Carlos Bardem (Madrid, 63 años) entrega su séptima novela, Triángulo (AdN), un texto que, a través de su protagonista, el misántropo escritor Diego Roca, sumido en un bloqueo creativo, es una impugnación al mundo contemporáneo: la crisis urbana y de vivienda, la amenaza tecnológica, las heridas sin cerrar de la Guerra Civil, la violencia sexual o eso que en Gaza los expertos de la ONU llaman genocidio.
‘Triángulo’, su nueva y séptima novela, es una impugnación del mundo contemporáneo a través de la mirada de un escritor misántropo
Carlos Bardem (Madrid, 63 años) entrega su séptima novela, Triángulo (AdN), un texto que, a través de su protagonista, el misántropo escritor Diego Roca, sumido en un bloqueo creativo, es una impugnación al mundo contemporáneo: la crisis urbana y de vivienda, la amenaza tecnológica, las heridas sin cerrar de la Guerra Civil, la violencia sexual o eso que en Gaza los expertos de la ONU llaman genocidio.
El propio proceso de escritura, como en una especie de juego metaliterario, es otro de los múltiples temas. “Es que para mí la novela es un camino de aprendizaje… y esta novela habla de muchas cosas, todas conectadas”, dice el autor. Bardem recibe en su piso, en el turistificado centro de Madrid. Está de alquiler, señala. Y ha participado activamente en el apoyo de la acampada por la vivienda en la Puerta del Sol.
Pregunta. Cómo está lo de la vivienda…
Respuesta. Con el turismo nos hemos convertido en los Oompa Loompa de la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Aquí no tengo vecinos, ni hay tiendas cerca, pero sí muchos locales de café de especialidad, matcha latte y cosas de esas. No hay un paisaje humano en el que reconocerte y con el que conectar. En mi edificio solo quedo yo; estamos para dar color local al visitante. Tenemos que recuperar las ciudades. Nos las han robado.
P. Ha estado usted en la acampada de la Puerta del Sol.
R. Lo que he visto es un acto de amor, de bondad, de solidaridad. No existe un acto de amor más potente que pedir una vida digna para todos.
P. Dicen que la ultraderecha es el nuevo punk. Usted dice en su libro que la bondad es el nuevo punk.
R. Lo que abre la puerta al fascismo es el hijoputismo, la consagración del individualismo. El capitalismo tiene una ley de hierro: la búsqueda del beneficio. Ahora que se ha mercantilizado todo, solo queda la bolsa de gasto social. Los derechos: sanidad, educación, vivienda. Ese expolio aumenta la desigualdad. Y esto no se puede mantener sin soluciones autoritarias. Contra esta situación, no hay nada más revolucionario que la bondad.
P. ¿Cómo ve a la derecha con respecto a la vivienda?
R. Lo que está ocurriendo es terrible para la derecha, porque se ha puesto en el centro del discurso una necesidad real de la gente, que es tener un techo. La derecha no tiene forma de reaccionar, porque nunca ha tenido la intención de arreglarlo, es copartícipe de la especulación.
P. Está todo patas arriba. El protagonista de su novela está en conflicto con el mundo.
R. En estos tiempos, cualquier persona decente debería estar conflictuada con el mundo. Entiendo la literatura como un ejercicio de responsabilidad ante el mundo y con aquellos con quién lo compartimos. Este libro habla, fundamentalmente, de la inutilidad de las torres de marfil. Los bárbaros siempre están ahí con las teas en la mano dispuestos a incendiar la biblioteca de Alejandría. Los que piensan que se van a salvar se equivocan: esta es también una novela contra los tibios. Esos que Dante coloca en la puerta del infierno.
P. Entiende la cultura de una forma muy política.
R. Hoy no sirve para nada el arte por el arte. Hay quien dice que el arte no debe tener una utilidad, que basta la belleza. A mí ese arte no me interesa, me parece colaboracionista. Reivindico una cultura militante. Eso no quiere decir que no me ocupe de la belleza formal o del pulso narrativo, creo que mis novelas se leen muy bien.

P. Hay una serie de creadores —Juan Diego Botto, Pedro Almodóvar, Ana Belén o usted— que suelen implicarse en las luchas sociales y que son encasillados por eso. “Ya están los de siempre…”.
R. Como dirían en Argentina, “yo ya estoy jugao…”. Yo ya estoy en la bandeja de pendientes de la gente de la derecha desde hace mucho tiempo. Por llamarme Bardem ya sé que mucha gente no me va a leer… y otra tanta por mis ideas políticas. No me preocupa. Poner voz a las causas que creo que son justas es para mí una obligación, una manera de estar en el mundo. Y cuando te critican por “politizado”, lo que molesta no es que hables de política, sino que no seas de su cuerda.
P. ¿A usted le genera molestias?
R. Sí, pero son incomparables, por ejemplo, con el valor de los chicos y chicas del Sindicato de Inquilinas que ponen los cuerpos y reciben los porrazos. No dejamos de ser unos privilegiados. En la calle se me acerca gente muy simpática, luego algunos me suelen insultar… pero desde coches en marcha [risas]. No me quejo, esa ha sido mi elección.
P. En una novela suya, que fue película de Santiago Zannou, Alacrán enamorado, retrataba el crecimiento del fascismo. Ya en 2013.
R. Triángulo también es una novela antifascista. Los fascismos empiezan contra una minoría, con una mayoría indiferente. Es un estado dual. Luego esa minoría perseguida empieza a crecer y cada vez incluye a más gente que pensaba que la cosa no iba con ellos. Y, al final, ese estado dual se convierte en un estado totalitario. Estamos viviendo uno de esos momentos.
P. Vuelve a la Guerra Civil.
R. Creo que cualquier novelista que quiera hacer literatura tiene que enfrentar en algún momento la gran herida de este país. Los privilegios vienen de atrocidades que sucedieron en la guerra y en el franquismo, salen de expolios y masacres. En la novela trato de explicar que, al final, por mucho que pienses que el privilegio te salva, la realidad te va a alcanzar, y de una manera brutal.
P. Compara usted Troya, Gaza y el Badajoz de la Guerra Civil.
R. Es el hilo eterno de la guerra. Vivimos sobre un dédalo de fosas. En Occidente estamos en una burbuja de privilegio. Por el momento no nos tiran bombas, pero vivimos sobre osarios: aquí, en las fronteras, en el fondo del Mediterráneo. Y otro hilo negro que las recorre es la violencia contra la mujer.

P. Su protagonista se ve en un momento en el que las tornas han cambiado en el mercado literario y lo que más interesa es la literatura escrita por mujeres.
R. No creo que haya literatura de mujeres o de hombres, solo hay buena y mala literatura. Pero es cierto que durante siglos hemos sido los hombres los que les hemos contado a las mujeres cómo son. Entonces me parece lógico que ahora haya una necesidad de las mujeres de leer a mujeres. El feminismo es la mayor revolución de los últimos 100 o 150 años, y gran parte del auge de la ultraderecha es la respuesta de las masculinidades frágiles.
P. Su protagonista no es machista, pero tiene sus contradicciones.
R. Yo, que soy hijo de una gran feminista y que tengo a otra feminista como pareja, y que trato de escuchar con las orejas muy abiertas a las mujeres que hablan de esto, también me veo en esas contradicciones. Por mucho que suscriba las ideas feministas, me he criado en un marco cultural heteropatriarcal. Me salen tics que me digo: esto es una red flag, una machistada de manual. Si eso me pasa a mí, qué no le pasará a uno de esos que se declaran orgullosamente machistas.
P. Probablemente, el ciudadano de a pie le asocie más al cine que a la literatura, porque el cine da una visibilidad que no dan los libros. Pero usted no es un actor que se ha puesto a escribir: esta es su séptima novela.
R. Soy un poco bicho raro. Hay gente que no sabe dónde colocarme. Siempre digo eso de que actuar y escribir son dos caras de la misma pasión: contar historias. Cuando actúo, soy una pieza de una narrativa ajena. Cuando escribo, es mi narrativa y soy completamente responsable. La etiqueta de actor que escribe seguramente no ayuda ante ciertos mandarines de la cultura, pero yo contra eso lo único que puedo hacer es seguir escribiendo.
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