Era un señor educado, afable y de opiniones aparentemente sensatas. Se adivinaba en él una cierta tendencia conservadora sin grandes estridencias. Aquella mañana disfrutaba de una de esas amenas charlas con el gestor cultural del pueblo de la costa gallega que frecuentaba los veranos y con el que había hecho buenas migas. Lo interrumpió un pitido en el teléfono. El interlocutor de nuestro hombre pudo ver que se trataba de una alerta informativa de uno de esos diarios digitales de la capital entregados con portentosa abnegación a demoler minuciosamente cada pequeño acto del presidente del Gobierno. El señor le echó un vistazo, sacó conclusiones y buscó complicidad:
Era un señor educado, afable y de opiniones aparentemente sensatas. Se adivinaba en él una cierta tendencia conservadora sin grandes estridencias. Aquella mañana disfrutaba de una de esas amenas charlas con el gestor cultural del pueblo de la costa gallega que frecuentaba los veranos y con el que había hecho buenas migas. Lo interrumpió un pitido en el teléfono. El interlocutor de nuestro hombre pudo ver que se trataba de una alerta informativa de uno de esos diarios digitales de la capital entregados con portentosa abnegación a demoler minuciosamente cada pequeño acto del presidente del Gobierno. El señor le echó un vistazo, sacó conclusiones y buscó complicidad: Seguir leyendo
Era un señor educado, afable y de opiniones aparentemente sensatas. Se adivinaba en él una cierta tendencia conservadora sin grandes estridencias. Aquella mañana disfrutaba de una de esas amenas charlas con el gestor cultural del pueblo de la costa gallega que frecuentaba los veranos y con el que había hecho buenas migas. Lo interrumpió un pitido en el teléfono. El interlocutor de nuestro hombre pudo ver que se trataba de una alerta informativa de uno de esos diarios digitales de la capital entregados con portentosa abnegación a demoler minuciosamente cada pequeño acto del presidente del Gobierno. El señor le echó un vistazo, sacó conclusiones y buscó complicidad:
—Oye, ¿tú no crees que Pedro Sánchez está endemoniado?
La escena ocurrió hace pocos días, con una persona muy próxima a quien firma este artículo como uno de sus protagonistas. Y trajo a la memoria otro pueblo de la costa gallega donde hace años los vecinos se habían alzado contra su alcalde por una subida de impuestos. Allí, una mujer exponía sus razones ante las cámaras:
—Mira que Hitler era malo… ¡Pues este es peor que Hitler!
Escuchando y leyendo las cosas que a diario se dicen sobre Pedro Sánchez, cualquiera se sentiría tentado a situarlo en la vecindad de los grandes genocidas de la historia. La política española está difuminando las fronteras entre lo metafórico y lo denotativo. En el caso de Sánchez, el término demonización se ha vuelto casi literal.
Nunca se había visto a un presidente coreado como “hijo de puta” en un grito casi folclórico por multitudes de jóvenes en fiestas y conciertos o por futbolistas que celebran sus éxitos deportivos
Se podrían entender como normales las críticas demoledoras a un dirigente que lleva ya ocho años al mando del país, en una época de crisis generalizada de las instituciones en todo Occidente; a un político que ha protagonizado acrobáticos cambios de posición sobre asuntos muy relevantes, que ha visto encarcelar por corrupción a sus más estrechos colaboradores, que ha pisado unos cuantos callos ignorando arraigados tabúes de la democracia española (compartir el poder con la izquierda alternativa, amnistiar a los independentistas, gobernar mediante pactos sin ser el más votado…). Pero estamos hablando de algo más.
Pedro Sánchez no es un gobernante vilipendiado como cualquier otro, como Macron, Merz o Starmer. Entre los detractores de Sánchez —adversarios políticos, columnistas de prensa, influencers— ya se ha hecho común definirlo como un psicópata. La caracterización no difiere, efectivamente, de la de un ser diabólico, un avatar del Mal absoluto, un villano a la altura del Lex Luthor de Superman, del Joker de Batman, del Spectra de James Bond. Esos genios de la abyección querían apoderarse del mundo. El propósito de Sánchez —repiten con la naturalidad de quien expone algo obvio— es destruir España, trocearla a gusto de los independentistas, dejarla invadir por hordas de inmigrantes ávidos de sexo y dinero ajeno. Su rastro venenoso alcanza a todos los que le rodean, a su familia —esa esposa que, según algunos, es en realidad un hombre transexuado— o a ese partido que dicen secuestrado por una práctica política siniestra denominada sanchismo.
Todos los presidentes de la democracia, empezando por el ahora beatificado Suárez, han salido del cargo apaleados en mayor o menor medida. Lo del actual pertenece a otra categoría. Nunca se había visto a un presidente coreado como “hijo de puta” en un grito casi folclórico por multitudes de jóvenes en fiestas y conciertos o por futbolistas que celebran sus éxitos deportivos. No hay precedentes de que tal insulto fuese adoptado como eslogan oficioso por el principal partido de la oposición bajo un pueril camuflaje —“me gusta la fruta”—, mientras la concurrencia celebra la simpática travesura. Ni de que los comentaristas políticos conservadores tenidos por más sólidos se entreguen a análisis psicológicos para ilustrar la terrible depravación del personaje y alimenten la idea de un complot secreto para instaurar la República.
El antisanchismo es ya una weltanschauung, una cosmovisión que recorre el país. Su fuerza de choque reside en las jaurías de las redes sociales. De bardos ejercen los herederos de esa secular tradición de la prensa derechista madrileña consistente en adornar con orfebrería literaria el antiguo oficio del matonismo. La pátina institucional se la confieren esos políticos que semana tras otra agarran el micrófono en el Congreso para denunciar que vivimos bajo un “imperio de terror” instaurado por una “mafia criminal”.
El antisanchismo también cuenta con un pequeño panteón de mártires. Recordemos los enternecedores lamentos de aquel chico que no podía entender que lo maltratase la Policía solo por manifestarse en Ferraz para “putodefender España” frente al perro Sánchez. O a Pompeyo González, el jubilado burgalés condenado a 18 años de cárcel por enviar a La Moncloa cartas con explosivos. Este último ha brindado a Miguel Alcázar (Albacete, 1987) el no menos explosivo título de su reciente libro: El hombre que mató a Pedro Sánchez (Lengua de Trapo). La referencia —y, con ella el primer sarcasmo— a El hombre que mató a Liberty Valance es tan explícita que incluye su frase más célebre: “Esto es el Oeste, señor, cuando la leyenda se convierte en realidad, se publica la leyenda”. El propósito de la novela tampoco se esconde: “Combatir el cainismo contemporáneo español”, componer un retrato grotesco, a muchos ratos desternillante, a otros —menos— deprimente, de “esta jodida tragedia llamada España”. Alcázar guarda vitriolo y carcajadas para todos los lados. Con especial atención a una galería de personajes representativos del antisanchismo way of life.
Es común oír alertas sobre los riesgos para la convivencia que entrañan los discursos de odio. En lo que se repara menos —y aunque no revista tanto peligro, tampoco hay que menospreciar su relevancia— es que estamos rodeados de gente empeñada en convertir un país en una caricatura.
EL PAÍS











