Lo primero que notaba al llegar era el olor que despedía la prensa del día, expuesta cada mañana de verano en el espacio por el que con mi madre y hermanos bajábamos a la playa de Las Salinas en Viña del Mar. Todos los días, bien temprano, recibíamos el diario en casa, pero yo no tenía entonces la costumbre de olerlo. En ocasiones el diario llegaba con alguna revista para niños, y solo cuando empezó a llegar el “Okey”, y luego “Barrabases”, empecé a oler y pasar las páginas a medida que avanzaba en su contenido. Pudo ser también “El Peneca”, o “Condorito”, y solo más tarde, allá por los 10 años, empecé a interesarme por unas novelitas policiales y de vaqueros. Más o menos a los 15, mi padre dejó sobre mi velador “El poder y la gloria”, de Graham Greene, saltándome toda la literatura infantil y juvenil de los años posteriores. Lo mismo con el cine, porque mis padres me llevaban a ver películas para mayores a la que me colaba luego de que él pronunciara unas palabras de aprobación y pusiera un billete en la mano del encargado de la función. Literatura y cine para adultos, a temprana edad, por supuesto, y eso es algo que agradezco hasta hoy.
Lo primero que notaba al llegar era el olor que despedía la prensa del día, expuesta cada mañana de verano en el espacio por el que con mi madre y hermanos bajábamos a la playa de Las Salinas en Viña del Mar. Todos los días, bien temprano, recibíamos el diario en casa, pero yo no tenía entonces la costumbre de olerlo. En ocasiones el diario llegaba con alguna revista para niños, y solo cuando empezó a llegar el “Okey”, y luego “Barrabases”, empecé a oler y pasar las páginas a medida que avanzaba en su contenido. Pudo ser también “El Peneca”, o “Condorito”, y solo más tarde, allá por los 10 años, empecé a interesarme por unas novelitas policiales y de vaqueros. Más o menos a los 15, mi padre dejó sobre mi velador “El poder y la gloria”, de Graham Greene, saltándome toda la literatura infantil y juvenil de los años posteriores. Lo mismo con el cine, porque mis padres me llevaban a ver películas para mayores a la que me colaba luego de que él pronunciara unas palabras de aprobación y pusiera un billete en la mano del encargado de la función. Literatura y cine para adultos, a temprana edad, por supuesto, y eso es algo que agradezco hasta hoy. Seguir leyendo
Lo primero que notaba al llegar era el olor que despedía la prensa del día, expuesta cada mañana de verano en el espacio por el que con mi madre y hermanos bajábamos a la playa de Las Salinas en Viña del Mar. Todos los días, bien temprano, recibíamos el diario en casa, pero yo no tenía entonces la costumbre de olerlo. En ocasiones el diario llegaba con alguna revista para niños, y solo cuando empezó a llegar el “Okey”, y luego “Barrabases”, empecé a oler y pasar las páginas a medida que avanzaba en su contenido. Pudo ser también “El Peneca”, o “Condorito”, y solo más tarde, allá por los 10 años, empecé a interesarme por unas novelitas policiales y de vaqueros. Más o menos a los 15, mi padre dejó sobre mi velador “El poder y la gloria”, de Graham Greene, saltándome toda la literatura infantil y juvenil de los años posteriores. Lo mismo con el cine, porque mis padres me llevaban a ver películas para mayores a la que me colaba luego de que él pronunciara unas palabras de aprobación y pusiera un billete en la mano del encargado de la función. Literatura y cine para adultos, a temprana edad, por supuesto, y eso es algo que agradezco hasta hoy.
Solo años después de nuestra bajada a la playa empecé a leer el diario que recibíamos puntualmente en nuestra casa. Primero lo olía, por supuesto, y un buen tiempo después mis tres hijas adquirieron la misma costumbre: olían también los útiles escolares, aunque en mi recuerdo, y expulsado como fui del primero de mis colegios, el olor tostado del papel impreso con tinta negra que podía dejarme huellas en los dedos, no pude olvidarlo jamás. Ya recibido, y trabajando como docente en la universidad, tomé la costumbre de acercarme todos los días a la linotipia en que hacía su trabajo el jefe del taller de imprenta de nuestra escuela, a fin de tomar el olor que despedían los plomos calientes. No tuve muchas, sino más bien pocas, muy pocas, pero ese olor fue mi primera experiencia con un tóxico destinado a algo más que beneficiar mi olfato. El viejo linotipista trabajaba cada jornada acompañado de un litro de leche, que bebía a pequeños sorbos y como antídoto para el mal que igual lo atacaría y acabaría con él.
Pero yo quería referirme esta vez a un periodista y escritor de los grandes que casi siempre despachaba columnas sobre personajes que no iban en portada, sino en páginas interiores de diarios y revistas, a menudo boxeadores, jugadores de béisbol y baloncesto, golfistas, la mayoría no necesariamente exitosos, pero a los que Gay Talese sacaba un gigantesco partido. Tomé tarde los libros de este famoso autor ítalo-norteamericano que tiene ya más de 90. ¿Recuerdan ustedes el libro que él escribió y que inspiró la legendaria serie Los Sopranos? ¿O aquel otro que hizo acerca de un mirón dueño del motel en que observaba a las parejas por un hueco del entretecho? ¿Y el que aparece ahora, reimpreso en 2026 (El silencio del héroe), con una buena cantidad de sus crónicas como periodista deportivo y que incluyen el espléndido relato que Talese trazó con ocasión de la visita que hizo durante su última noche en La Habana a Fidel Castro el ya retirado Muhammad Ali? Estuvieron esa vez acompañados de un muy reducido grupo de amigos del púgil norteamericano, especialmente Yolanda, probablemente la última de las mujeres del notable boxeador a quien Castro dio esa vez más conversación que al propio Ali.
Talese, junto a su compatriota Tom Wolfe, fue reconocido como padre del llamado “nuevo periodismo” norteamericano, y estamos hablando de mediados del siglo pasado. “¿Y qué tiene de nuevo?”, bromeaba el primero de ellos, porque la verdad es que se trataba de buen periodismo, de un muy buen periodismo. Un periodismo no con pretensión literaria, sino con vocación y talento de ese tipo, ejercido con buenísima pluma y con una enorme capacidad de observación y registro.
Gay Talese tiene en la actualidad 94 años e ignoro cómo se encuentra habiendo alcanzado esa edad. Pero qué más da. El hombre está vivo y yo he querido rendirle ahora un homenaje que no luciera como esas impostadas notas necrológicas que algunos de sus colegas se apresuran a escribir antes de tiempo para golpear a los diarios de la competencia a primera hora del día siguiente.
“¡Salud Talese!”, me atrevería a decirle. “¡Cuánto me habría gustado leerte antes!”.
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