Me pregunté hace poco tiempo si alguien me había suministrado una droga desconocida y alucinatoria cuando escuché en la tele a un eterno peso pesado de la comunicación prevenir a la gente contra los periodistas pelotas que están al servicio del poder. Por supuesto, no hablaba de él, encarnación grandiosa de ese servilismo tan bien pagado. Y flipo al constatar ese morro infinito. Pero también preveo que determinado personal ya empieza a saltar del barco constatando que el naufragio es inminente. Lo que habrá que ver.
Me pregunté hace poco tiempo si alguien me había suministrado una droga desconocida y alucinatoria cuando escuché en la tele a un eterno peso pesado de la comunicación prevenir a la gente contra los periodistas pelotas que están al servicio del poder. Por supuesto, no hablaba de él, encarnación grandiosa de ese servilismo tan bien pagado. Y flipo al constatar ese morro infinito. Pero también preveo que determinado personal ya empieza a saltar del barco constatando que el naufragio es inminente. Lo que habrá que ver. Seguir leyendo
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Escuché en la tele a un eterno peso pesado de la comunicación prevenir a la gente contra los periodistas pelotas que están al servicio del poder. Por supuesto, no hablaba de él, encarnación grandiosa de ese servilismo tan bien pagado


Me pregunté hace poco tiempo si alguien me había suministrado una droga desconocida y alucinatoria cuando escuché en la tele a un eterno peso pesado de la comunicación prevenir a la gente contra los periodistas pelotas que están al servicio del poder. Por supuesto, no hablaba de él, encarnación grandiosa de ese servilismo tan bien pagado. Y flipo al constatar ese morro infinito. Pero también preveo que determinado personal ya empieza a saltar del barco constatando que el naufragio es inminente. Lo que habrá que ver.
Me quedo perplejo cada vez que veo a una dama de apariencia marbellí y con su existencia entregada al progresismo, a la que me encuentro inevitablemente en todas las cadenas de las televisiones, encarnando con voz y gesto vibrante a la nada nadeando. El nombre es exótico. Se llama Afra y a los 20 segundos de su discurso me empieza a doler la cabeza. Pero me sorprenden los interminables cartelitos que le ponen aclarando su profesión. En unos la definen como activista. Y en otros como sindicalista. No sé con cuál de los dos quedarme.
También se hacen un lío los cartelistas con lo de politólogos y opinadores. Bueno, a mí también me suena muy raro cuando definen mi profesión como crítico de cine. Contaba Cabrera Infante que al preguntarle a los niños qué quieren ser de mayores, pueden afirmar: bomberos, astronautas, médicos, policías, bandidos y así… pero no encontrarás a ninguno que pretenda ser crítico de cine. En mi vejez ya me he resignado a esa profesión tan rara. Pero también he escrito siempre de otras cosas, las que crean problemas.
Y claro, paso el tiempo justo viendo la tele y constatando el repugnante estado de las cosas. Hay gente que se siente salvada oyendo música. Conmigo lo hacen frecuentemente los libros. Por ello, mi temor más insoportable sería perder la vista. Por ejemplo, me reconcilio siempre con la vida y con el arte leyendo a Emmanuel Carrère. He terminado su novela Koljós. Habla de su todopoderosa madre, de su pobre padre, de su infeliz tío, de sí mismo. Da igual el tema que aborde. Lo convierte en hipnótico, en arte puro, en una escritura que te atrapa.
Lo hizo con aquel farsante que asesinó a su familia para que no descubrieran su patética verdad, con la enfermedad y la pérdida, con el misterioso y dadaísta Limónov, con sus depresiones, con los juicios a los yihadistas que desataron el infierno en Francia.
Y tengo variados reemplazos literarios para no dedicar ni un suspiro a seguir la información sobre la degradante actualidad. O sea, el que se embrutece es porque le gusta.
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