No entiendo muy bien cómo se torció la cosa.
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No entiendo muy bien cómo se torció la cosa.
El fin de semana había empezado perfectamente y como tiene que ser, el jueves.
Las tres nos acabábamos de despertar, debían ser como las seis de la tarde, porque nos habíamos quedado viendo una teleserie de los ochenta que le encanta a Zenia, Belleza y poder. No entiendo por qué le fascina esa telenovela, no dirías que tiene nada que ver con ella. Todas las chicas de la serie son rubias de ojos azules, llevan sombra de ojos lila nacarada, perlas en las orejas y trajes de chaqueta colores pastel. Todas tienen problemas con hombres fornidos y altos y con pieles cubiertas de maquillaje terracota y, aun así, Zenia se queda embobada tragándose un capítulo tras otro.
Ella, que tiene la piel transparente, el pelo negro, los ojos del color del carbón y las piernas interminables. Un tatuaje de una serpiente le recorre de la cadera al tobillo y siempre viste de negro. Cuando se pone coqueta, a Zenia le encanta bailar haciendo que su serpiente ondee como si fuera real. Hace que todos los tíos se caigan de culo con su belleza.
A Zenia le flipa poner el aire a 13 grados, bajar las persianas hasta que no queda ni un hálito de sol y que toda luz llegue del tubo catódico. Me encanta esa especie de luz azulada y verdosa que nos tiñe a las tres la piel hasta que parecemos tres peces debajo de un río en pleno invierno, qué gusto. Una de las cosas que más me hace feliz de compartir piso con Zenia y Gradi es que ninguna de las tres tiene frío jamás. Es en esas cosas en las que se nota que somos parecidas. Una vez intentamos traer a una chica nueva y se empeñaba en que saliéramos a hacer el saludo al sol. Hablaba de salir a trotar por el Retiro y a hot yoga a primera hora de la mañana. Nos deshicimos de ella inmediatamente. Zenia, Gradi y yo somos el trío perfecto.
Gradi se desperezó y dijo que tenía hambre y que se aburría. Gradi siempre tiene hambre y siempre se aburre. Yo lo entiendo, de las tres es la más delgada y la más frágil, necesita comer al menos una vez al día. Zenia, que no suele tener ganas de salir de casa tan fácilmente, accedió a apagar la tele. Gradi empezaba a temblar un poquitín, así que le recordé a Zenia que ya habíamos visto las primeras 10 temporadas de la serie.
No es sencillo encontrar lugares oscuros para huir del calor a media tarde, así que nos tuvimos que decantar por uno de esos bares infectos de la zona de divorciados que practican el tardeo, qué asco, joder. Reservé por la app un coche de lujo con los vidrios tintados para que nos recogiera en una hora y puse música a todo lo que da. Empezó a sonar Metrika, que me encanta. Podría ser una de las nuestras. A veces creo que lo es. La música muy alta es nuestro código para empezar a arreglarnos, nos da subidón. Me enfundé un vestido de leopardo con botas de cuero pegadas al cuerpo. Gradi eligió una camisa blanca y un corsé de color carne que le dejaba a la vista las bragas a juego. Zenia no se cambió: shorts tan cortos que va enseñando medio culo y un bodi negro con cortes a ambos lados del ombligo. Las tres nos maquillamos mientras cantamos: “Con las botas de pelo, pla pla pla pla. Cuando me rebota el culo, pla pla pla pla. Estoy follando con las bota’ y suena, pla pla pla. Pla pla pla, pla pla pla”, y me entró la risa cuando Gradi se puso el eyeliner rojo que fosforecía en la negrura de nuestro baño con las luces apagadas. Me encanta.
Ya en la pista de baile del bar de divorciados distinguí a Gradi solo por el eyeliner, de lo oscuro que estaba todo. Apenas dos rayitas rojas paralelas que se movían de un lado para otro. El local era perfecto, porque alguien había echado las cortinas de terciopelo negro por dentro y había puesto la luz negra para disimular que eran las ocho de la tarde. Ahí fuera aún hacía sol y el asfalto emanaba 41 grados a la sombra. Zenia y yo bailamos para atraer a los grupos de cuarentones que llegaban al afterwork. Qué asco dan los tíos siempre, sudando el gin-tonic y aflojándose las corbatas. Aun así, sabíamos que no nos iba a costar elegir. Los oficinistas de verano son las piezas más fáciles, es como pescar salmones en un barril.
Yo me había decantado por uno grande y gordo, para que me saciara al menos un par de días, y me di cuenta de que Zenia estaba por la labor de compartir, así que nos empezamos a restregar a su alrededor como perras en celo. El tipo y sus amigos no daban crédito, como siempre, sentían que les había tocado el euromillones. Esa maniobra siempre nos sale perfecta a las dos, parecemos dos traperas de un videoclip. Le perreamos al tipo arriba y abajo, moviendo el culo mientras él parecía el rey de la pista y sus compañeros le miraban con envidia. Zenia y yo sabemos cómo no pasarnos porque hay que ser cautas: consiste en llamar un poco la atención pero que nadie se acuerde de nuestras caras. Cuando nos miramos a los ojos es la señal para llevar al tipo para el baño. Me acerqué a su cara grande y sudorosa. No debía tener más de 40 años. Le susurré al oído si quería venirse al baño con nosotras. Asintió y me gritó directamente al tímpano que tenía coca. Me dieron ganas de arrancarle la lengua de un tajo, pero en vez de eso le sonreí y le tiré de la camisa para que me siguiera.
Avanzamos por el interior del local, que tenía el color exacto del hígado, entre marrón y rojo, salpicado de las luces de espejo que daban vueltas. Todavía no se había puesto el sol pero noté la anticipación que se me agolpaba en las sienes en forma de un latido sordo y hueco. Me rechinaban los dientes y tragué algo de la saliva que se me estaba acumulando en la boca. El tío nos quería llevar al baño de hombres, que era apenas una puertecita batiente, pero Zenia le arrastró de la mano hacia el de mujeres diciendo: “Ahí hay más sitio”. Las dos teníamos ya las pupilas dilatadas, yo apenas podía contener las ganas y abrí la puerta del baño de un golpe fuerte mientras el tío balbuceaba un: “Tranquilas, nenas, que hay para todas”.
Apenas había transcurrido una milésima de segundo cuando el tío resbaló con algo húmedo que se derramaba por todo el suelo y cayó, como un fardo, quedando inmediatamente inconsciente. Primero pensé que había resbalado con agua o pis, pero en cuanto contemplé la escena en su totalidad, entendí. Gradi estaba tirada en el suelo con la boca chorreando sangre y un tío con la piel de color gris a su lado. Todo a su alrededor era sangre derramada.
—Joder, Gradi, no me lo puedo creer —soltó Zenia con resignación, mientras se agachaba para darle un par de bofetadas, a ver si espabilaba—. Te has vuelto a chupar a un yonqui.
Gradi abrió los ojos despacito, como si estuviera borracha, y susurró algo parecido a “teniamuschajambre”, pero no se le entendía del todo bien.
Es verdad que es para cabrearse, entiendo a Zenia. Gradi no tiene paciencia, es superansias con lo del comer.
—Ya, pero te tengo dicho que no te chupes a los tíos en los bares, y menos a los flacos. Que se te acaban en un suspiro. Y además que te puedes colocar de más dependiendo de lo que hayan tomado. A ver, saca la lengua —le pidió Zenia, en plan maternal.
Gradi abrió la boca, y apenas pudimos distinguir sus colmillos de color marfil y nácar.
—Me encuentro fatal —se quejó, superdespacito—. Creía que el tío iba de coca pero se ha metido keta.
—Lo que nos faltaba.
—¿Y ahora qué hacemos? —dije yo.
Se hizo un silencio, un poco largo. Yo sabía lo que pensaba Zenia. O nos llevábamos al gordo a casa o había que cargarse a todos los tíos del local. Las dos nos miramos, con la cara muy seria.
—¿Cuántos tíos hay? —preguntó Zenia.
—Unos 20.
—Joder. Otro barrio vetado por las ansias de la Gradi.
—Ya te digo.
Zenia suspiró justo antes de decir lo inevitable:
—Bueno, al lío, que tenemos faena.












