Los arqueólogos han hallado parte de la lápida funeraria del gobernador Abu Hayyay, hermano del Rey Lobo
Entre 1092 y 1094, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, puso cerco a Balansiya (Valencia). El enfrentamiento llenó la ciudad de muertos. Por razones religiosas, “los difuntos no podían ser enterrados dentro de la medina, ni en torno a una mezquita”, según explica el artículo La rawda de Balansiya, estudio de las prácticas y rituales funerarios. Como las tropas del Cid rodeaban Valencia, habría que hacer una excepción y darles sepultura en el panteón real o rawda, intramuros.
El artículo que firma Llorenç Alapont Martín, en la revista científica L’Almoina, sostiene que “es factible que algunos de los enterramientos de la rawda, datados en el siglo XI, fuesen de fallecidos durante los años de asedio de Rodrigo Díaz de Vivar”. Pero hay más. Las excavaciones del Almudín, donde se ubicaba el cementerio (actual museo y sala de exposiciones en el centro de la ciudad), han sacado a la luz que este lugar albergó las “tumbas de los gobernantes almohades tras el fin del reinado amirí, como demuestra el hallazgo de un fragmento de lápida funeraria datada en 1181 dedicada al dignatario Abu Hayyay, hermano de Muhammad Sad Mardanis, conocido como el Rey Lobo, poderoso monarca de la taifa de Murcia.
Donde ahora se alza el edificio del Almudín hace un milenio se ubicaba un recinto fortificado con cuatro torres que contaba con área de jardín o huerto, elemento muy característico de los complejos palatinos en el mundo andalusí. En torno a este edificio, existía un complejo que incluía baños, viviendas nobiliarias y el panteón real o rawda, formando así un pequeño barrio o alcazaba próxima a la mezquita.
Los cementerios islámicos (makbaras) debían situarse fuera de los recintos amurallados. “No obstante, puede haber excepciones, como con aquellos que murieron durante el asedio de ciudad por parte del Cid Campeador (1048-1099), los cuales tuvieron que ser enterrados dentro de la muralla al ser imposible acceder a los cementerios exteriores”, escribe Alapont, profesor de Historia Antigua de la Universitat de València.

La rawda del alcázar era el lugar de sepultura de la dinastía amirí de Balansiya, del rey de la taifa valenciana Abd al-Aziz ibn Abi Ámir, de su familia, de sus sucesores y de los dignatarios y miembros del sequito real. Este cementerio privilegiado continuó albergando las tumbas de los gobernantes almohades tras el fin del reinado amirí, como demuestra el hallazgo del citado fragmento de lápida funeraria. El recinto permaneció siendo el lugar de enterramiento de los regentes de la ciudad hasta la conquista de Jaime I en 1238.
A pesar de que la rawda albergaba los sepulcros de las élites de Balansiya, los enterramientos no mostraban una especial monumentalidad. La escuela malikí de Derecho, la más importante y la predominante en el territorio de Al-Ándalus, recomendaba no erigir grandes mausoleos ni tumbas monumentales, ya que contradecía la idea islámica de la igualdad de los humanos frente a la muerte. Por ello, adornar a los difuntos con objetos suntuosos y de adorno personal era considerado un símbolo de vanidad, pueril e innecesario.
Sin embargo, en la rawda de Valencia se han encontrado dos sepulcros en los cuales los difuntos se acompañaban de singulares y lujosos adornos de oro, lo que los identifica, sin lugar a dudas, como miembros de la realeza.
La primera difunta era una joven de entre 18 y 21 años, que presentaba dos pendientes de oro. El segundo difunto era un hombre maduro de entre 40 y 50 años que mostraba a lo largo de la columna vertebral numerosos filamentos de oro. Las hebras áureas formaban una decoración en forma de espiral y círculos concéntricos que aluden a los característicos bordados árabes. Estos bordados dorados podrían decorar las telas del sudario.
Es fácil asociar este lujoso vestigio al bisht árabe, la túnica exterior masculina hecha tradicionalmente de lana de camello con bordes bordados denominados zari. El bisht real, fabricado especialmente para los príncipes y los magistrados importantes, siempre utilizaba hilos de oro en los bordados del cuello, los bordes y las mangas. El bisht representa un símbolo de prestigio, usado por lo general por los jefes tribales, los reyes y los imanes. Es una prenda de estatus, asociada con la realeza, la posición religiosa y la riqueza.

Durante las excavaciones realizadas en l’Almoina entre 1985 y 1986 se abrieron 65 enterramientos. En el año 2002, se reanudaron los trabajos y se exhumaron otros 29 difuntos. De estos últimos individuos, se ha realizado un completo estudio bioantropológico que ha aportado datos significativos en cuanto al perfil biológico de la población, la edad de la muerte, el sexo, la estatura, características físicas, variaciones morfoesqueléticas y paleopatologías.

En varios enterramientos se hallaron clavos de hierro y abundantes restos de madera que podrían corresponder a parihuelas, ataúdes o tablas de madera que revestían la fosa, o, incluso, conformaban las cubiertas de la sepultura, ya que en algunos casos aparecen numerosos residuos de este material sobre los restos esqueléticos.
En las escrituras del Corán, no hay ninguna referencia explícita sobre cómo deben enterrarse los musulmanes, ni sobre el rito a seguir a la hora de los enterramientos, tan solo que la oración debía hacerse en dirección a la Meca. “En la rawda de Balansiya todos los individuos fueron enterrados de una forma normalizada, es decir, orientados sur-norte, con la cabeza al sur y los pies al norte, decúbito lateral derecho, con el bloque cráneo-facial en norma lateral izquierda apoyado sobre el parietal y temporal derecho, orientado al este”, indica el historiador.
La mayor parte de los esqueletos mostraban signos de haber estado amortajados. El ritual de amortajar a los muertos es propio de la religión musulmana. “Su principal finalidad es evitar que el alma de los muertos vuelva con los vivos, atormentándolos. Para ello, es preciso el amortajamiento del cuerpo de la forma apropiada siguiendo los ritos prescritos en el Islam”, recuerda Alapont. Hayas muerto como hayas muerto y sin importar tu clase social.
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Entre 1092 y 1094, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, puso cerco a Balansiya (Valencia). El enfrentamiento llenó la ciudad de muertos. Por razones religiosas, “los difuntos no podían ser enterrados dentro de la medina, ni en torno a una mezquita”, según explica el artículo La rawda de Balansiya, estudio de las prácticas y rituales funerarios. Como las tropas del Cid rodeaban Valencia, habría que hacer una excepción y darles sepultura en el panteón real o rawda, intramuros.













