, de que quizá lo mejor haya quedado atrás. Es extraño porque, en mi vida privada, soy bastante optimista. Pero cuando observo cómo ha evolucionado la sociedad, lo soy mucho menos. Aun así, no creo que la desesperanza sea irreversible. La historia nos ha demostrado que las realidades políticas pueden cambiar muy deprisa.

P. El próximo volumen llevará a Jay a Londres. ¿Qué nos puede adelantar?

R. Describirá lo que solía hacía un hombre gay de 26 años durante los dosmil en Londres. En otras palabras, habrá bastante sexo [risas]. Me interesa la distancia que existe entre los 17 y los 26: a los 17 eres prácticamente un niño; a los 26 ya eres un adulto y tienes que resolver tu propia vida. También me interesa Londres al final de una época extraordinaria, justo antes de la crisis financiera. Me atraen los libros situados en el apogeo de un periodo, inmediatamente antes de una gran ruptura. Diría que solemos pensar así en nuestra vida: qué maravilloso fue aquel año, justo antes de que algo cambiara para siempre. Me interesa mucho ese momento antes de que todo se vaya a la mierda.

El sur. Tash Aw. Traducción de Álex Gibert. Anagrama, 2026. 288 páginas. 20,90 euros.

El sud. Tash Aw. Traducción de Míriam Cano. Les Hores, 2026. 248 páginas. 20,90 euros.

 

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