Bajo el síndrome de Max Aub

Antes el tiempo cambiaba las cosas, ahora las cosas cambian el tiempo. Como si se tratara de un corte de mangas a la doctrina de la relatividad, el tiempo y el espacio ya no parecen estar en función de la velocidad del observador. Se diría que el espacio ha tomado el mando y, con su irritación, espolea el tiempo y al concurrente. La estabilidad de los escenarios que conocimos ordenaba de forma muy sistemática y contenida el flujo entre el pasado, el presente y el futuro. Saber qué había en cada calle (un horno, una mercería, un obrador, un ultramarino o una sombrerería…) era una certeza espacial que prorrogaba el presente, confrontaba el pasado y difería el futuro. Estos establecimientos eran, con minúsculas y lentísimas modificaciones, signos de orientación transgeneracional y los hitos que sustentaban el tiempo y el espacio. Eran evidencias que solo se alteraban tras muchos calendarios. Y sobre todo, eran cambios que se producían casi al mismo tiempo que iba cambiando uno mismo, como si hubiera una sincronía natural entre el espacio y el tiempo, entre los escenarios y los personajes que los recorren.

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 Antes el tiempo cambiaba las cosas, ahora las cosas cambian el tiempo. Como si se tratara de un corte de mangas a la doctrina de la relatividad, el tiempo y el espacio ya no parecen estar en función de la velocidad del observador. Se diría que el espacio ha tomado el mando y, con su irritación, espolea el tiempo y al concurrente. La estabilidad de los escenarios que conocimos ordenaba de forma muy sistemática y contenida el flujo entre el pasado, el presente y el futuro. Saber qué había en cada calle (un horno, una mercería, un obrador, un ultramarino o una sombrerería…) era una certeza espacial que prorrogaba el presente, confrontaba el pasado y difería el futuro. Estos establecimientos eran, con minúsculas y lentísimas modificaciones, signos de orientación transgeneracional y los hitos que sustentaban el tiempo y el espacio. Eran evidencias que solo se alteraban tras muchos calendarios. Y sobre todo, eran cambios que se producían casi al mismo tiempo que iba cambiando uno mismo, como si hubiera una sincronía natural entre el espacio y el tiempo, entre los escenarios y los personajes que los recorren. Seguir leyendo  

Antes el tiempo cambiaba las cosas, ahora las cosas cambian el tiempo. Como si se tratara de un corte de mangas a la doctrina de la relatividad, el tiempo y el espacio ya no parecen estar en función de la velocidad del observador. Se diría que el espacio ha tomado el mando y, con su irritación, espolea el tiempo y al concurrente. La estabilidad de los escenarios que conocimos ordenaba de forma muy sistemática y contenida el flujo entre el pasado, el presente y el futuro. Saber qué había en cada calle (un horno, una mercería, un obrador, un ultramarino o una sombrerería…) era una certeza espacial que prorrogaba el presente, confrontaba el pasado y difería el futuro. Estos establecimientos eran, con minúsculas y lentísimas modificaciones, signos de orientación transgeneracional y los hitos que sustentaban el tiempo y el espacio. Eran evidencias que solo se alteraban tras muchos calendarios. Y sobre todo, eran cambios que se producían casi al mismo tiempo que iba cambiando uno mismo, como si hubiera una sincronía natural entre el espacio y el tiempo, entre los escenarios y los personajes que los recorren.

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