En defensa de las cosas mal hechas

En 2008, el estudio cinematográfico estadounidense Dreamworks estrenó Kung Fu Panda, una película de animación que muestra las peripecias de un oso panda grande y torpón aficionado a las artes marciales que se convierte por accidente en el elegido para transformarse en un guerrero dotado de poderes. La película fue denunciada en China por ofender a un símbolo nacional, pero también fue sorprendentemente popular en taquilla, por lo que abrió un debate más profundo. “El protagonista de la película es el tesoro nacional chino, todos los elementos son chinos”, comentó el entonces presidente de la Ópera de Pekín, Wu Jiang, en declaraciones recogidas por la prensa oficial. “¿Por qué no la hemos hecho nosotros?”, añadió.

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 En estos tiempos de limo generativo, tenemos que apreciar los esfuerzos por seguir haciendo arte humano, aunque sea malo  

En 2008, el estudio cinematográfico estadounidense Dreamworks estrenó Kung Fu Panda, una película de animación que muestra las peripecias de un oso panda grande y torpón aficionado a las artes marciales que se convierte por accidente en el elegido para transformarse en un guerrero dotado de poderes. La película fue denunciada en China por ofender a un símbolo nacional, pero también fue sorprendentemente popular en taquilla, por lo que abrió un debate más profundo. “El protagonista de la película es el tesoro nacional chino, todos los elementos son chinos”, comentó el entonces presidente de la Ópera de Pekín, Wu Jiang, en declaraciones recogidas por la prensa oficial. “¿Por qué no la hemos hecho nosotros?”, añadió.

El porqué los seres humanos creamos (o no creamos) es una pregunta clave en la historia de la filosofía. En el caso de China, pueden darse varias explicaciones: culturales, sociológicas, hasta religiosas. Pero la mayoría de ellas apuntan más o menos al mismo sitio: cuando se impone una conformidad con una referencia, la tendencia natural es ir a lo seguro y alinearse con esa exigencia. El resultado tiende a ser repetitivo y mediocre, lo que contrasta aún más con lo que se aleja de la regla.

En el caso de China, esa línea es dictada por el Partido Comunista, pero no hace falta un régimen totalitario para sentir el peso de la exigencia de conformidad. Dos de los clásicos de la literatura distópica, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, parten de la misma base: una cultura primariamente hedonista en la que distanciarse de la norma no solo está socialmente mal visto sino legalmente perseguido. Pero mientras que en el libro de Huxley, británico y escrito en 1932 (con los totalitarismos en pleno auge) esa cultura viene impuesta desde arriba, en el del estadounidense Bradbury, 20 años más tarde y con una guerra mundial de por medio, es una consecuencia lógica del capitalismo.

En estos tiempos de viralidad, la presión viene de unas redes implacables (en las que me incluyo, mea culpa). Cualquier trabajo mal hecho, por el motivo que sea, corre el riesgo de prender en Internet como una tea y generar días, incluso meses, de burlas. En este entorno, a mucha gente la inteligencia artificial generativa les llega como un regalo caído del cielo. Si uno presta atención y consigue descartar los delirios como personas con 13 dedos y carteles con letras de mentira, el resultado es algo perfectamente pasable, pero perfectamente mediocre.

Hacer las cosas «bien» ha dejado de significar lo que tradicionalmente significaba. Ahora «bien» es rápido, por mediocre que sea. Y lo mejor es el nivel de renuncia de responsabilidades que trae consigo. Un «, lo ha hecho la IA» y un «cosas de la IA» tras otro.

— RuiBEAT 🎲 (

@ruibeat.com

)

26 de junio de 2026 a las 8:20

Pero no todo lo malo es igual. Por un lado, está lo malo por falta de esfuerzo, aquello derivado de no querer dedicarle más tiempo de lo imprescindible. Es lo que está llevando a los profesores a volver a las clases y a los exámenes presenciales, y a la locura a editores (literarios y de prensa) y correctores por doquier. Ya estamos viendo, y cada vez veremos más, ciudadanos con el cerebro blandito por falta de uso. No sé si somos conscientes de lo pernicioso que puede resultar para la democracia. Vista la orientación ideológica de muchos tecnobros, cuesta no considerar la idea de que sea a propósito.

Existe algo aún peor, a mi entender, y es el peligro de perder cosas como la Biblia en verso de Carulla (que existe, está en Granada) o el In the ghetto del Príncipe Gitano. Porque el limo generativo por doquier nos hace apreciar más lo bueno, pero también estimar más ciertas cosas mal hechas. Lo que acaba valiendo la pena es la buena voluntad y el entusiasmo, y el valor de decirse “¿por qué no?”. Y, sobre todo, porque cualquier progreso en el arte se pavimenta o sobre intentos previos y fallidos. Necesitamos a gente que haga cosas mal con entusiasmo porque es el único camino para que haya gente haciendo cosas.

Así que, adelante: hágalo mal, pero hágalo usted. Le apreciaremos por ello. E intentaremos no reírnos.

 EL PAÍS

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