Vox mete la “motosierra” en la cultura

El partido de Abascal, que acumula ya un extenso historial de cancelaciones mientras acusa de censora a la izquierda, avanza junto al PP en la promoción de una idea restrictiva de la cultura vinculada al patriotismo y la tradición  

Abril de 2019. Se publica en formato libro, días antes de las generales, una larga conversación de Fernando Sánchez Dragó con Santiago Abascal, España vertebrada, en la que el político explica que le “molestan algunas películas españolas” que “siempre sacan lo peor”. Y añade: “No me gusta el cine que viene a tocarnos las narices para que nos sintamos mal”.

Martes de esta semana. En una imagen difundida por su partido en las redes, Abascal esboza media sonrisa de aire satisfecho. El motivo está explicado en el texto impreso junto a su silueta. La comunidad de Castilla y León, gobernada por el PP gracias a un acuerdo con VOX, ha acabado con las “subvenciones ideológicas” al cine.

Entre la confesión de Abascal a Sánchez Dragó y la medida del Gobierno autonómico median más de siete años, en los que la ultraderecha española ha pasado de fuerza emergente a tercer grupo en el Congreso, ahora con aspiraciones de alcanzar el 20% y ser llave —o miembro— del próximo Ejecutivo. Un periodo en el que Vox ha ido alcanzando cuotas de poder, por ejemplo la Consejería de Cultura de Castilla y León, responsable de la decisión de cambiar los criterios de ayudas públicas para no financiar películas o series con “adoctrinamiento ideológico”, medida celebrada por un procurador del partido en las Cortes como la llegada de “la motosierra de Vox”, pero que también ha suscitado inquietud y preguntas. Una, para empezar. ¿Cómo se decide qué es adoctrinamiento y qué cultura?

Lo que conduce a su vez a preguntarse qué es la cultura para la extrema derecha. Es seguro un término usado con frecuencia en Vox, que se presenta como valedor de la “cultura occidental” frente a la “cultura de la cancelación” progresista. En términos de Abascal, los suyos son lo contrario de la izquierda, que se dedica a “amordazar” a los artistas. Pero todo eso son palabras. Una vez tocan poder, Vox pasa a los hechos. Y ya hay muestras de lo que ha hecho en las cuatro comunidades en las que tiene mando, también de lo que hizo en sus experiencias de gobierno regional entre 2023 y 2024 y de lo que lleva haciendo más de tres años en los ayuntamientos.

¿Cuál es el balance? Vox cancela obras. Filtra ideológicamente el arte. Posterga la parte de la cultura, por muy “occidental” sea, que no se adapta a unos criterios que priman la tradición y el patriotismo. Y utiliza el poder institucional, en línea con la nueva derecha gramsciana, para cebar su incesante “batalla cultural” y buscar la “hegemonía” en el disputado campo de la ideas. Todo ello en la estela de nombres de su familia política como el estadounidense Donald Trump, el húngaro Viktor Orbán y el argentino Javier Milei. Y siempre de la mano del PP, que o bien comparte las las medidas al haberlas pactado antes, o bien las respalda después, o bien se limita a callar.

“Vox cada vez se ve más legitimado para presentarse como intérprete de los intereses y gustos de la nación y aplicar su programa ideológico sobre lo que promover y acallar”, resume el sociólogo Arturo Rodríguez Morató, director del Centro de Estudios sobre Cultura, Política y Sociedad de la Universidad de Barcelona y autor de La sociedad de la cultura (Ariel, 2007).

Al ensayista argentino Pablo Stefanoni, especializado en las transformaciones ideológicas en el campo derechista, le parece que, en la medida en que las fuerzas más alineadas con el trumpismo ganan poder, incluida Vox, queda en evidencia la debilidad de uno de sus pilares. “Estas derechas se construyeron con un discurso antiwoke, exitoso en la medida en que colocaba del lado progresista una especie de inquisición canceladora. Pero, si de verdad existe, entre comillas, un wokismo moralizante de izquierdas, se ve claro que también hay uno de derechas. Detrás de la supuesta desideologización, ideologizan todo”, señala Stefanoni.

No es un hecho aislado

Aunque la medida contra el cine “ideológico” es un hito, ni de lejos puede hablarse de un hecho aislado. Ya en 2022, también en Castilla y León, el que fue primer vicepresidente de Vox, Juan García-Gallardo, cargó contra el festival de cine de Valladolid, la Seminci, por proyectar películas que favorecen la “ingeniería social de género y verde”. Aquel año, sin estar siquiera en el Gobierno de la Comunidad de Madrid, el partido presionó —con éxito— para borrar del programa de los Teatros del Canal una obra anticanónica sobre Teresa de Jesús, que Vox veía “dañina”. Era solo el calentamiento.

Los ayuntamientos donde Vox logró poder en 2023 han sido plataformas óptimas para la cancelación: en Valdemorillo (Madrid), de una obra teatral basada en una novela de la escritora Virginia Woolf; en Santa Cruz de Bezana (Cantabria), de la proyección de la película animada Lightyear, donde dos mujeres se besan; en Briviesca (Burgos), de una obra teatral sobre un maestro republicano fusilado; en Quintanar de la Orden (Toledo), de otra pieza teatral, porque el elenco salía en ropa interior. Este jueves, una compañía ha denunciado la suspensión “por motivos ideológicos” de una obra sobre Lorca por la Consejería de Cultura de Castilla y León.

Así que al mismo tiempo que la ultraderecha denuncia la “cultura de la cancelación”, allí donde puede cancela y toma otras decisiones alineadas con lo que el torero retirado Vicente Barrera, consejero valenciano de Cultura por Vox entre 2023 y 2024, llamaba “cultura blanca”. Un modelo a priori desideologizado pero que en la práctica aplica un doble rasero que permite conceder 300.000 euros de la Comunidad Valenciana a la Fundación Toro de Lidia, radicada en Madrid, pero no respaldar la celebración del centenario del poeta Vicent Andrés Estellés, uno de los grandes de las letras valencianas, pero al que Vox ve como un emblema del “separatismo”.

Pablo Huetos, productor de Orlando, la obra retirada en Valdemorillo, detecta en Vox un patrón de “invisibilización de temas”. ¿Cuáles? Feminismo, diversidad sexual y de género y memoria histórica, responde Huetos. Dice que no ha vuelto a sufrir nada parecido, pero añade acerca de todos los espacios donde Vox tiene mano: “Ahora, directamente, no te contratan. Es más fácil que cancelar”.

Coincide Joaquim Rius, catedrático de Sociología de la Universidad de Valencia y autor de varias investigaciones sobre extrema derecha y cultura, que la forma de proceder de Vox tiene como primer efecto una “presión” sobre los creadores que puede llevar a la “autocensura”. Es algo similar a lo que ya pasa con la cooperación al desarrollo, donde hay ONG que empiezan a asumir que existen términos como “género” o “Palestina” que es mejor borrar de cualquier propuesta que aspire a apoyo público allí donde Vox ande cerca del boletín oficial.

Al riesgo de “autocensura” se suma que con cada cancelación se abre un debate polarizado que eleva el riesgo de “deslegitimación” de la política de la ayuda pública a la cultura, añade Rius, que observa una creciente fuerza en la derecha sociológica de la idea de que el Estado dedica “demasiado” dinero a cultura. Más campo abonado para los discursos de “motosierra”.

Barras divididas

La cancelación no es excepción sino regla cuando los partidos hermanos de Vox toman las riendas. En Estados Unidos, la prohibición masiva de libros en las escuelas públicas evidencia ya una normalización de la censura que la organización PEN América vincula con la presión de la Administración Trump. En Colombia, el Gobierno de Abelardo de la Espriella acaba de retirar del Museo Nacional, en el contexto de una abierta “contrarrevolución cultural”, más de 30 piezas relacionadas con los movimientos feminista, estudiantil y por la libertad de opción sexual, entre otros temas que desagradan al nuevo oficialismo. Las acusaciones de censura han llovido sobre De la Espriella, como en 2024 le pasó en Italia a Giorgia Meloni, tras la cancelación de la emisión en la RAI de un monólogo del escritor Antonio Scurati en el que iba a referirse a su partido como “grupo dirigente posfascista”.

Cultura e identidad

Un buen expositor de las filias y fobias de Vox son sus pactos de 2026 con el PP. Los cuatro —Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía— suprimen un programa de “cultura marroquí” en defensa de lo que llaman “nuestra identidad”. Ahí está el cogollo del modelo: “cultura” e “identidad”, anudadas.

Los pactos articulan además un proteccionismo selectivo. Mientras enuncian un endurecimiento general de los requisitos para las subvenciones, garantizan apoyo a la “cultura del vino” y el Camino de Santiago (Castilla y León) o a la recuperación de conventos y la tauromaquia (Andalucía). En Extremadura, acuerdan declarar Bien de Interés Cultural la Cruz de los Caídos franquista de Cáceres. En Aragón, prometen “librar” la comunidad de la “imposición del catalán” reformando la Ley de Patrimonio Cultural. Son coordenadas que delimitan esa “identidad” que urge proteger.

La aproximación en clave tradicionalista, patriótica e identitaria de Vox a la cultura le recuerda al catedrático de Sociología Rodríguez Morató a lo ya visto en Hungría durante la etapa del Fidesz y en Polonia en la de Ley y Justicia, con gobiernos ultranacionalistas que convirtieron en norma el cribado ideológico mediante subvenciones, el fomento del nacionalismo de base religiosa a través de la cultura y las campañas de presión política para la cancelación, con casos sonados como el del musical Billy Elliot, sobre un chaval que sueña con ser bailarín, suspendido por la Ópera de Budapest por “incitar a la homosexualidad”.

La fijación por el cine

Del lado de las fobias de Vox suele caer el cine español, que arrastra rencores de la derecha desde gala de los Goya del “No a la guerra” en 2003. “España puede vivir sin sus titiriteros, pero no sin sus agricultores”, decía una campaña del partido en 2020 ilustrada con las fotos de Pedro Almodóvar, Javier Bardem y Eduardo Casanova.

En la obsesión con el cine ve Rius una influencia de la hostilidad y los recortes al sector de Jair Bolsonaro, que defendía en Brasil un filtro moral para el acceso a financiación, y de Milei, que ha mermado sistemáticamente el Instituto Nacional de Cine. “Vox se inspira en la idea de la motosierra en la cultura” vista en Latinoamérica, señala Rius.

La excepción patriótica

De Orbán a Milei, de Bolsonaro a Trump, todos comparten la insistencia en que la cultura ha sido un coto de la izquierda, y que eso tiene que acabar. Así lo ve también Vox, cuyo portavoz de Cultura, Joaquín Robles, dijo en junio en el Congreso que el futuro Ministerio de Cultura hará honor a su nombre y no se dedicará a “hacer ideología”.

Conforme gana poder, Vox va dejando pistas de su concepto de “ideología”. Si la última ha sido el filtro a las ayudas al cine “adoctrinador”, una de las primeras pudo ser la que Abascal le dio a Sánchez Dragó en el libro-entrevista de 2019, cuando dijo que el Estado solo debe financiar películas que “fomenten el patriotismo”. Es decir, eso no sería ideología.

El presidente de Vox puso como ejemplo de subvención bien dada la de la Comunidad de Madrid a Sangre de mayo (2008), de José Luis Garci, filme sobre el levantamiento popular contra el ejército francés en 1808. Es uno de los pocos títulos españoles que Abascal ha citado elogiosamente en público junto a Torrente presidente, de la que ha dicho que le hizo reír y le pareció un ejemplo de arte libre.

Vox no respondió a las preguntas de EL PAÍS. A título personal, porque no milita en Vox aunque fue su cabeza de lista al Senado en 2023, el escritor Enrique García-Máiquez, afín a Vox y miembro del consejo asesor de su fundación (Disenso), rechaza que el partido aplique sesgo ideológico a su gestión cultural. Lo que propicia es un “reequilibrio de la balanza”, ahora inclinada a la izquierda, afirma el profesor, que no cree que el partido sea incoherente con su compromiso contra la “cancelación”, sino que para ser fiel al mismo debe “evitar el fomento de un arte mediocre al rebufo de sus ideas progresistas” y “acabar con la discriminación” de la “creación cultural conservadora, patriótica, tradicional o cristiana”.

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