Si a mí me dijera Jesucristo “abandónalo todo y sígueme”, le preguntaría qué entendía por “todo” para averiguar si sabía de qué hablaba. “Todo”, la mayor parte de mi vida, ha sido un bolígrafo. Si Cristo adivinara que “todo” es un bolígrafo, creería sin género de duda que es el Hijo de Dios y le seguiría hasta la muerte. Pero aquí me ven, con el Bic a modo de escoplo, torturando una cuartilla, arañándola, ensuciándola, para obtener de ella una revelación. La revelación está en la tinta que ocupa los apenas cuatro dedos del capilar que se deja ver a través de la carcasa transparente (se trata de un Bic Cristal). Ahí, lo sé, hay un poema que no me acaba de salir, una obra maestra que se resiste a ser escrita. Escribo como quien se empeña en abrir una puerta que apenas cede unos milímetros. No es fe, ya es pura obstinación. El bolígrafo, sin prometer nada, responde. Hay días en los que la tinta se desliza con la suavidad de la seda y otros en los que se coagula, como si dudara. Aun así, no cejo, porque detenerse sería aceptar que el silencio ha ganado.
El bolígrafo, sin prometer nada, responde. Hay días en los que la tinta se desliza y otros en los que se coagula. Aun así, no cejo
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El bolígrafo, sin prometer nada, responde. Hay días en los que la tinta se desliza y otros en los que se coagula. Aun así, no cejo
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Si a mí me dijera Jesucristo “abandónalo todo y sígueme”, le preguntaría qué entendía por “todo” para averiguar si sabía de qué hablaba. “Todo”, la mayor parte de mi vida, ha sido un bolígrafo. Si Cristo adivinara que “todo” es un bolígrafo, creería sin género de duda que es el Hijo de Dios y le seguiría hasta la muerte. Pero aquí me ven, con el Bic a modo de escoplo, torturando una cuartilla, arañándola, ensuciándola, para obtener de ella una revelación. La revelación está en la tinta que ocupa los apenas cuatro dedos del capilar que se deja ver a través de la carcasa transparente (se trata de un Bic Cristal). Ahí, lo sé, hay un poema que no me acaba de salir, una obra maestra que se resiste a ser escrita. Escribo como quien se empeña en abrir una puerta que apenas cede unos milímetros. No es fe, ya es pura obstinación. El bolígrafo, sin prometer nada, responde. Hay días en los que la tinta se desliza con la suavidad de la seda y otros en los que se coagula, como si dudara. Aun así, no cejo, porque detenerse sería aceptar que el silencio ha ganado.
Mi primer bolígrafo fue un regalo de Reyes de cuando cumplí ocho o nueve años. Un bolígrafo, entonces, era tecnología punta, era un milagro. Me daba miedo gastarlo, pero sabía, al mismo tiempo, que no había otra forma de disfrutar de él. De modo que al placer de usarlo se unía el pánico a que se agotara. Adiviné entonces que la escritura era un goce agónico. Se busca la obra maestra con el miedo de hallarla y de no hallarla a la vez. Si no se halla, tendrás, como Sísifo, que arrastrar de nuevo la piedra hasta la cima. Si se halla, estás muerto. No estoy muerto, con el fracaso que eso implica, y estreno un bolígrafo cada semana. Pero si Jesucristo me dijera, en vez de “deja todo y sígueme”, “abandona el bolígrafo y sígueme”, no dudaría un instante en ir tras él porque alguien que conoce la importancia de un bolígrafo tiene que ser por fuerza el Hijo de Dios.
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