El cineasta español concursa en la sección oficial del festival por séptima vez con ‘Amarga Navidad’, estrenada en España el pasado marzo, y que inicia en Francia su trayectoria internacional
Tras ganar el León de Oro de Venecia con La habitación de al lado, su primera película en inglés, Pedro Almodóvar regresa a la tierra prometida del festival de Cannes con Amarga Navidad, su último largometraje. La película, la más metalmodovariana de su carrera, que recoge muchas de sus obsesiones y miedos, se estrena en Francia este miércoles con el título de Autofiction, pero antes se proyectó en el impresionante teatro Lumière del Palacio de Festivales, la sala magna de Cannes. Rodeado de su equipo, en un día con el cielo encapotado, el director volvió a darse un baño de masas en un país que lo idolatra.
La relación de Almodóvar con Cannes es larga e intensa. La última vez que el cineasta español estuvo en el festival fue en 2023 con el cortometraje, también rodado en inglés, Extraña forma de vida. Antes, había pasado seis veces por el concurso con Todo sobre mi madre (1999), que le valió el premio al Mejor Director; Volver (2006), Premio al Mejor Guion y a todo el reparto femenino; Los abrazos rotos (2009); La piel que habito (2011); Julieta (2016) y Dolor y gloria (2019), por la que Antonio Banderas obtuvo el premio al mejor actor. Curiosamente, solo ha estado una vez con un largometraje fuera del concurso: en 2004, inauguró Cannes con La mala educación. En 2017, fue presidente del jurado. La Palma de Oro se le resiste, pero Cannes es su festival.
Como ocurrió con Volver, el estreno en España de Amarga Navidad ha tenido lugar semanas antes del festival. Su exhibición nacional no penaliza a las películas a concurso. Si a la prensa española le queda poco por decir sobre el filme, la francesa lleva semanas a vueltas con Almodóvar por el estreno de Autofiction y por la integral de su obra que proyecta el Centro Pompidou de París. Allí, en una masterclass, el cineasta confesó en abril que para él el cine siempre fue “una gran fiesta”. También recordó algo de sus cortometrajes de Súper 8 del inicio que conecta con su última película: entonces, por precariedad económica, él era todos los personajes y, de alguna manera, medio siglo después todos siguen siendo él.
La mítica revista de cine Cahiers du Cinéma, dirigida por Marcos Uzal, le ha dedicado su portada de marzo. “En Cahiers salimos entusiasmados de Amarga Navidad”, cuenta su redactor jefe, Fernando Ganzo. “Nos sorprendió su carácter obsesivo, su complejidad, pero también su ironía, lo lúdica que resulta. Con esta película, más incluso que con Dolor y gloria, donde la parte autobiográfica tenía más peso, es como si los personajes, las películas, hubieran reemplazado la vida como materia prima. Ahora Almodóvar se pregunta por el gesto mismo de la escritura y sabe hacerlo con una vitalidad tremenda. No se trata de un cineasta que se mira a sí mismo, sino de una película que vemos construirse en directo ante nuestros ojos, cambiar de forma, reconfigurarse constantemente”.

En este sentido, Amarga Navidad entronca de manera profunda con La piel que habito, película en la Almodóvar abordó de forma trágica la relación creador-criatura y sus límites. La película dentro de la película de Amarga Navidad es una suerte de Frankenstein en el que Almodóvar se mira en esa directora de cine hecha de retales de sí mismo a la que él y la actriz Barbara Lennie imprimen un soterrado y brillante sentido del humor.
La abstracción estilística que Almodóvar inició con Julieta sigue su curso en su nueva película, pero Amarga Navidad va más allá, como uno de sus trabajos más extraños, iconoclastas y fascinantes, con una secuencia catártica entre Leonardo Sbaraglia (el otro alter ego del filme) y el personaje que da vida Aitana Sánchez-Gijón, esa asistente personal que lleva veinte años a su lado y le advierte (como si él se lo dijera a sí mismo) sobre su pérdida de gracia y autocomplacencia.
Con todo este autocuestionamiento en el equipaje, Almodóvar pisó otra vez las calles de Cannes y lo hizo con lo que mejor define a su obra: los actores como la pieza esencial de todas sus historias, ese uso del color que entronca con sus raíces y su fascinación infantil con el technicolor, su permanente oda al artificio como vehículo de emociones y con la lava negra de la isla de Lanzarote como expresión de esa fiebre creativa suya que necesita brotar, aunque arrase con todo, para seguir viviendo.
Almodóvar coincidía este miércoles en el concurso con la potente Minotaur, del ruso Andréi Zvyagintsev, una película impecable en fondo y forma (sin duda estará entre las favoritas a la Palma de Oro) que se adentra en la vida de un empresario en plena crisis matrimonial para hablarnos de la descomposición moral de Rusia. Con un tono duro y gris que roza la perfección, el director de Leviatán se enfrenta a la Rusia corrupta que envía a la guerra a sus hombres con una indiferencia aterradora.
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Tras ganar el León de Oro de Venecia con La habitación de al lado, su primera película en inglés, Pedro Almodóvar regresa a la tierra prometida del festival de Cannes con Amarga Navidad, su último largometraje. La película, la más metalmodovariana de su carrera, que recoge muchas de sus obsesiones y miedos, se estrena en Francia este miércoles con el título de Autofiction, pero antes se proyectó en el impresionante teatro Lumière del Palacio de Festivales, la sala magna de Cannes. Rodeado de su equipo, en un día con el cielo encapotado, el director volvió a darse un baño de masas en un país que lo idolatra. La emoción del cineasta al final de la gala se hizo evidente y, en un arrebato de melancolía, micrófono en mano, dijo: “Sé que cuando ya solo lo pueda ver en la televisión en casa, echaré de menos esta sensación. No existe un calor como el del público de esta sala”.











