La noticia ha llamado la atención. Calbee, el mayor fabricante de patatas fritas y snacks de Japón, dejará de imprimir a color sus envases alimentarios. A partir del 25 de mayo, y por tiempo indefinido, los envoltorios lucirán un diseño más sencillo, en blanco y negro. El cambio afectará a 14 variedades de sus productos más conocidos —como las galletas de gambas, las patatas con pimienta negra o los cereales con fruta— y tiene un origen concreto: el bloqueo del estrecho de Ormuz. La guerra de Estados Unidos con Irán ha menguado el suministro de los derivados del petróleo necesarios para fabricar las tintas de colores que se usan en los envases.
La noticia ha llamado la atención. Calbee, el mayor fabricante de patatas fritas y snacks de Japón, dejará de imprimir a color sus envases alimentarios. A partir del 25 de mayo, y por tiempo indefinido, los envoltorios lucirán un diseño más sencillo, en blanco y negro. El cambio afectará a 14 variedades de sus productos más conocidos —como las galletas de gambas, las patatas con pimienta negra o los cereales con fruta— y tiene un origen concreto: el bloqueo del estrecho de Ormuz. La guerra de Estados Unidos con Irán ha menguado el suministro de los derivados del petróleo necesarios para fabricar las tintas de colores que se usan en los envases. Seguir leyendo
La noticia ha llamado la atención. Calbee, el mayor fabricante de patatas fritas y snacks de Japón, dejará de imprimir a color sus envases alimentarios. A partir del 25 de mayo, y por tiempo indefinido, los envoltorios lucirán un diseño más sencillo, en blanco y negro. El cambio afectará a 14 variedades de sus productos más conocidos —como las galletas de gambas, las patatas con pimienta negra o los cereales con fruta— y tiene un origen concreto: el bloqueo del estrecho de Ormuz. La guerra de Estados Unidos con Irán ha menguado el suministro de los derivados del petróleo necesarios para fabricar las tintas de colores que se usan en los envases.
El conflicto en Oriente Próximo, que amenaza la producción de alimentos por la escasez de fertilizantes y ha disparado el precio de la comida a nivel mundial, también afecta a su representación gráfica. Y este no es un mero detalle de color. En un mundo donde los alimentos envasados ocupan gran parte del paisaje en los supermercados, y donde los envases actúan como portavoces de los productos que contienen, suprimir los colores y cambiar el diseño puede modificar las decisiones de compra y consumo. Si algo se ve diferente que antes, es lógico pensar que ha cambiado todo lo demás.
Por esta razón, Calbee ha subrayado de manera explícita que la medida solo afecta a los envoltorios. Es decir, se trata de una modificación puramente estética que no altera la calidad, la seguridad ni el sabor de los alimentos. Ni siquiera roza el contenido. Sin embargo, impacta de lleno en la percepción del consumidor, que muchas veces solo tiene las imágenes y las descripciones del envase para hacerse una idea de cómo es el producto que hay dentro.
Colores que influyen en el sabor
Los envases alimentarios desempeñan un papel determinante en las decisiones de compra. Ofrecen información valiosa —y obligatoria— sobre los productos que contienen, pero también —y sobre todo— lucen elementos llamativos, fantasía narrativa y mucha publicidad. Esto tiene explicación: un supermercado o una tienda de autoservicio son espacios muy competitivos donde los productos se disputan la atención, las preferencias, las cuotas de estómago y el presupuesto de los clientes. Destacar entre la multitud es crucial.
En ese contexto, el uso del color es importantísimo. No solo porque puede captar la atención desde lejos, sino también porque ayuda a imaginar los productos. “El cerebro construye asociaciones entre colores y sabores a través de experiencias repetidas desde la infancia. Esta asociación sirve para predecir qué sabor tendrá un alimento. En otras palabras, para el cerebro el sabor es inicialmente visual”, explica la doctora en neurociencia María Jimena Ricatti.

“El mecanismo es tan automático que el consumidor no es consciente de que el color anticipa el sabor antes de que el producto llegue a su boca. Sin el color, la expectativa de sabor se vuelve impredecible y el producto puede percibirse con menor intensidad o diferente, incluso si su formulación es idéntica”, agrega.
Numerosos trabajos que analizan la influencia de los colores en las percepciones y las preferencias alimentarias apuntan en la misma dirección. Y muestran que no solo influyen en las expectativas sino, como dice Ricatti, en la degustación. Por ejemplo, dos envases de distinto color que contienen el mismo zumo pueden alterar de forma drástica la percepción de su sabor y contribuir a que parezca más (o menos) dulce.
Charles Spence, uno de los grandes referentes en este campo de estudio, ha documentado la importancia decisiva que tiene el color de los alimentos y bebidas en el comportamiento del consumidor. En Gastrofísica (Paidós, 2022), presenta varios ejemplos e incluso cuenta una anécdota personal con un helado que compró en su primer viaje a Japón. El helado era verde, así que Spence esperaba que supiese a menta, pero nada más probarlo, el sabor lo descolocó. “Di un respingo de sorpresa al notar un gusto totalmente inesperado: en realidad, era un helado con gusto a té verde […]. Debo confesar que nunca he sido capaz de superar aquella sorpresa inicial”, relata el investigador en su libro.
El efecto de elegir en blanco y negro
El color es una herramienta eficaz para mejorar el aspecto de los alimentos. También cuando se trata de productos frescos y sin procesar, como unos ajos o unas mandarinas. Si vienen envueltos en mallas, el color de esas mallas no es casual: rojo o naranja intenso en el caso de las mandarinas; morado en el caso de los ajos. La decisión se basa en una ilusión óptica conocida como el efecto Munker-White. Percibimos los colores de un objeto basándose en los tonos que lo rodean. Así, al mirar los alimentos a través de esas redes de color, el cerebro interpreta que tienen un tono más intenso y uniforme: la fruta parece más madura y fresca; los ajos, más brillantes y blancos.
La comida representada en los envases, aunque sea una fotografía o una ilustración, también emplea los colores para generar sensaciones y deseo, incluso cuando el alimento real no está a la vista. La imagen de unos guisantes de color verde intenso o la de unos tomates rojos y brillantes que envuelven las latas de conservas y de salsas son embajadoras eficaces. ¿Qué pasaría si, de pronto, esas fotografías se imprimiesen en blanco y negro, como los productos de Calbee? ¿Podría reducir la apetencia y el consumo?
“Es probable que sí, al menos inicialmente”, responde la doctora Ricatti, fundadora de Sensorytrip, una plataforma que trabaja con la experiencia del consumidor desde la neurociencia aplicada. “La familiaridad visual es un factor de decisión de compra automático, donde el consumidor decide en segundos. Un packaging que no activa este reconocimiento sensorial genera confusión en la decisión de compra, impactando directamente en el consumo. Ante esta situación, las marcas grandes y reconocidas podrían sostenerse, pero las pequeñas tendrán más dificultades”, analiza.
La especialista señala que cuando el color no puede hacer el trabajo de activar la expectativa de sabor, hay otros elementos, como la textura y el sonido, que se convierten en los principales recursos. Y pone un ejemplo con los snacks. “Una forma de apelar a la textura del comestible es usar un material para el envase que, al tocarlo, produzca un sonido agudo y quebradizo, ya que esta información sensorial crea una expectativa de crocancia antes de comer —dice—. En este sentido, la textura pasa a ser la protagonista; la percepción de lo que es crujiente se diseña desde el material de su bolsa”.
En los alimentos procesados y envasados, el envoltorio también se “cocina”. Sus ingredientes son otros —como plásticos, cartones, vidrios o derivados petroquímicos para elaborar tintas de colores—, se comen con los ojos y alimentan la ilusión, modifican la experiencia y nutren las expectativas.
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