El baile que terminó en la prisión de Lecumberri: cómo México le declaró la guerra a una ‘pachanga’ en las Lomas

La primera frase del libro te atrapa. Y es que, en realidad, es la síntesis de lo que debió ser pero no fue. “La historia es sencilla: un joven decidió hacer una fiesta en su casa, la primera que organizaba en toda su vida, aprovechando que sus padres estaban fuera de México”. Era febrero de 1971. El país aún se recuperaba del trauma de la matanza estudiantil de 1968. Meses más tarde, el régimen lo volvería a hacer con El Halconazo. El PRI, ese partido convertido en monstruo, imponía terror. La revolución que prometió justicia social vivía obsesionada con acabar con esos comunistas de pelo largo y minifaldas que ponían en riesgo las buenas costumbres. Había un nuevo líder. El licenciado Luis Echeverría Álvarez. Y Manuel Esquivel Obregón, un chavo fresa con el corazón roto, decidió pasar la voz en el mundo del arte y el espectáculo para que la residencia de sus papás, en el exclusivo barrio capitalino de las Lomas, se convirtiera en la sede de una noche inolvidable. Lo fue. Pero no como pensaba.

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 En su libro ‘Redada en una fiesta hippie’, el escritor relata la noche en la que el Gobierno y la prensa intentaron matar la reputación de jóvenes de clase alta y artistas como Alejandro Jodorowsky e Isela Vega  

La primera frase del libro te atrapa. Y es que, en realidad, es la síntesis de lo que debió ser pero no fue. “La historia es sencilla: un joven decidió hacer una fiesta en su casa, la primera que organizaba en toda su vida, aprovechando que sus padres estaban fuera de México”. Era febrero de 1971. El país aún se recuperaba del trauma de la matanza estudiantil de 1968. Meses más tarde, el régimen lo volvería a hacer con El Halconazo. El PRI, ese partido convertido en monstruo, imponía terror. La revolución que prometió justicia social vivía obsesionada con acabar con esos comunistas de pelo largo y minifaldas que ponían en riesgo las buenas costumbres. Había un nuevo líder. El licenciado Luis Echeverría Álvarez. Y Manuel Esquivel Obregón, un chavo fresa con el corazón roto, decidió pasar la voz en el mundo del arte y el espectáculo para que la residencia de sus papás, en el exclusivo barrio capitalino de las Lomas, se convirtiera en la sede de una noche inolvidable. Lo fue. Pero no como pensaba.

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