Los libros del urbanista Fernando Abad Vicente (Pamplona, 1952) deberían ser lectura obligatoria en todos los ayuntamientos y parlamentos de España. Es más, convendría asegurar esa lectura —en voz alta, y por turnos entre los parlamentarios, como se lee el Quijote el 23 de abril— si realmente queremos proteger el territorio, el dinero público, la cultura y la vergüenza de nuestro país ante sus futuros ciudadanos. Intento no exagerar. He reseñado en EL PAÍS todos los libros de Abad y lo preocupante es que se sigan publicando. Eso indica que los expolios que en ellos detalla siguen sucediendo. Así, la lectura en los consistorios, y en las Escuelas de Arquitectura, sería un acto patriótico sin precedentes porque lo que los políticos y los ciudadanos tendrían que escuchar les resultaría increíble o… los teñiría de vergüenza.
Los libros del urbanista Fernando Abad Vicente (Pamplona, 1952) deberían ser lectura obligatoria en todos los ayuntamientos y parlamentos de España. Es más, convendría asegurar esa lectura —en voz alta, y por turnos entre los parlamentarios, como se lee el Quijote el 23 de abril— si realmente queremos proteger el territorio, el dinero público, la cultura y la vergüenza de nuestro país ante sus futuros ciudadanos. Intento no exagerar. He reseñado en EL PAÍS todos los libros de Abad y lo preocupante es que se sigan publicando. Eso indica que los expolios que en ellos detalla siguen sucediendo. Así, la lectura en los consistorios, y en las Escuelas de Arquitectura, sería un acto patriótico sin precedentes porque lo que los políticos y los ciudadanos tendrían que escuchar les resultaría increíble o… los teñiría de vergüenza. Seguir leyendo
Los libros del urbanista Fernando Abad Vicente (Pamplona, 1952) deberían ser lectura obligatoria en todos los ayuntamientos y parlamentos de España. Es más, convendría asegurar esa lectura —en voz alta, y por turnos entre los parlamentarios, como se lee el Quijote el 23 de abril— si realmente queremos proteger el territorio, el dinero público, la cultura y la vergüenza de nuestro país ante sus futuros ciudadanos. Intento no exagerar. He reseñado en EL PAÍS todos los libros de Abad y lo preocupante es que se sigan publicando. Eso indica que los expolios que en ellos detalla siguen sucediendo. Así, la lectura en los consistorios, y en las Escuelas de Arquitectura, sería un acto patriótico sin precedentes porque lo que los políticos y los ciudadanos tendrían que escuchar les resultaría increíble o… los teñiría de vergüenza.











