Por el Rouletenburg de Dostoievski: un viaje a Baden-Baden, Wiesbaden y Bad Homburg

Roulettenburg es la ciudad ficticia de juego y aguas termales que Fiódor Dostoievski creó para El jugador (1866) con su memoria de las ciudades de Baden-Baden, Wiesbaden y Bad Homburg, en Alemania. Anna Dostoievskaia, su joven esposa y taquígrafa de la novela, taquigrafió en agosto de 1867 cómo fue el regreso del genio a Baden-Baden, donde empeñó incluso su anillo de bodas (el de ella) para seguir jugando. Sudaba, temblaba, perdía casi todo otra vez soñando con el dinero que traería la ruleta. Pero se recuperó con la genialidad de ella, que se convertiría en su editora y librera, y en quien logró consolidar su obra globalmente.

Seguir leyendo

 El escritor ruso desplegó pasión, literatura y su adicción a la ruleta en estas tres ciudades de Alemania que le sirvieron de inspiración para ‘El jugador’  

Roulettenburg es la ciudad ficticia de juego y aguas termales que Fiódor Dostoievski creó para El jugador (1866)con su memoria de las ciudades de Baden-Baden, Wiesbaden y Bad Homburg, en Alemania. Anna Dostoievskaia, su joven esposa y taquígrafa de la novela, taquigrafió en agosto de 1867 cómo fue el regreso del genio a Baden-Baden, donde empeñó incluso su anillo de bodas (el de ella) para seguir jugando. Sudaba, temblaba, perdía casi todo otra vez soñando con el dinero que traería la ruleta. Pero se recuperó con la genialidad de ella, que se convertiría en su editora y librera, y en quien logró consolidar su obra globalmente.

En el centro de Baden-Baden, al suroeste del país y una de las tres ciudades que inspiran el lugar donde transcurre El jugador, está el paseo Lichtentaler, con decenas de tipos de rosas, dalias, castaños, azaleas, ginkos y robles junto al Museo Frieder Burda de arte contemporáneo. Más o menos al final de los más de dos kilómetros junto al río Oos, a los pies de la Selva Negra, el viajero observa un edificio neoclásico con columnas y la maestría de las pinturas mural: es el Trinkhalle. El edificio se construyó en la primera mitad del siglo XIX y Jakob Götzenberger pintó los murales que representan mitos autóctonos y adornan su fachada. Llama la atención el de la sirena enamorada —¡pobre!— de un cazador al que fue enriqueciendo con joyas sacadas de un palacio submarino. Pero él quería siempre más joyas; hasta exigir a su amada que robara la corona de oro del rey de las profundidades. Tras morir a manos del rey, la sangre de la sirena tiñó el agua. El cazador, arrepentido, deambuló por siempre. Jamás pudo perdonarse haber sacrificado a su gran amor.

Los viajeros que buscan las huellas del escritor ruso en Baden-Baden descubren que en el verano de 1867 Anna y su genial esposo debieron ver los frescos cada tarde y reparar, de entre todos, en el de la sirena del lago. Dostoievski siempre pedía dinero, joyas, ropa lujosa para empeñar. Él temblaba a veces. Ella lloró al conocer las pérdidas. Esta era la ruta de su paseo vespertino, cuando él salía del casino. El lugar no ha cambiado mucho desde entonces. Hotelitos y restaurantes limitan con el paseo. Estamos en la zona joya del Estado de Baden-Wurtemberg, en una ciudad de cerca de 60.000 habitantes donde se citaban en verano los aristócratas y burgueses en el siglo XIX que durante el invierno se iban a París. Aunque en agosto la ciudad, que en el estío se llena de música, sufre temperaturas inusuales y tormentas eléctricas.

Anna Dostoievskaia taquigrafió en su diario la cara más inusual del genio y el lugar, la del jugador y su trampa. Harto de deudas, Dostoievski firmó un contrato mortal con su editor: entregaría en tiempo récord El jugador o perdería los derechos de todas sus obras. Y ella llegó a su vida con el reto de taquigrafiar la obra en 26 días. Él, viudo y 25 años mayor, le pidió que se casaran. En el verano de 1867, Anna estaba embarazada y escribía en su diario la odisea paralela a El jugador. Taquigrafió: “Sus jardines son perfectos, sus fuentes cantan, pero cada rincón huele a dinero perdido”. También: “Las calles están llenas de rusos que pasean con sonrisas falsas ocultando que por la noche han empeñado sus abrigos”. Además: “Me desesperaba que Fedja siguiera convencido de que podía ganar miles”. Ese agosto también anotaba: “Llevamos cuatro días comiendo sin pagar (…) no nos quedará más remedio que empeñar mi vestido morado, el único que queda para empeñar”. “Fedja se abalanzó sobre mí (…) y confesó llorando que lo había perdido todo…”, dejó escrito el 21 de agosto de 1867.

La pareja vivía en dos habitaciones en una casa humilde de la calle BäderstraBe, junto al balneario de Caracalla —piscinas abajo, arriba zona nudista con aguas de contraste, baño turco y un restaurante sencillo para comer—. En la calle adoquinada y en la casa que se alza donde ambos vivieron hoy el genio permanece con un busto, libro e inscripción en la fachada en su honor. Nada aquí recuerda que ese tiempo no fue fácil.

Baden-Badenes joya de la Unesco y hoy, como debió ocurrir siempre, tiene su propio plan de sostenibilidad en, por ejemplo, transporte y aguas termales. Según la actriz Marlene Dietrich, tiene también el casino más bello del mundo. El lujoso casino, en el edificio Kurhaus, está decorado imitando el estilo del palacio de Versalles. Frente a las ruletas, los y las crupiers piden que se haga juego, cortan el aire con la palma de la mano y hacen girar la rueda. “He visto de todo aquí”, dice un crupier de ascendencia española. “Es un buen lugar. Hay gente que pierde. O gana. Es bonito el sitio y la ciudad. ¿Qué es lo que siempre sale? No podría decirte”. Un jugador, frente a él, apunta en un rústico cuaderno dónde pone cada ficha. Parece probar un método de juego, comprobar una ley. Dostoievski también creyó haber encontrado la fórmula para ganar. Taquigrafiaba en su diario Anna: “Él regresó a casa. Entonces teníamos 55 taleros. Se los di. (…) Nos quedamos con cuatro taleros porque el quinto estaba reservado para el almuerzo”.

Él se había enganchado a la ruleta en Wiesbaden, capital del Estado federal de Hesse —y también inspiración para Roulettenburg—. Wiesbaden, junto al Rin, es tan tranquila, ordenada y armónica que, pese a sus casi 300.000 habitantes, el viajero siente el lugar como hogar.

Rodeado de jardines, recuerda mucho a Baden-Baden, incluso por sus termas, las aguas que manan de fuentes en la calle, el juego y su atracción. “Creía tener el método para ganar. Tenía poco más de 20 años. Trabajaba. Me arreglaba. Iba al casino. Apostaba. Mi método de juego no podía fallar, pero en poco tiempo perdí todo. Así descubrí que dentro de mí había un jugador. Corté con las apuestas y dejé de ir al casino, pero el jugador sigue ahí”, dice Thomas, de pie junto a la Kurhaus de Wisbaden. Él tiene 59 años, nació en Wisbaden y el juego y el dinero forman parte de su ADN. Y también forma parte de su memoria la paz que hay a los pies de los montes Taunus. En 1865, Dostoievski comenzó aquí Crimen y castigo, y tramó El jugador. “Todo en la ciudad es una trampa. Las aguas te curan el cuerpo y matan el alma”, escribió en El jugador. “El parque era magnífico, con castaños centenarios y fuentes que cantaban. Pero yo no veía nada de eso, solo veía el casino, que me llamaba como un abismo”. Su esposa, que, según escribió en sus memorias, taquigrafiaba 200 palabras por minuto cuando conoció al escritor, pronto tomó el timón administrativo de la familia. A orillas del Rin, en Wiesbaden, él la escribía: “Lo he vuelto a perder todo. (…). Envía dinero para ir”.

En verano, hoy la Luisenplatz de Wiesbaden se llena de terrazas con comida de todos los continentes junto a la catedral. En invierno aquí huele al vino caliente del mercado de Navidad. El busto de Dostoievski está en la Nizzaplätzchen, en el Kurpark, pero no describen sus gestos la relación casi mística con la ruleta, ni su obsesión. Todo el foco estaba en el juego —“De las maravillas de la naturaleza solo he visto el Rin con sus orillas. Eso sí es una maravilla”, escribiría—. También en Bad Homburg, ciudad balneario que los reyes prusianos y emperadores alemanes utilizaron como residencia de verano habitual en el siglo XIX, atrayendo a la alta sociedad europea.

En esta ciudad alemana, la Torre Blanca despunta en el horizonte y se siente el vivificante aire de los Taunus. A partir del siglo XX esta ciudad de poco más de 50.000 habitantes se convirtió en la predilecta de los más adinerados de Fráncfort, en especial tras la devastación de la guerra. La ciudad, que nació sobre más de veinte manantiales, este año ha eliminado de los festejos estivales los fuegos artificiales, las hogueras y cualquier tipo de fogatas. Aquí Dostoievski acabó de construir su Roulettenburg.

El genio pareció encontrar la cura tras jugar tres días seguidos y perder: “Anya, ángel de mi guarda. Me ha ocurrido algo grande: me he librado de la abominable ilusión que me ha atormentado durante casi 10 años. (…) soñaba con ganar dinero. Soñaba con ello en serio, con pasión. ¡Pero ahora se acabó! Esta fue verdaderamente la última vez. (…) ahora dedicaré mi mente a cosas de provecho (…) Y así mi trabajo será mejor y más rentable, (…) sigamos juntos nuestro camino, ¡y me encargaré de que seas feliz!”. Era 1971. Pocos meses después, la joven Anna editaba y enviaba los libros de su marido al extranjero. Convertida en editora y librera, cumplió el sueño de él de atraer dinero.

 EL PAÍS

Noticias de Interés